ASESINATO EN EL MALETERO
Aquella situación le estaba poniendo nervioso. Oía los ruidos y el cuello se giraba instintivamente. ¿Qué era aquello que tenía en el maletero? Pum, pum, pum. Así no podía seguir conduciendo, así que desaceleró la marcha y paró el vehículo en doble fila en una calle muy concurrida. La solución a la cuestión era muy sencilla: mirar en el maletero. El corazón le empezó a latir con ansiedad, como cuando uno va abrir un regalo, pero sucedió algo inesperado en el trayecto que va desde la cabina del conductor al maletero, algo largo de explicar pero que sucede en medio segundo: pasó una paloma, simple, una paloma que descendía de una rama de un árbol en busca de una miga que se encontraba en el suelo. Y esa imagen desencadenó una cascada de asociación de imágenes. Primero esa paloma le recordó el pasaje bíblico donde Noé soltó la paloma y esta volvió con una ramita de olivo, y pensó en una inundación que cubra todo, pero este pensamiento no le llevó muy lejos, luego pensó en la iglesia y en la cantidad de escritos que saltan de la lógica a la fe sin pasar por la ciencia – ficción; este pensamiento tampoco le llevó muy lejos, pero a la idea de la iglesia se le unió la imagen de un rosario, y el rosario al del coche con el que se había confundido. Entonces se paró en seco. Si yo me he confundido con el coche, el dueño del otro coche también se podía haberse confundido con el maletero del coche. Lo que explica que él no sospeche eso que hay en el maletero que da golpes, y que parece a todas, todas, un hombre maniatado. De ser así, no podía abrir el maletero en medio de la calle. Qué diría la gente cotilla, esa que siempre mira cuando un maletero se abre, al comprobar que dentro hay un hombre maniatado, difícil de explicar la verdad, pues todo eso pasó en ese breve trayecto por la cabeza de José Luis , que no lo dijimos, pero esta cabeza tiene nombre, como todas las cabezas por las que pasan cosas.
Ahora latía el corazón con mucha mas fuerza y con mucha mas lentitud. TUMMMM... TUMMMM... TUMMMM. Lo oía, el sonido era tan claro que creía que todo el mundo podía oír su corazón. TUM... TUM... TUM. Volvió al asiento del conductor. Se sentó, quería pensar, pero aquellos golpes no le dejaban. Pum, pum... pum, pum. Arrancó, no tenía muy claro adonde ir para abrir el maletero. En el ambiente había una mezcla de fuertes latidos de corazón con golpes en un maletero: TUMMMM... pum, pum... TUMMM. Era insoportable. Puso la radio a todo volumen. No era capaz de pensar con claridad, el tráfico, la radio y los TUMM y pumm. De todo aquello solo sacó una cosa clara: tenía que ir a algún sitio donde pudiera abrir el maletero sin que nadie pudiera verlo, algún sitio cerrado, algún sitio como su casa de fin de semana en la sierra. Allí era donde se dirigía. Por el camino, solo pensaba en la historia del hombre que tenía en el maletero. ¿Qué había hecho? ¿Qué cuenta había dejado de pagar? ¿Le estaban secuestrando? Este acontecimiento, que le arrastraba hacia su casa de la sierra, le había hecho olvidar que hoy era el cumpleaños de su suegra, y que estaba invitado a comer y, además, que era la hora de comer. Por lo que sonó el móvil, no lo cogió, pero volvió el corazón con sus TUMMMM largos y sonoros. Era su suegra, ya la llamará. Ahora empezaba la zona de curvas. Pensando, pensando en todo lo sucedido, su cabeza se dividió en dos, y las dos mitades empezaron hablarse entre ellas sin contar con él. Como dos amigos en un bar.
- Ahora le tendrás que matar.
- ¿Pero qué estás diciendo? ¿Por qué?
- ¿Qué crees que va pensar el hombre de ti cuando le saques del maletero?
- No sé, se lo explicaré.
- Pongamos que se lo explicas y lo entiende, entiende que es un error, entiende que le has llevado a 100 kilómetros para sacarle del maletero. Lo lógico es que luego se lo cuente a la policía, a ella también se lo tendrás que explicar y lo entenderá. Pero pongamos que por lo que sea a este hombre no le interesa que nadie se entere que sigue vivo, porque seguramente el que lo quería matar siga queriendo matarle, puede que de cuenta de ti, ¿no crees?
- Pues le saco del coche y le dejo me medio del monte.
- Ya, pero cuando vaya a la policía, tú serás la única pista, tú serás al que busquen. Y has pensado que al que le quería matar no le va ha gustar que este personaje siga vivo, a lo mejor te busca, sabe que tiene un coche igual que el tuyo.
- Si, todo es un problema, pero no puedo matarle, yo no he matado nunca a nadie, eso no va conmigo.
- Quema el coche, con él en el maletero, tíralo por un barranco...
- Hay que pensarlo bien, esto es una locura.
- Tenemos un problema que hay que resolver antes de que se haga mas grande.
Volvió a sonar el teléfono, volvió el TUM... TUM... un vistazo, a ver quién es ahora, una curva que está donde tiene que estar, pero ahora es uno el que no está en lo que tiene que estar, el coche que se va por el monte abajo, y aunque uno intenta frenar las hojarasca que hay en el suelo le llevan contra un árbol, que llegó antes y que ahora no hay quien lo mueva, y José Luis impacta contra el cristal delantero, un golpe con la frente, y un retrogolpe con la nuca en reposacabezas del coche, y queda con la cabeza sobre el volante, sin vida, con los ojos abiertos y la mirada perdida hacia el bosque, se ha ido, dejando los planes de asesinato de un hombre que tiene en el maletero pendientes.
Nos vamos flotando, alejando de la escena, como si ahora fuéramos el alma de José Luis que se ha vuelto viento, y volvemos la mirada atrás, y vemos un árbol que pudo con la embestida de un coche, un coche arrugado del que sale humo del motor, un conductor que descansa con la cabeza en el volante y la mirada perdida, y un maletero que del impacto parece que ha quedado abierto, y volvemos, volvemos con todas las fuerzas de la curiosidad para ver el rostro del que teníamos que matar, nos cuesta, somos parte de un viento que sopla en otra dirección, pero nos vamos acercando a esa línea entreabierta del maletero. Ahora podemos oír el pum, pum... y si siguiésemos teniendo corazón oiríamos el TUM... TUM... Y con nuestra presencia el maletero se abre de golpe, vemos un maletero forrado con papeles de periódico, y vemos dos conejos con las piernas atadas, que luchan por su libertad. Uno negro con un ojo y una pata blanca, y otro blanco con una oreja negra. Pegan un salto y salen del maletero. Ya en el bosque se mueven torpemente, pero se van alejando del coche. Nos queda una sonrisa, como la tranquilidad del que no tiene que matar a nadie, una sonrisa irónica como qué cosas tiene la vida, una sonrisa de esas que se pueden tener aun sin tener cara.
Suena el telefono. Son las 12:30 y acaba de discutir con el jefe, y cada vez que discute con el jefe le dan ganas de mandarle a tomar por culo. Así descuelga la llamada. Era su madre:
- Qué pasa, mamá, me pillas en mal momento.
- Oye, comes donde Carmen, que digo...
- Si, si, dime - dice, simulando que hacía un caso que no hacía.
- Que te he metido en el maletero dos conejos que trajimos del pueblo para ella. ¡Tírala de las orejas de nuestra parte!
- Si, si yo la tiro de las orejas, un besito, !te dejo que tengo jaleo¡ - y colgó.
Se levantó con el cabreo que tenía y se fue al despacho de Pérez, su compañero.
- Yo a este no le aguanto mas, no se tú, pero yo voy a pedir traslado. Me voy, si me busca, dile que he ido a correos.
Nino Martínez
EL TÍO JOHN
Está amaneciendo y un hombre camina por el centro de una carretera. No hay ninguna población en 70 millas, no hay nada que haga pensar que ese lugar está colonizado por el hombre salvo la carretera que el desierto se está comiendo. El viento mueve la arena de un lado a otro, de derecha a izquierda, pero poco sabemos si la derecha es norte o sur, este u oeste, la arena se deja mover sin preguntar a donde la llevan, y si a ella no le importa, a nosotros menos nos debe importar.
En resumen, dos líneas, la del horizonte que divide la tierra del cielo, la de la carretera que divide el desierto en dos mitades, pero que parece que lo multiplica y un fonanbulista camina por esta última con cuidado de no caerse.
Calza unos elegantes zapatos italianos, sucios y con el cordón derecho desatado. Hacía dos días estaban en el escaparate de una prestigiosa zapatería de New York, ahora nadie diría que eran los mismos. US$540. El traje, no muy lejos de la zapatería, en una tienda especializada en bodas, recomendada por su hermana. Ahora con polvo y arrugas. US$1600. Una pena, habían perdido todo el valor en poco tiempo.
De repente suena una melodía, la banda sonora del mago de Oz. Eran las 8:15 de la mañana. El hombre se para y se echa la mano al bolsillo. Era la melodía que tenía en el móvil. Al sacarlo se caen unas llaves con el símbolo de Mercedes. El hombre duda un momento, las mira mientras sigue sonando la melodía. No hace por recogerlas, allí las deja, continúa su caminar mientras descuelga el móvil. Se frota un ojo.
- Hola, Fran, enhorabuena.
Ya sabemos que este hombre se llama Fran.
- Gracias Paul.
- Estás nervioso.
- Algo.
- Perdona, sé que no es el mejor momento para llamar pero es que no se donde he dejado la invitación con el plano. Era por la carretera de Sunset, un desvío que se encuentra a 4 millas, rancho...
- Si, rancho Melrouse, hemos colocado un cartel en la misma carretera, así que creo que va a ser difícil que nadie se pierda.
- El tío John, ese sí que se pierde.
Se oye la risa de Paul.
- Si, el tío John.
Se oye la risa de Fran.
- Oye, al final, ¿la luna de miel en Orlando.
- Si, no nos vamos a complicar, a Grace la hace ilusión Disneyworld desde que fue su hermana, así que allí iremos. Perdona que te pregunte por tu madre, Paul, estamos preocupados.
- Te enteraste, no queríamos decir nada por eso de no amargar la fiesta, pero estas cosas son así, no entienden de mejores ni peores momentos. De todas formas está muy contenta con los médicos y tiene esperanzas.
- A ver si todo va bien. No hace falta decir que si necesitáis cualquier cosa la pidáis, sabéis que el padre de Grace es médico, y lo que esté en nuestra mano. Mi madre quiere ir a verla pero la he dicho que espere a que sepamos algo más.
- Cuando ella quiera, la va hacer mucha ilusión.
- Perdóname, Paul, te tengo que dejar que aquí tengo mucho jaleo…
- Sí, si, no te preocupes, perdóname a mí. Luego te veo, un abrazo, relájate que todo va a ir bien.
Nino Martínez
8 de febrero de 2010
RESTAURANTE CHINO
Aquel era un día especialmente caluroso, de esos en los que el sudor es la capa mas externa del cuerpo y te sientes incómodo con cualquier tipo de ropa. Se acercaba la hora de comer y vi aquel restaurante chino; no me lo pensé dos veces. Normalmente no como en restaurantes chinos por alergia de mi mujer al glutamato, pero siempre que tengo que comer fuera y la oportunidad se me presenta, allí es donde como. Entré intentando esquivar el calor, más que intentando llenar el estomago.
Había una especie de antesala donde se encontraba una estatua de un gordo calvo y todo de color rojo. Me sonreía, y sin quererlo, la mano derecha ya estaba tocando su barriga. Debía de ser costumbre, pues ya estaba tomando un tono blanquecino, me imagino por el roce de innumerables manos derechas.
Allí se supone que era donde tenía que esperar a que me dieran mesa, pero no vi a nadie así que me tomé la libertad y entré. Siempre pensé que los chinos tienen un gran libro, donde se explica cómo hacer las cosas: “Lección 23: cómo decorar el restaurante”, y de esta forma son todos iguales, porque todos los chinos siguen su gran libro.
Un amplio salón poco iluminado. Barata moqueta roja en el suelo, con muchas manchas que concienzudamente se han tratado de limpiar, y como la tripona del Buda, el color va tornándose a tonos mas claros. Sillas altas, de madera negra, con tapicería estilo Luis XVI que no armoniza con nada, y en las que nunca he encontrado la posición de “estoy cómodo”, todas ordenadas y preparadas para un desfile militar. Podría seguir contando cómo había farolillos rojos en el techo, y hablando de los estucos de bambú y de las copas de cristal ralladas de tanto lavado. Todo eso queda asumido, aunque me gusta buscar todos esos detalles que lo hacen sentir a uno en un verdadero restaurante chino.
Me llamó poderosamente la atención una mesa que rompía aquella virginidad de orden. Parecía que uno de sus ocupantes había salido con prisa dejando la silla fuera del orden, y la salida del otro no había sido tan repentina: en la visión de la escena estaba escrita toda la historia. Mientras me sentaba iba viendo cómo el hombre que se levantó con prisa había comido con ansia, pues había manchado el mantel de salsa agridulce, y la copa de vino también se le había caído. Al fondo, en la cocina, se oían voces. De haber sido en castellano, creería que había una pelea, pero de todos son sabidos los tonos de los chinos, que parece que se van a sacar los ojos pero se están dando los buenos días.
En el ambiente flotaba una musiquita relajante, que contrastaba con los chillidos de la cocina. Me imaginaba a la chica que cantaba en un campo de cerezos en flor mientras un viento movía las flores y su pelo, mezclándolo y transformándolo en notas musicales. De repente, mientras miraba un gran cuadro donde se veía un río en el que por medio de algún truco parecía que el agua se movía, vino a mí la descabellada idea de que los chinos estaban discutiendo porque se había muerto el abuelo chino y estaban decidiendo en qué platos del menú incluirlo. Al principio me hizo hasta gracia, de todos es sabido que en nuestro país no ha muerto aún ningún chino.
El camarero seguía sin aparecer. Volví a investigar la mesa que rompía la armonía. A la derecha del lugar que debiera haber ocupado el hombre con prisas había un gran montón de libros apilados, viejos y muy usados, y muy poco interesantes. Ahora sentía cómo al rededor se movía la chica que cantaba en el campo de flores que movía el viento, y con ella bailaba el viejo que había muerto, y a cada vuelta que daban a mi alrededor se iban transformando en diferentes platos del menú. La espera ya rozaba lo políticamente correcto.
Ahora pude ver algo que se me había pasado por alto: un maletín que asomaba de la silla de enfrente del hombre que había comido con ansiedad. Encima del maletín asomaba lo que parecía la culata de una pistola. De repente volvía hacer calor, y el viejo que daba vueltas a mi alrededor con la chica que cantaba, y que se iba transformando el platos del menú, se transformó en mí. La casualidad quiso que todo mi entorno se oscureciese, o quizás fue mi vista la que oscureció todo. Me levanté con todo el cuidado que pude para que el camarero siguiese sin percatarse de mi existencia, ahora ya no tenía prisa por ser atendido. Mientras me iba sigilosamente, pude ver cómo aquellas manchas claras del suelo se tornaban rojas, más rojas que la moqueta, rojas color sangre. Los chinos seguían discutiendo, la china cantando, yo ya estaba en la antesala y mi mano volvía a la barriga del rojo Buda, pero ahora al volver a mirarlo no me pareció tan simpático.
Volví al fuego de la calle, pero ahora ya sin hambre.
Nino Martínez
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