martes, 23 de marzo de 2010

Historias del pueblo: recuperando la memoria

EL VIEJO ANDRÉS

El año 1999 fue un año lleno de situaciones inciertas, de conflictos no todos resueltos y de una operación quirúrgica en la que me jugaba mucho. Afortunadamente salí pronto y bien, y me pude reintegrar al trabajo después de 3 meses de baja. Por todo aquello deseaba unas vacaciones distintas, lejos del ruido de grandes ciudades y playas pachangeras. Temí en un principio que por ello sacrificaría a mi familia, pero el tiempo me diría después todo lo contrario.

Elegí un pueblo de la provincia de Teruel, Tordelpalo, una pequeña aldea en la que para las fiestas del verano se juntan alrededor de 100 personas, pero que en el frío invierno no pasan de ocho. La casa de unos amigos fue nuestra estancia durante 15 días, con los que pudimos compartir su compañía dos fines de semana. Visitamos la cercana Molina de Aragón a la que bajábamos con cierta frecuencia, Albarracín, el río Gallo y algunos de los pequeños pueblos que guardan el encanto perdido de los poblados de antaño. También paseaba por la aldea de casas vacías y abandonadas, unas en notable deterioro y otras rehabilitadas, con las persianas bajadas que esperaban al fin de semana para ser abiertas.

Al caer la tarde las sombras de las suaves colinas se alargan, el gorjeo de los pájaros cesa y la naturaleza viva se prepara para dormir. El arroyo se hace notar en su discurrir entre las piedras como si a estas horas surgiera de la nada, su frescor acrecienta la bajada de la temperatura y me obliga a salir a la calle con una chaqueta en los hombros. El olor de la hierba fresca es ahora más fuerte y todo parece tomar un cariz más sombrío, especialmente cuando las casas del pueblo van sumiéndose en la taciturna luz de un paisaje sin sombras. Como todas las tardes a la misma hora, el viejo Andrés sale de su casa, camina hacia el final de la calle y se sienta en un poyo desde el que se divisa toda la vega. Allí permanece hasta que se hace noche cerrada para luego volver trémulo hasta su casa.

Una tarde en la que las mujeres se quedaron charlando en el patio mientras los niños correteaban por la era, quise sentarme al lado de Andrés, a quien yo ya conocía por ser el abuelo de mi amigo Ismael. Sus manos firmes asían la garrota que mantenía vertical entre sus piernas, chaqueta y camisa abrochada hasta el cuello, boina y albarcas que nunca quiso abandonar, y unos ojos pardos por las cataratas y cóncavos por la edad. Me recordaba a uno de aquellos dichos de mi abuela: “los viejos tenemos los ojos hundidos porque miramos ya más para dentro que para afuera”.

Afable y de pocas palabras, Andrés era portador de historias con las que siempre había distraído a las gentes del pueblo desde aquellos tiempos en los que las casas estaban habitadas y olía a leña en invierno y a fruta en verano. Él es testigo vivo y solitario de la emigración de sus paisanos a las grandes ciudades, los veía alejarse por la vega hacia la carretera, luego un coche de línea se perdía por el horizonte, y aquellas gentes no volvieron nunca más. También enterró al sacristán, al alcalde y a los pocos a los que sus piernas no podían llevar más allá del sotillo. El cura dejó de pasar los domingos, María la del bar cerró y ya no le quedó ni un lugar donde tomar un chato de vino, ni con quién hablar en las largas noches de invierno. Su fiel perrita le seguía a todas partes y se hacía vieja sentada a sus pies.

Allí estuve observando a ese viejo de hablar pausado y semblante sereno, que me contaba vivencias de cada rincón, de las tierras y sembrados de sus conciudadanos, y lo hacía señalando con la garrota en horizontal, llevándola de un lado a otro según conviniera a lo que iba contando. Al llegar la hora convenida se levantó y lo acompañé a su casa por entre aquellas calles que sus cataratas no permitían casi ver pero que conocía sobradamente en todos sus rincones. La noche se había ya echado y pasábamos por una calle que no tenía ninguna iluminación. En un momento determinado vi como se persignaba cabizbajo, al tiempo que aceleraba el paso hasta que doblamos la esquina en cuya calle, iluminada, se encontraba su casa. Yo regresé a la mía, comenté a mi familia y amigos lo que había estado hablando con el viejo Andrés, pero no dije nada de aquella extraña actitud que me dejó pensativo.

Al día siguiente desayunamos con mis amigos una buena hogaza de pan con leche de cabra y fruta de la tierra. Poco después volví sobre los pasos del día anterior y me paré en aquella calle siniestra. Me detuve un rato en ella, miraba a un lado y a otro. Veía cómo algunos vecinos pasaban lejos, evitando cruzar por allí, pero nadie, ni tan siquiera perros o gatos, en una hora que estuve allí, entraron en aquella calle sin nombre. Francamente, estaba sorprendido y me parecía que había algo extraño allí, pero no sabía qué podía ser.

Más tarde volví a casa y nos fuimos en coche a conocer algunos pueblos de alrededor. Volvimos ya de noche y todos se fueron a acostar. Yo no tenía sueño, habíamos cenado tarde y fuerte y prefería darme un paseo bajo la luz de la luna. Pasé por aquel tramo oscuro y frío, andaba sin hacer ruido, casi adivinando dónde debía pisar, pues ni un solo rayo de luna o del escaso alumbrado llegaba hasta allí. De repente algo hizo que mi piel se estremeciera como una ola que me recorría desde los pies hasta la cabeza; un escalofrío me inmovilizó las piernas y la respiración se entrecortó. Mis ojos querían mirar a través de la oscuridad hacia algún lugar en el vacío, de donde salían unos gemidos ahogados, un llanto desesperado, alguien que parecía huir, y varios golpes secos, tras lo cual todo volvió a la calma.

El silencio que vino después era sordo como jamás lo había sentido; apenas me atrevía a moverme pues parecía como si con ello se desvelase mi presencia y fuese víctima fácil de aquél loco nocturno que habitaba en la oscuridad de este pueblo perdido. Finalmente, como movido por un impulso de supervivencia, corrí hacia donde mis piernas me guiasen, sin saber dónde pisaba ni lo que había delante de mí. Como un loco me dirigí después hacia una luz lejana sin atreverme a mirar hacia atrás. Agudicé el oído y me parecía sentir otras pisadas que me seguían, algo que me rozaba y un aliento cada vez más cercano. Bajo la luz de la farola, agotado por la carrera, me paré bruscamente contra la pared de una casa y me volví con un grito desgarrador para enfrentarme a aquel ente que me seguía, pero no vi rastro de ningún tipo de vida que mis sentidos pudieran percibir. Aún así tenía la certeza de que algo se escondía tras aquellas casas que se sumían en la penumbra.

Aquella noche, tumbado en la cama junto a mi mujer, me pareció más larga que ninguna, una sucesión de imágenes pasaban por mi mente atropelladamente y se repetían sin parar hasta que al amanecer me quedé dormido.

Al día siguiente me levanté más tarde y desayuné solo. Más tranquilo y sosegado me percaté de que había sido presa del terror de algo que mi mente había fabricado. Volví a la calle sin nombre, permanecí algunos minutos frente a una casa grande y destartalada y pude observar algo de lo que no me había percatado el día anterior. Esa casa no tenía puerta. Las ventanas parecían estar tapiadas, salvo una en lo que debía ser la buhardilla, justo debajo de las dos aguas del tejado. El resto de la calle eran fachadas sin tejados, corrales abandonados y casas con un notable deterioro, abrazadas por hiedras y madreselvas que escalan y estrujan con sus poderosos tallos reventando las paredes por las minúsculas rendijas por las que se introducen.

Esperé impaciente la llegada de la tarde para sentarme junto a Andrés, a cuya cita acudió puntualmente como todos los días. Yo veía su mirada fija en la lejanía, y sin embargo sabía que no podía ver nada a consecuencia de su mal de cataratas. Seguro que miraba hacia su interior y recordaba aquellos días sentado en el mismo lugar, viendo cómo todos sus vecinos salían del pueblo, unos a la capital, otros al cementerio. Inicié la conversación como la vez anterior y rápidamente le hice mención de la casa sin puerta en la calle sin nombre, aunque nada le comenté acerca de mi experiencia espectral. Le noté un ligero respingo cuando le nombré la casa, y sin decirme nada me miró con una expresión que lo decía todo y que parecía decir “ por qué has pasado por allí en la oscuridad de la noche”. Yo me sentí en aquel momento desarmado, como si hubiera abierto mi mente y en un segundo hubiera visto todo lo que yo viví.

Luego, con su cadencia habitual, comenzó a hablarme acerca de lo que le pregunté:

Aquella casa siempre perteneció a Don Tomás, el boticario, un hombre serio y cabal, honrado y amigo de todo el mundo; alguien con quien todos estábamos en deuda por su experiencia y disposición a hacer el bien a cualquiera que precisara de sus conocimientos. Eran tiempos de prosperidad y el pueblo estaba repleto de vecinos y niños que jugaban por las calles, vaticinando así que nueva savia vendría a sustituir a los viejos del lugar. Casó con Doña Inés, mujer astuta que se hacía odiar por cuantos la conocían, ya que eran claras sus pretensiones de hacerse con el patrimonio de su marido, primero, y luego con el de todo aquel que se pusiera a su alcance. De aquel matrimonio surgió Tomasito, hijo único, consentido, a quien Doña Inés fue educando a su imagen y semejanza, y al que no le faltó ambición para tener todo sin hacer nada. Don Tomás le envió a Madrid para aprender el oficio de boticario, pero Tomasito prefirió gastar los dineros destinados a su enseñanza en otros fines más lúdicos, en compañía de personas de muy baja reputación que había conocido en la ciudad, y más aún, pues en apuestas de juego se gastó más de lo que allí se llevó.

Al volver al pueblo, pidió más dinero a su padre para continuar unos estudios muy interesantes que le había ofrecido el catedrático de botánica, pero Don Tomás tenía informantes que le detallaron con bastante precisión los burdeles a los que se habían ido todos sus caudales. Por ello, el padre no le dio ni un solo duro y le amenazó con hacerle trabajar en el campo, como hacían las personas dignas del pueblo. Tomasito se negó y a Doña Inés no le pareció bien ni una cosa ni otra, por lo que vociferaba sermoneando a su marido y a su hijo del alma sin concluir cuál sería su posición final.

Algunas noches más tarde, después de que Tomasito intentara infructuosamente convencer a su padre y de que su madre intercediera por él, se encerró en una habitación que tenía en la buhardilla y estuvo bebiendo sin cesar. Sabía que las deudas de juego había que pagarlas o de lo contrario sus acreedores le buscarían por cualquier rincón. En su desesperación, bajó a la cuadra, cogió un hacha y luego se dirigió a la habitación donde dormían sus padres. Mientras descuartizaba a su madre en la misma cama en la que dormía, su padre pudo salir de la habitación descalzo. Su hijo, con la ira acumulada y lleno de sangre, le siguió por toda la casa dando hachazos a diestro y siniestro hasta que le dio alcance y lo golpeó reiteradas veces.

Alertados por los gritos y los golpes, algunos vecinos se acercaron a la casa sin poder entrar. No podían más que mirar hacia la ventana, y sólo oían gritos que no podían salir más que de una bestia endemoniada. Luego, Tomasito abrió la ventana de la buhardilla y se asomó ante la concurrencia, portando en cada mano las cabezas de sus progenitores; las alzaba como su más preciado trofeo.

Tras cerrar la ventana, se atrincheró en casa en busca del dinero que necesitaba, si bien no lo debió de encontrar a juzgar por los gritos que profería. Un grupo de hombres se reunió y decidieron tapiar la puerta y las ventanas bajas, dejando la de la buhardilla abierta pues nadie, jamás, se atrevió a acercarse a ella. Desde entonces, y ya va para 80 años, Tomasito no volvió a salir jamás de la casa, ni nadie se atrevió a entrar.

Siempre hubo en el pueblo quienes aseguraban que en ciertas noches se oían los macabros gritos del asesino y el llanto pavoroso de sus progenitores”.

Aquella noche acompañé al viejo Andrés a su casa. Sería la última, pues ya las vacaciones tocaban a su fin. A la mañana siguiente acerqué el coche hasta la casa en la que estábamos alojados, lo cargamos con el equipaje y tras despedirnos de quienes hicieron posible unas vacaciones muy agradables atravesé el pueblo sin poder evitar el pasar frente a la casa siniestra. No conté a nadie mis experiencias, ni tampoco lo que me dijo Andrés. Alcé mi vista hacia la única ventana haciendo caso omiso de lo que me estaba contando mi mujer. Sin detenerme, me pareció ver tras el cristal de la buhardilla que alguien retiraba levemente el visillo, y que una mirada vacía me seguía a lo largo de la calle. Aquel estremecimiento que ya había conocido me hizo acelerar el coche y tomar la calle que sale del pueblo. Desde entonces no he vuelto nunca al pueblo, ni he sabido nada del viejo Andrés.

Pedro Díez Abad

LA CASA GRANDE DE ARNELA


Palmira se decía constantemente que tenía razones más que sobradas para ser feliz. Tenía un marido que la respetaba y consideraba su igual, era cariñoso y contaba con ella para todo. Además, tenía un niño sano que acababa de cumplir un año, y estaba embarazada por segunda vez. Y luego la casa en la que vivía, la mejor de los contornos, una casa con criados y la primera en la parroquia que tenía luz eléctrica; la Casa Grande de Arnela, que así la llamaban los vecinos, la había construido su padre y en esta labor había gastado veintiséis años.


Había empezado la obra en el año que nació Palmira; después, diferentes circunstancias le hicieron abandonarla en más de una ocasión, sobre todo cuando su mujer se marchó a América con un amante. Empezó a beber de la mañana a la noche y hubiera muerto si Celsa no le hubiese rescatado del abismo. Cuando se supo viudo, pareció liberado de una pesadilla, acabó la casa, hizo que Palmira y su marido fuesen a vivir a ella y empezó a pensar en casarse de nuevo y habitar parte de la nueva mansión. “Pero solo si vosotros queréis”, le dijo a su hija y a su yerno. Y ellos no tuvieron inconveniente, muy al contrario, les pareció una excelente idea, no veían la forma de poblar en poco tiempo un caserón tan enorme. Además, así suegro y yerno, que tenían aficiones comunes, podrían filosofar sobre lo divino y lo humano hasta altas horas de la madrugada, y Palmira podría conversar y recordar con Celsa esos episodios y sentimientos que solamente se confían a las amigas íntimas.


Era una noche de verano, y Celsa y Palmira fueron juntas a regar la hierba de los prados; no era un gran trabajo porque con hacer entrar el agua en la cabecera, y conducirla un poco, ya se dispersaba ella solita y bajaba hasta el fondo, aprovechando la pendiente. Serían unos minutos y volverían a casa porque no era noche para pasar sin descanso. Al día siguiente, Celsa se casaba con el padre de Palmira; las dos mujeres iban riendo y comentando cómo sería la ceremonia, lo que diría el cura, lo que contestarían ellos. Después se pusieron a cantar un canto de iglesia, después otro y otro más. De pronto callaron, porque les pareció que un coro cantaba con ellas. Y efectivamente, volvieron el rostro hacia donde venía el sonido y vieron una procesión de luces que subía por el camino de Quintal. No quisieron ver ni escuchar más. Soltaron los azadones y echaron a correr camino de la casa sin mirar hacia atrás y no se sintieron seguras hasta que cerraron la puerta tras ellas. No habían llegado a los prados y éstos habían quedado sin regar.


A la mañana siguiente, Palmira pensó que se había dejado sugestionar por la imaginación de Celsa, que era muy superior a la suya. Se vistió y volvió a los prados ella sola, pero cuando llegó vio que el agua ya estaba dentro y la hierba tierna y mojada se preparaba para otro día de sol. Le pareció extraño, pero buscó una solución; seguramente Celsa había madrugado más que ella, o tal vez había sido algún vecino solícito que pasaba por allí. Palmira estaba acostumbrada a razonarlo todo. A eso la había acostumbrado, primero, la rama paterna de su familia, que por algo eran gente de cultura que no se dejaba convencer por supersticiones; después, su marido, que era el maestro de la parroquia. Pero ella a veces dudaba; seguramente en esas ocasiones, la que gobernaba sus creencias era su rama materna, la de las brujas de Quintal; Celsa mismo, que era medio prima suya, había ejercido de hechicera antes de ser la novia de su padre. Si Celsa no se hubiera civilizado y siguiese siendo bruja, o curandera, o sanadora, o todo junto, podría haberle pedido consejo, pero ya era tarde, seguramente habría perdido sus poderes, si es que en algún momento los había tenido. Cada vez que Palmira se notaba alguna tendencia hacia lo esotérico, la eliminaba inmediatamente porque arrancarla de raíz le parecía lo correcto, aunque sintiera que en el fondo se traicionaba a sí misma, por lo menos a la mitad de sí misma.


Aquel día recogió los azadones y pensó que lo mejor era no darle más vueltas al tema. Tenía que volver a casa, porque la boda sería a mediodía, había quedado en ayudar a vestirse a Celsa, y su niño despertaría enseguida y querría comer. Tenía que ir corriendo, aunque según entrase, le pasaría lo de siempre, sentiría un sentimiento de tristeza, de desamparo, una desazón que no acertaba a explicarse. Su padre y ella coincidían en que a la casa le faltaba algo; su padre decía que lo que le faltaba era antigüedad, una historia que configurase su alma, que las casas nuevas no tenían alma. Palmira opinaba que el problema no estaba en la casa sino en su persona, que lo le faltaba eran todos los seres queridos que había perdido en poco tiempo.


Cuando entró notó un olor familiar que, sin embargo, no fue capaz de identificar. Fue derecha al dormitorio, el niño ya estaba despierto pero no lloraba, miraba hacia una pared y reía a la vez que estiraba los bracitos. El olor se hacía cada vez más patente. ¿De dónde venía? ¿De qué conocía ella ese perfume que le producía esa sensación de paz? Tomó en brazos a su hijo, que seguía mirando hacia la pared vacía y salió del cuarto.


Pasó el día de la boda y los novios se fueron de luna de miel a Portugal. Palmira volvió a la Casa Grande con su marido y el niño. Y otra vez ese olor que no podía identificar pero que le daba tanta tranquilidad y la ayudaba a dormir. Despertó a medianoche con malestar, podía ser algo que había comido o el embarazo, y tenía náuseas. Se levantó, miró a su niño dormido y salió del dormitorio. Dio un par de vueltas por la casa y vio que estaba encendida la luz de la cocina. Fue hacia allá con la intención de apagarla pero se apagó sola, después se volvió a encender, y así cinco o seis veces. Quedó plantada en mitad de la cocina hasta que oyó llorar a su hijo, fue corriendo y cuando entró en la habitación vio que la cuna se movía sola. El niño ya no lloraba, más bien sonreía y miraba a un punto fijo, como hipnotizado. Entonces tuvo miedo, sacó al niño de la cuna y se metió con él en la cama.


Así, con el bebé apretado contra su pecho, siguió durmiendo hasta que amaneció. La despertaron de nuevo las luces en la cocina, en la sala, en el comedor, ora encendidas, ora apagadas. Dejó al niño con su padre que dormía y se levantó. Lo que estaba ocurriendo no podía razonarlo por más que lo intentara. Y decidió creer que probablemente algún espíritu de los que iban en la procesión, camino de Quintal, la había seguido hasta casa. ¿Quién sería, y con qué propósito estaba allí? ¿Sería su madre, muerta en América, que había venido a pedirle perdón por abandonarla tan joven? No lo creía. Los viejos decían que los espíritus no cruzaban el mar, y además su madre antes de marcharse había jurado mil veces que no volvería ni muerta. También podía ser aquel hermano suyo, desparecido hacía tantos años, o tío Manuel, que quería gastarle una broma…Fuese quien fuese, su hijo lo veía y no le tenía ningún miedo. Recordó que hasta los seis o siete años, ella también veía gente que pasaba por su lado y le sonreía, después había perdido ese don y ya veía lo que todo el mundo. Los viejos decían que eso era sólo mientras no se perdía la inocencia. Iba a gritar “¿quién eres?” pero la comida que llevaba dando botes en su estómago desde el día anterior no le dio tiempo. Tuvo que salir corriendo por el corredor acristalado, camino de las nuevas letrinas que había mandado construir su padre; allí los vómitos le produjeron convulsiones y escalofríos.


Entonces, algo le sujetó la frente y los hombros y le abrigó la espalda, y Palmira se acordó de cuando era jovencita y le daban aquellas jaquecas, que el médico decía que eran de origen nervioso, pero que acababan siempre en cólico, y en escenas de vómito y temblores. En aquellas ocasiones su abuela Filomena le sujetaba la frente y le frotaba la columna vertebral. Ya no le quedaba ninguna duda, el olor, por fin lo identificaba, era el de las hierbas con las que Filomena se lavaba el cabello, y ella lo había percibido desde muy niña, desde que su abuela la dormía en su regazo. Seguramente por eso sentía aquella sensación de paz y seguridad.


- Abuela ¿es usted? Si es usted, encienda y apague la luz una vez, si es otra persona, encienda y apague dos veces.

La luz se encendió y apagó solamente una vez y la conversación, siguiendo el método de encender y apagar la luz, fue más o menos así:

- Abuela, ¿puedo hacer algo por usted? ¿ha venido a pedirme algo?


- No
.


- Entonces, no está penando, no necesita misas…


- No
.


- ¿Está aquí porque quiere?


- Si.


- Ay, abuela, no sabe qué alegría me da. ¿Le gusta mi casa? Me dio mucha pena que no la estrenara conmigo, que vivió usted toda su vida en un chamizo… Mi hijo la ve ¿verdad?


- Si.


- ¿Me da permiso para decírselo a Celsa? Ya sabe que somos muy amigas, como usted y tía Martina, que también se lo contaban todo.


- Si.


- ¿Se quedará mucho tiempo?


- No.


- Quédese usted todo el tiempo que quiera o que pueda… Y por los hombres de la casa, no se preocupe usted, que ellos no se enteran de nada.

Por el tintineo de las luces, a Palmira le pareció que su abuela se reía. Y riendo volvió ella al dormitorio y abrazó a su marido y a su hijo con una alegría inusitada. Por fin la Casa Grande de Arnela era su hogar.


Milagros González



EL ENTIERRO DE LAS MOROCOTAS


Allí se encontraba, impávida, frente a frente, con lo que parecía un espectro ¿Tal vez? Era alto, de raza negra, contextura robusta. En medio de la gélida oscuridad, logró divisar que iba descalzo, y en los tobillos llevaba lo que parecían grilletes. Vestía lo que alguna vez habían sido pantalones, de los que solo quedaban andrajos roídos por el tiempo. Justo detrás de él brillaba una luz intensa, casi cegadora. ¿Sería una fogata tal vez? Pensó, pero no distinguía fuego alguno, y la luz parpadeante era de una tonalidad azulada.
No habían pasado mas de dos minutos pero para la pequeña Ana, de siete años, fue un espacio casi eterno, en que su retina captó hasta el mas débil de los detalles. De repente asimiló los latidos de su corazón, los escuchó palpitar tan rápidamente que sintió pánico, como si volviera en si; entonces dejó caer el vaso de agua y corrió a través de la pequeña cocina mientras gritaba:

- Abuela, abuela hay un hombre en el patio, lo he visto desde la ventana.


Justo en ese momento Ana despertó empapada de sudor, temblando; otra vez la misma pesadilla que se repetía cada noche durante los últimos quince años. Miró a su alrededor, se encontraba en una habitación desconocida, de paredes blancas y acolchonadas. En aquel espacio vacío, justo sobre ella, aquella luz casi amarillenta. Al intentar ponerse en pie se lo impidió aquella bata blanca que cortaba la circulación y el movimiento de su debilitado cuerpo, y se vio presa en una cama angosta. No lograba entender qué hacía en ese lugar, cómo había llegado allí. Así que empezó a gritar. En pocos minutos entro una dama vestida de blanco.


- Hola Ana, buenos días. Soy Carmen, tu enfermera. ¿Cómo estás?

- ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? - preguntaba insistentemente.

-Tranquila, aquí vas a estar bien, hoy te voy a llevar con Rodrigo para que le cuentes lo que te preocupa - le explicó la enfermera.


Antes de darse cuenta se encontraba en un consultorio acogedor, recostada sobre un cómodo sofá, frente a un joven desconocido, contándole su vida.

- Bueno, Ana, cuéntame qué pasó luego que viste la imagen de aquel hombre negro.

Ana se dispuso a contar detalladamente su historia.

- Recuerdo que aquella noche llegaron dos agentes regordetes que nos encontraron a mi abuela Ritha y a mí, escondidas en la habitación principal. Ella pensó que podría ser un intruso. Luego de revisar una y otra vez la casa y los alrededores, no encontraron nada. Y me preguntaron insistentemente por lo que había visto.

- ¿Y te creyeron?

- Supongo que si, porque a los pocos días el rumor de que la casa de mi abuela estaba encantada, y que allí había ánimas en pena, había recorrido todo el pueblo y sus alrededores, recuerdo que la casa parecía el centro histórico de la pequeña ciudad.

- ¿Y nadie trató de darle una explicación lógica a lo sucedido? - preguntó el joven.

- ¿Lógico? En ese tiempo no había lógica alguna, la única explicación que aceptó mi familia fue la de Renzo.

- ¿Y quién es Renzo?

- Era el santero del pueblo, se decía que podía hablar con los muertos a través de la lectura del tabaco y los caracoles. Una tarde, después de lo sucedido, llegó a nuestra casa diciendo que tenia un mensaje del más allá, y que en nuestro patio habían sido enterradas unas morocotas.

- ¿Unas morocotas? ¿Y eso qué es? - quiso saber el médico.

- La leyenda cuenta que las morocotas son monedas de oro de gran tamaño y muy antiguas, que eran enterradas por sus dueños, generalmente colonos adinerados de la época, que elegían una zona apartada de sus terrenos para esconderlos, por que en aquellos tiempos no existían bancos.

- ¿Y cómo es que viste un hombre negro, casi desnudo?

- Aquel brujo nos dijo que sus caracoles le mostraron que ese tesoro había pertenecido muchísimos años antes a su amo, y que aquel hombre que yo vi era un esclavo de confianza al que le encomendaron hacer un hoyo y enterrar las monedas. Luego él mismo fue enterrado vivo con la misión de cuidar de ellas, por eso era su alma, que penaba hasta que alguien encontrara el lugar exacto.

- ¿Y por qué tú fuiste la única que logró verlo? ¿O alguien mas lo vio?

- Se dice que solo las personas de alma pura lo pueden ver, y ¿quién mas puro que un niño?

El psicólogo asintió con la cabeza y preguntó:

- ¿Y qué sucedió después? ¿Encontraron el tesoro?

- Si, luego de la visita de Renzo mi familia mandó a traer maquinaria para la excavación, se vieron fascinados con la idea de un tesoro en sus tierras, me obligaron a guiarlos al lugar exacto donde noches antes había visto aquella luz.

- Dirás aquel hombre...

- La luz es la que muestra el sitio donde se debe excavar. En menos de dos horas desenterraron tres cofres con innumerables monedas que casi tenían el tamaño de una mano. Así mi familia se convirtió en las mas rica y famosa, no solo de la cuidad, sino del país.

- ¿Y qué es lo que te atormenta?

- Las advertencias del brujo.


E
l psicólogo preguntó inquieto:

- ¿Qué advertencias? Ya el tesoro había sido desenterrado, y el alma de aquel espectro descansaba en paz.

- Si, pero Renzo nos advirtió varias cosas: que en la excavación no podían participar mujeres, y que aquella fortuna debía utilizarse sabiamente y sin avaricia, porque si no cumplíamos, una maldición caería sobre nuestra familia hasta la tercera generación.

- ¿Y qué sucedió después?.

- La fortuna, por grande que pareciera, se acabó. Mis padres se separaron, mis tíos ya ni se hablan, mi abuela murió a los pocos días, simplemente apareció muerta en su cama, sin motivo aparente, y yo no duermo desde aquella noche. Por eso mi padre, cansado de mis crisis nocturnas, me trajo hasta aquí.

El joven médico dejó de tomar notas, y un silencio sepulcral inundó aquella habitación.


Rebek Mendez



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