LA MELANCOLÍA DEL OSO POLAR 1
Urso se encontraba raro desde hacía ya bastante tiempo.
Urso era un oso polar que vivía en la Antártida, de hecho era el único oso polar que habitaba allí, aunque eso él no lo sabia.
El resto de sus congéneres sobrevivían sobre los hielos del Ártico, justo al otro extremo del mundo.
Tal vez era ese el motivo por el que Urso tenía la sensación de que algo no estaba donde debía estar. Pasaba los días recorriendo los páramos helados una y otra vez sin dejar de oír una voz en su interior, una voz que provenía de lo más hondo de sus genes, que le advertía una y otra vez que aquel no era su lugar en el mundo.
Además, había otro detalle que hacía su existencia poco llevadera: la imposibilidad de encontrar a otros individuos de su especie; concretamente, lo más insufrible era el no poder encontrar individuas. Soñaba insistentemente con hallar una hembra con la que compartir su extenso, blanco y vacío reino, una hembra con la que poder devorar exquisitos pingüinos mientras hacían planes de futuro sobre el pronto aumento del número de individuos de la especie.
A veces se sentaba en lo alto de un cúmulo de hielo y allí reflexionaba durante horas. Pensaba que el tenaz viento helado, el terrible frío capaz de helar el aire en los pulmones, y el hambre atroz que de forma perpetua atenazaba su estómago, todo sería más llevadero si tuviese con quien compartirlo.
Rememoró sus recuerdos, que eran muy confusos, pero estaba seguro de que jamás había visto allí a alguien como él.
Lo que sí recordaba, como algo muy lejano en el tiempo, era a unos seres que había visto, como en sueños, o al menos él recordaba estar como dormido cuando estuvo con ellos. Andaban incorporados sobre sus patas traseras, eran enclenques y emitían unos rugiditos que se contestaban unos a otros sin parar.
Recordaba con certeza que ellos le habían dejado allí, en aquel desierto de hielo, y que desde aquel día había estado solo.
Pensaba en ello cuando divisó a lo lejos un bulto oscuro que avanzaba hacia él. El hambre le puso en guardia de inmediato. Se levantó y avanzó a su vez hacia aquel ser, que no podía identificar entre el viento y la cortina de nieve que caía. Fuese quien fuese, y lo que fuese, Urso tuvo la certeza casi absoluta de que tenía ante sí todo lo que se le puede exigir a una suculenta comida.
A medida que se aproximaba su forma le fue resultando más y más familiar. Finalmente pudo ver que se trataba de uno de aquellos bichos que caminaban sobre las patas traseras.
Él bípedo aun no se había percatado de su presencia; era la ventaja de ser blanco en un sitio lleno de nieve por todas partes.
Urso pensó que aquel animalejo tal vez tuviera respuestas para sus problemas, tal vez supiera donde encontrar una hembra con la que calmar su soledad y su celo perpetuo. Podría preguntarle por qué se sentía tan extraño a veces, tan fuera de lugar.
Una hora después se lamentaba de su debilidad entre los jirones de piel, los huesos masticados y la mochila destrozada.
Así nunca conseguiría saber nada. Cuando se acercó a aquella criatura, lleno de preguntas e inquietudes, algo dentro de él se activó, algo que podría llamarse instinto, aunque Urso no lo sabía, algo que sacó el Mr. Hyde hambriento que llevaba en su interior y que no estaba dispuesto a desaprovechar una ocasión de comer.
A partir de ahí la búsqueda del sentido de la vida dejó de ser importante para él, por unos minutos se convirtió en cazador, y durante media hora en carnicero y en un gourmet que paladeó cada pedazo de carne, que lamió cada resquicio de sangre y masticó cada hueso del que pudo hasta extraer su jugo. Después mordisqueó ropa, mochila, y devoró todo lo que pudo tragar.
Pasado un rato se sentó sobre la nieve ensangrentada y se quedó allí, con la mirada perdida en el horizonte.
Comenzó, sin saber como, a sentirse bien. Las tribulaciones desaparecieron de su mente.
Se sentía misteriosamente en paz, como flotando en un templado mar de sosiego.
En un principio creyó que se debía al hecho de haber saciado el hambre. Pero no, era algo que nunca antes había experimentado. Todo lo que le apesadumbraba desapareció de su mente, ya no echaba de menos ni a las hembras. Ahora sentía que aquel lugar que ocupaban sus posaderas sobre la nieve era todo lo que había deseado, y lo que el destino y la naturaleza le habían otorgado como su lugar en este planeta.
Urso era un oso y los osos no pueden leer, si pudiesen hubiera visto que, entre las cosas que había saqueado y devorado de la mochila, había un tarro de un cuarto de kilo de Prozac.
Urso, lo único que sabía, es que esta comida le había sentado especialmente bien.
Agustín García-Bravo
LA MELANCOLÍA DEL OSO POLAR 2
Hace unos cuantos años, un científico loco quiso poblar la Antártida. Convenció al gobierno de su país de que era una gran idea y consiguió dinero para empezar el experimento, llevando desde las aguas del Ártico hasta el Antártico un ejemplar joven de oso polar. Le puso un transmisor en el cuello y lo dejó libre en aquellos hielos infinitos.
Cada día el científico loco y sus compañeros anotaban en sus libretas las andanzas del oso; después le perdieron el rastro y pensaron que se había adaptado por completo. Pero no era verdad. El oso, que no era tonto, sabía que había hecho un viaje larguísimo y que no estaba en su casa, y, mire usted qué cosa tan absurda, hielo por hielo, prefería el de su lugar de siempre. ¡Qué tendrá la casa de uno que tira tanto! A Freddy, que así se llamaba el oso, le parecía que en aquel sitio tan inhóspito hacía más frío que en ninguna parte, las estrellas eran otras y la comida no le gustaba.
Un día su buen olfato le hizo seguir el rastro de unas botas perdidas en un glaciar, y se encontró con el campamento donde había despertado una mañana para salir a buscarse la vida como pudiera. Hubiese querido comerse al loco culpable de su melancolía, pero no le encontró. Los científicos habían salido a estudiar la fauna marina, y Freddy tuvo que comerse al cocinero; el pobre hombre ni se enteró, tan distraído como estaba guisando un rabo de toro con vino tinto, probando una y otra vez para ver si estaba en su punto; simplemente notó una presión en el cuello y pensó que había bebido demasiado y le estaba subiendo la tensión; después perdió el conocimiento. Mas tarde, el que quedó inconsciente fue el oso. Los científicos llegaron, le pusieron una inyección sedante y lo metieron en una jaula. Aquello le valió de experiencia para el futuro; había aprendido lo suficiente sobre el género humano como para saber que le convendría disimular a partir de entonces, que tendría que ser menos oso y más hombre.
Comenzó a observar y a estudiar a sus carceleros, sus costumbres, las herramientas que usaban, les oía hablar entre ellos, pero no se le daba bien el inglés y solamente entendía palabras sueltas sobre un proyecto fracasado, del cual él debía ser el protagonista; cuando notó que le miraban con ojos de lástima, se negó a comer y permanecía sentado todo el tiempo en un rincón con la cabeza baja; parecía dispuesto a dejarse morir. Cuando le vieron triste y debilitado, opinaron que ya era inofensivo y le sacaron de la jaula, aunque a ella volvía por la noche para que todos durmieran tranquilos. Pero Freddy ya había aprendido lo suficiente y una noche les robó la llave con la que abrían el candado de su presidio. Sigiloso, se dirigió a la moto de nieve que les había visto usar y que siempre tenía el contacto puesto, porque en aquellos parajes, pensaban los sesudos científicos, estaban solos y no se la robaría nadie. El oso se montó en ella y desapareció tan rápido como pudo de la vista y las armas de los hombres.
Cuando llegó al mar, se sumergió feliz y nadó, descansando a veces en los témpanos de hielo que flotaban y comiendo algún que otro cormorán o león marino. Y así llegó a la Tierra del Fuego. Anduvo varios días vagando por el parque nacional, escondiéndose de los turistas y bañándose en las frías aguas de los lagos. Cuando llegó a Ushuaia vio varios barcos que se dirigían hacia el norte, no sabía muy bien hacia donde, pero era seguro que su hogar estaba siguiendo esa dirección. Y, pensando en cómo haría para meterse en uno de aquellos navíos sin ser visto, oyó a su espalda una voz que le resultaba conocida, como una pesadilla que se repite. Era otra vez el científico:
- Vaya, vaya, amiguito…- le dijo - por fin te encuentro. Eres muy listo ¿sabes?, pero no lo suficiente como para saber que llevas un chip, un chivato que me dice por donde vas. No te asustes, no voy a hacerte daño, tú vales mucho más de lo que yo imaginaba. Un oso que abre candados, conduce motos, pudiste habernos matado a todos y no lo hiciste, solamente querías huir, volver a casa…Eres digno de estudio y voy a llevarte a un congreso que hay en Washington y a contar lo que sé de ti. Después haré lo mismo en una conferencia que tengo que dar en Canadá. Lo vamos a pasar muy bien los dos, no te preocupes. Para empezar, subiremos juntos a ese barco, pórtate bien y no habrá problemas. Eres un buen chico.
Ya hemos dicho que a Freddy no se le daba bien el inglés, por lo que de la larga parrafada del científico, solamente había entendido el final: Washington, Canadá y lo de subir al barco. Le sonaba que esos lugares estaban relativamente cerca de su hogar y, contento, se dejó conducir a uno de aquellos navíos, un crucero de lujo que surcaba el mar sin prisa, deteniéndose en los puertos importantes. Para que lo dejasen andar libre como a un tripulante más, tuvo que demostrar sus habilidades: cargaba las mercancías más pesadas, barría y fregaba las cubiertas, colaboraba como socorrista en los simulacros de salvamento y se fotografiaba cada tarde con los turistas que pagaban una barbaridad por llevarse de recuerdo una foto del brazo de un oso polar.
También actuaba en un espectáculo cómico. No era una vida muy difícil, tripulantes y pasajeros le trataban bien y le daban propinas de salmón ahumado, pero no conseguía verse libre de la melancolía que se asentaba en el fondo de su ser y se asomaba de vez en cuando a sus ojos. Por la noche, cuando acababan sus quehaceres, subía a la cubierta del último piso, se acomodaba en la proa y dormía con el aire en la cara y mirando las estrellas, que de momento eran las mismas que llevaba viendo durante el último año. Al fin, una noche el cielo cambió, y unos cuantos días más tarde llegaron a las Islas Canarias. Entonces, otra vez de noche, en la proa, se le acercó un pasajero y le dijo:
- Escúchame bien, sé que me entiendes perfectamente, porque hablo gallego, lo que los osos polares habéis oído hablar desde que nacisteis a los marineros que llegan a Terranova. Comprendo lo que te pasa. Yo sé lo que significa recorrer el mundo, pensando únicamente en volver a casa. He visto lugares muy lejanos y hermosos, de quitar el habla con tanta belleza, pero ninguno ha conseguido que me olvide del lugar de donde procedo. Y a ti te pasa lo mismo, y por eso te has dejado engañar por ese científico, que no busca tu libertad sino su gloria. Te llevará de congreso en congreso, te exhibirá como a un títere de feria. Mira, mi viaje termina en Vigo, a donde llegaremos en una semana. Yo vivo y trabajo en un faro donde puedes esconderte hasta que pase algún barco bacaladero que te lleve a casa, las tripulaciones acostumbran a saludarme haciendo sonar la sirena cuando me pasan por delante. Los conozco y son buena gente, yo trabajé en un bacaladero muchos años hasta que tuve esta lesión que me dejó un poco cojo. Mientras tanto, si lo que buscas es tranquilidad, buena comida y que el agua del mar esté fría, en el faro vas a tenerlo todo. Ya veré cómo te saco del barco, sin que se note. De momento, sigue con tu vida normal, pero no me pierdas de vista. Quedamos aquí todas las noches. Me llamo Andrés.
El día preparado para la fuga de Freddy amaneció nublado y ventoso. A media tarde, Andrés se acercó a su amigo y le murmuró:
- Yo conozco esas nubes, esta noche habrá tormenta y eso nos viene muy bien para nuestros planes. Creo que no hay peligro, pero he oído a la tripulación decir que piensan distribuir entre los pasajeros pastillas para el mareo y pedirles que se mantengan en sus camarotes, para evitar accidentes. Ya están atando las mesas y las sillas. Cuando veas que todos están a cubierto, salta y nada hasta aquellas islas que ves en el horizonte. Son las Cíes. Yo desembarcaré en Vigo mañana y vendré a buscarte inmediatamente. El transmisor, que te acabo de quitar, mantenlo contigo hasta que te tires al mar; con un poco de suerte, se hundirá hasta el fondo y pensarán que te has ido con él.
Todo salió según lo previsto y al día siguiente el crucero llegó a puerto, el farero salió y buscó entre los barcos de pesca de bajura a un amigo, que dormía la siesta en uno de ellos. Ambos fueron con la pequeña embarcación a las Cíes y recogieron a Freddy, después, siguieron hasta el faro donde el antiguo marinero vivía. Transcurrieron unos días de tranquilidad absoluta para Freddy, le habían dado libertad para hacer lo que quisiera, se bañaba en el mar, daba grandes paseos por las peñas, aprovechaba la marea baja para comer cangrejos y mejillones de roca, y se sentaba siempre mirando a poniente, con la melancolía en los ojos.
Por su parte, Andrés había llamado por radio a sus amigos, los otros fareros, y a algún bacaladero para que se supiera que tenían de llevarse al oso de regreso al Ártico. En poco tiempo, Freddy ya era conocido en los ambientes marineros. Apenas llegó el mes de febrero, embarcó en un gran barco con destino a Terranova. Los dos amigos se despidieron con un fuerte abrazo y Andrés pensó que nunca más volvería a ver al oso.
Pero llegó el mes de noviembre y Andrés recibió un mensaje del faro de Finisterre: “Freddy está aquí y te manda un abrazo”. Freddy había vuelto para pasar el invierno con sus amigos. Parece ser que, igual que en Galicia se sentaba mirando al mar, añorando Terranova, en el Ártico añoraba otras costas que había conocido. Aquel año colaboró activamente en la limpieza de las playas después del desastre del Prestige, y pasó inadvertido entre tanta gente que vestía mono blanco. Desde entonces aparece todos los inviernos en las costas gallegas. Conoce todos los faros y se aloja en el que más le conviene en cada momento. Participa en la descarga del pescado de bajura que cada madrugada llega a puerto y lo traslada a la lonja; allí espera a que acabe la subasta para llevarse una o dos cajas de lo que le quieran dar, como pago por sus servicios. También le consideran una ayuda inestimable en la recogida del percebe. Por su cuenta, le gusta pescar con nasa y es muy hábil capturando centollos y nécoras. Le gusta el pulpo y se vuelve loco con las vieiras, sobre todo si se las cocina la mujer de Andrés.
Al principio, la vida de Freddy comenzaba a ser rutinaria. Aparecía a finales de noviembre y se marchaba en febrero; después sus amigos notaron que cada vez dilataba más su estancia en nuestras costas, hasta que en los últimos tiempos ya llega para no perderse las Ferias de Marisco de octubre, y no se marcha hasta abril o mayo. Pero además, ha ocurrido algo imprevisto. Hace un año, paseando por la playa, encontró una revista turística que hablaba de los Picos de Europa y tenía en su portada la fotografía de un oso pardo. Se la mostró a sus amigos, quería que le explicaran dónde estaba aquello. Empezaron a bromear, a decir que probablemente la foto fuera de osa y no de oso, y que Freddy se había enamorado. Trataron de tranquilizarle, le dijeron que se acercaba el buen tiempo y de nuevo se marcharía a Terranova con sus congéneres. Anduvo varios días pensativo y después desaparecieron, la revista y él. Volvió en octubre, y todo parecía como siempre.
Pero ayer, Andrés el farero leía el periódico. Las noticias que resultan curiosas acostumbra a leerlas en voz alta para que Freddy se entere de lo que pasa por el mundo y, concretamente ayer, dijo: “Freddy, escucha esto: Extraña mutación genética. Biólogos y ecologistas no aciertan a explicarse el porqué una hembra de oso pardo de los Picos de Europa ha parido tres oseznos con manchas blancas. Parecen estar bien de salud, por lo que ya se habla de una mutación genética de origen desconocido”. Y venían unas fotos de la osa con los cachorritos, uno de ellos prácticamente blanco.
Freddy se levantó, le arrebató a su amigo el periódico, lo estrechó contra su pecho y luego, loco de alegría, bajó al mar, dio brincos sobre las peñas, ensayó unos cuantos pasos de muiñeira y se tiró al agua. Volvió con un pulpo enorme y dos docenas de vieiras, con las que celebraron el feliz acontecimiento.
Y así transcurre hasta el día de hoy la vida de Freddy. Sus amigos opinan que cada día es menos oso polar y acabará siendo un oso netamente gallego. Creen que, según vaya cumpliendo años y se vuelva perezoso, acabará afincándose definitivamente en cualquier faro entre La Guardia y Ribadeo, y no volverá al Ártico. Como mucho, se dará una vuelta por Asturias.
Si ustedes preguntan por él y sus andanzas a fareros y pescadores, les dirán que no existe tal oso, que es una leyenda como la del monstruo del Lago Ness, y es que hay un pacto de silencio para proteger la libertad de Freddy por encima de todo. Pero, si les interesa lo que les hemos contado, búsquenlo por los acantilados, allá donde las olas rompan con más fuerza. Al atardecer suele sentarse en las peñas contemplando el sol de poniente, hasta que éste desaparece en el mar.
Milagros González
LA MELANCOLÍA DEL OSO POLAR 3
Aquel paisaje era desolador. Desiertos de hielo donde con un tiralíneas un pintor trazó una división y pintó lo de arriba de azul, y lo llamó cielo, y lo de debajo de blanco, y lo llamó hielo. Tendría muchas otras ocupaciones aquel pintor que no se molestó en poner árboles sobre el blanco, ni pájaros sobre el azul. Quizás pensó que este cuadro lo terminaría mas adelante, y lo fue dejando, dejando hasta que lo olvidó.
En aquel cuadro vivía un oso, un oso blanco, que no era un oso albino, y para aquel oso alguien inventó el nombre de oso polar. Muchos pasaron por aquellas tierras y nunca vieron aquel oso, porque era blanco como el suelo, porque buscaban pasar y no mirar.
Yo lo vi, estaba sentado encima de un gran bloque de hielo fumando un Fortuna. Me miró y me ofreció un cigarro. Se lo acepté por aquello de la educación, por aquello de integrarme en el paisaje. Le pregunté si había visto a una chica.
- Hace muchos días que no he visto a nadie, ¿cómo es?
- No lo sé.
- Buscas a alguien que no sabes como es? - preguntó el oso mientras pegaba una gran bocanada al cigarro.
- Estoy buscando a la mujer de mi vida.
- Esa no se busca, esa te la pone la vida delante.
- ¿Y si al encargado de ponerte la mujer de tu vida delante, se le olvida, o si elige una que no me gusta?
El oso apagó el cigarro en el frío hielo donde estaba sentado, lo tiró al suelo, cogió un poco de nieve y lo tapó; nadie diría que allí había estado un oso polar fumando. Me acompañó y me orientó todo el camino. A cambio yo le fui hablando de todo lo que conocía, de los árboles y de los pájaros. El oso, mientras andábamos, iba fumando con las dos manos en la espalda, sujetando un cigarro y escuchando atentamente. Se sorprendió de todo aquello que le contaba.
Cuando no sabía qué contarle, le contaba cómo era la mujer que estaba buscando, cómo la iba a despertar todas las mañanas, con mis labios en su oido, la diría “abre los ojos para que sea de día”; cómo iba a recoger todas las mañanas un cubo de rocío para lavar su cara, y cómo iba a enseñar a todos los pájaros a cantar sus canciones, y todos los arboles iban a mover el viento en su dirección, cómo la iba hacer el amor los días de luna llena, con las ventanas abiertas, de cómo la iba a mirar mientras dormía, de cómo íbamos a vivir en una casa de madera en medio de un bosque, sin nadie mas, porque íbamos a necesitar toda una vida para conocernos, y porque no queríamos que nadie mas nos molestase, de cómo preparaba las lentejas...
Acabaron las tierras de hielo, y el oso pudo ver cómo era la tierra, qué se sentía al tocar algo que no estuviese helado, y por fin pudo ver un pájaro, y un árbol. Y el oso lloró, lloró como un niño, se le escapaba la felicidad por las lágrimas. Gracias, amigo, aquí termina nuestro camino juntos, yo he de seguir otra ruta, quizás nuestras sendas se vuelvan a encontrar, ha sido un placer.
Continuando mi camino me encontré con un hombre que tenía unas gafas que hacían que sus ojos los tuviese lejos y pequeños. Le pregunté si había visto alguna mujer. Aquel hombre me dijo que había visto muchas. Estaba bebiendo de un vaso blanco un líquido que guardaba en una botella, también blanca, y me ofreció un trago. Era algún tipo de licor, bebimos y hablamos, y según bebíamos nos íbamos alejando mas de la realidad, como ya lo habían hecho sus ojos. Bebimos durante días, meses, qué se yo, bebimos tanto que se me olvidó qué estaba haciendo en aquel lugar, y me fue enseñando a todas las mujeres que conocía. Estuve con mujeres guapas, simpáticas, mujeres que decían que era el hombre de su vida, mujeres que decían que yo era la felicidad, mujeres que decían que querían ser las madres de mis hijos, estuve con todas las mujeres del mundo.
Un día vino una mujer de piel blanca, alta, esbelta, fumando a grandes caladas, y me dijo que quería que la enseñara el mundo. Supe nada mas verla que aquella era la mujer que llevaba tiempo buscando, y me supe feliz, y lloré, y la pregunté por qué se había estado escondiendo todo este tiempo.
El oso polar siguió su camino ando, cruzó ríos, subió montañas, cruzó llanuras y desiertos, y por fin vio unas escaleras que subían y subían, más allá de las nubes. Al final de ellas había un hombre con unas gafas con cristales tan gordos que hacían que pareciera que no tenía ojos. El oso le dijo que venía de donde había un cielo azul y un suelo blanco, y le preguntó por qué se le había olvidado poner árboles en el suelo y pájaros en el cielo. Aquel hombre contestó al oso: “es cierto todo lo que me recriminas, pero ahora ya terminó la parte de la creación, ahora no puedo crear árboles ni pájaros, ya no puedo hacer nada en aquella tierra. Debo recompensarte de algún modo, te voy a conceder un deseo”. El oso le pidió ser mujer. Desde entonces todos los osos polares, cuando cumplen una determinada edad, se transforman en mujeres.
Nino Martinez
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