sábado, 13 de marzo de 2010

Un argumento de Chejov

EL SOBRE DE MEMBRETE AZUL


Nunca antes había entrado en un casino, como nunca antes la fortuna había tenido tanto que ver en su vida.

Caminó hacia el interior del local un poco cohibido, mirándolo todo. Decidió que la ruleta sería esta noche el instrumento con el que mediría la porción de suerte que el destino aun guardaba para él.

Al acercarse a cambiar el dinero, todo su dinero, por fichas, confundió sin querer el bolsillo e introdujo la mano no en el que estaba el fajo de billetes dentro de un sobre blanco, del lado derecho, sino en el izquierdo, donde se encontraba al acecho el sobre con membrete azul.

Por un instante se recordó a si mismo hace dos días cuando aún era feliz, cuando aun tenia una vida y un corazón que latía en el pecho. Se vio a sí mismo llegando a casa, buscándola y encontrando solo ese sobre azul cuyo contenido le había trastornado hasta hacerle sentirse otro, extraño totalmente de sí mismo, otro que le había llevado al casino, con todos sus ahorros en el bolsillo, y que los había cambiado por fichas grandes, otro que le llevó a la mesa de la ruleta, donde desentonaba con su traje pasado de moda y su rostro serio, al lado de la gente alegre de atuendo lustroso que jugaba allí su dinero, con la misma naturalidad que se respira, como si no hubiesen hecho otra cosa en toda su vida.

Ella siempre le recriminó que no fuese así, díscolo, aventurero, vividor. Siempre le decía que su vida era gris, que ella quería una vida de color, una vida con luz, con música, una vida que él no pudo darle. Una vida que no supo lo importante que era para ella, y ni siquiera lo imaginó hasta que ese sobre azul le abrió los ojos y le hizo entender.

Ya dentro del casino, sentado frente a la ruleta, Ennio estuvo tentado de irse, de levantarse y correr hacia la salida, de gritar para despertar de este sueño en el que se sentía inmerso, que por momentos se transformaba en pesadilla, y a punto estuvo de hacerlo, pero el tacto rugoso del sobre de membrete azul volvió a su memoria y eso le mantuvo clavado en el asiento.

La jugada anterior había acabado y el crupier pidió que hiciesen juego de nuevo; él apostó todo al negro. No era una fortuna, pero sí una cantidad suficiente para llamar la atención en la mesa y para que el crupier pulsase discretamente un botón que hizo aparecer a un tipo serio, silencioso, impecablemente vestido y rasurado. El tipo se situó a su lado. Portaba en la oreja un auricular con micrófono que seguramente le mantenía en contacto con el dios que imponía su ley en aquel antro, desde la sombra.

La bola y la ruleta comenzaron a girar. En la mesa había cierta expectación y a Ennio le resulto curioso ver que algunos hasta contenían la respiración.

Tras varios saltos y golpeteos la bola quedó encajada en el 31, impar, pasa y negro. Todos quedaron en silencio un segundo mientras la bola giraba encajada sobre el número. Después se desató una pequeña algarabía, el crupier fue recogiendo las apuestas fallidas y pagando las ganadas, mientras algunos cuchicheaban mirándole. Cuando finalmente empujó frente a él el doble de lo jugado, una mezcla de alegría y envidia flotaba en el aire.

Ennio no dio respiro y volvió a empujar todas las fichas, apostando de nuevo a negro. Hoy no había más color que el negro para él. La cantidad al parecer justificó una conversación del tipo del auricular con el “más allá” y tras ella hizo una discreta seña al crupier, que cerró las apuestas y de nuevo hizo rodar la suerte; muchos al verle también habían apostado al negro dejándose llevar por el magnetismo que emanaba de la aparente locura de sus actos.

La bola golpeteó y se paró en el 26, negro. Estalló la locura en la mesa y por los gestos que hacía, el auricular debió de quemar la oreja del guardián. Los que apostaron a negro celebraban sus pequeñas ganancias como si fuese la tremenda cantidad que ya había ganado el flemático Ennio, que no había abierto la boca ni hecho gesto alguno que pudiese dar a entender que fuese el auténtico ganador de aquel envite. El crupier empujó frente a él una montaña de fichas de las de mayor valor. Gente que no conocía le sonreía y felicitaba, mientras Ennio no perdía de vista al tipo del auricular que, agachando y ladeando levemente la cabeza, se esforzaba por escuchar en medio del pequeño tumulto las instrucciones que debían estar dándole.

De repente se irguió, soltó de su oreja el auricular, se acercó al croupier y le apartó tomando su lugar, mientras susurraba algo junto a su oreja. Durante toda esta acción no dejo de mirar a Ennio directamente a los ojos; él sostuvo su mirada.

El Señor Auricular dio unas fuertes palmadas y pidió atención: “Señores, la ruleta queda cerrada por hoy” –dijo, y tras un murmullo generalizado y algo subido de tono volvió a pedir atención para decir. “La casa tiene a bien conceder una última jugada a nuestro desconocido y afortunado ganador, si así lo desea”.

Ennio no le dejó casi acabar la frase cuando ya había empujado de nuevo sus fichas, apostándolas todas al negro. El nuevo crupier sonrió de oreja a oreja y le miró con la condescendencia que mira el gato al ratón cuando ya ha conseguido acorralarle, y antes de comérselo quiere jugar con él para abrir el apetito. La artimaña estaba clara, le daban una nueva ocasión de jugar a lo loco, una nueva ocasión para perderlo todo, para dejar que el destino siguiese su cauce normal, el Casino al final siempre gana.

La bola comenzó a girar de nuevo en el sentido contrario a la ruleta. Todas las mesas se habían quedado vacías, todo el mundo se acercó para ver el resultado de su ultima jugada, sentía sobre sí los ojos críticos de quienes pensaban estaba dejándose cegar por la codicia, arriesgándose a perder todo. La bola perdió fuerza y de pronto se precipitó hacia los casilleros de los números, saltó, botó y finalmente se detuvo.

Ya en el taxi, mientras miraba por la ventanilla cómo las gentes caminaban por las calles, ajenas a los mundos paralelos de tristeza y desaliento que iban y venían a su alrededor, no pudo evitar rememorar el final de su última jugada. También salió negro, otra vez, una más.

Todo el mundo enloqueció de alegría, excepto los empleados del casino, que le acompañaron a cambiar las fichas y le ofrecieron pasar la noche en una de las lujosas habitaciones del hotel de la planta alta. Un último intento de que al menos parte del dinero volviera a la casa a través de la cuenta de la habitación de lujo y de que tal vez, quién sabe, al día siguiente jugase antes de marcharse.

Rechazó todo lo que le ofrecieron, no por falta de ganas o por economizar lo ganado. El hecho de acudir al casino solo era una parte del ritual que había puesto en marcha y a cuyo final acudía ahora, en el taxi, atravesando la ciudad.

Mandó parar el coche a dos manzanas de su casa, frente a la iglesia donde se casó. Entró y cuando al poco sus ojos se acostumbraron a la tenue luz, pudo ver que a pesar de que era tarde seis o siete personas, distribuidas por los bancos, miraban en silencio hacia el altar, posiblemente buscando consuelo a sus males o un poco de alivio para su soledad.

Nadie reparó en él. Ennio se sentó al fondo y en silencio sacó del sobre azul su contenido, la carta de Elsa, y lo llenó hasta casi reventar con todo el dinero que llevaba: lo ganado esta noche de desvarío y los ahorros de una vida que creyó feliz, y era solo la antesala de la absoluta desesperación.

Se levantó y emprendió el camino de salida. Sin llegar a detenerse depósito el sobre en el buzón de donativos. No era una persona creyente y no buscaba en este hecho absolución ninguna, tan solo que su sufrimiento generase algo provechoso para los que padecen por asuntos que el dinero puede socorrer.

Ennio llegó por fin a casa, entró al salón y miró todo lo que horas antes había preparado, la mesita junto al sillón, el vaso con agua y la pequeña botella de somnífero con el cuentagotas. El médico dijo cuando se lo dio: –“ Cuatro gotas y ni una más, diez gotas podrían provocar la muerte en algunas personas”-.

Se preguntó mientras vaciaba el frasco por completo en el vaso de agua cuántas gotas harían falta para matar la bestia que le corroía el alma, pensó con una frialdad asombrosa incluso para él, que tal vez alguien, en algún momento, habría calculado una dosis exacta y suficiente para lo que él quería hacer, aunque probablemente le habrían prohibido incluirla en el prospecto.

Se sentó en el sillón y sin pensarlo tomó el vaso e ingirió todo su contenido de un largo trago. El regusto que quedó en la boca fue dulce. No notó cambio alguno.

Desplegó ante él la carta que había sacado del bolsillo y volvió a leer de nuevo esas palabras que le apuñalaban con invisibles cuchillos helados y hacían jirones irreparables de su alma.

Comenzó a sentirse muy pesado, como si su cuerpo adquiriese la densidad del plomo. Pensó por un momento que uno puede vivir feliz si encuentra el amor de verdad, y sentirse feliz al morir si lo ha perdido. Por su mente, como fogonazos, pasaron rápidamente muchos recuerdos: sonrisas, besos, paseos, todo con ella, todo para ella.

De pronto el salón se desdibujó y en su lugar apareció la cocina de su madre y ella, joven y hermosa como era, le dio un trocito de pan mientras le sonreía.

Después un sueño extraño le venció poco a poco y se abandono a él sin miedo, llenándose por completo de un profundo sentimiento de paz.


Agustín García-Bravo




VIOREL


Habían pasado cuatro horas desde que la partida comenzó. Cuando Viorel llegó al bar y puso sobre la mesa de juego sus 100 euros, los otros jugadores le habían mirado con burla e incredulidad, pero la seriedad del rumano les hizo ver que no se trataba de una broma, y su forma de jugar le hizo ganarse el respeto de la mesa. Poco a poco había conseguido ir aumentando las ganancias, al principio con prudencia, y después, cuando consiguió fondos, jugando con destreza y seguridad.


Los jugadores eran seis: tres españoles, un portugués, otro rumano y él. Ahora sólo quedaban tres. Uno de los españoles, un tal José, constructor, que con la situación de los últimos años había hecho fortuna, y con buenas inversiones, a pesar del cambio producido por la crisis, aún gozaba de una magnífica situación económica. No era un gran jugador pero el respaldo de su dinero le permitía correr riesgos e ir a todo. A estas alturas la ingesta de alcohol había hecho mella en su comportamiento: reía, vociferaba, alterado hablaba a voces con los parroquianos que aún seguían observando y esperando el resultado final de la partida.


El otro jugador que seguía en la partida era su compatriota Marius, un rumano fuerte, serio, con cara de pocos amigos. Sabía jugar, estaba claro que esto no era un pasatiempo para él. Viorel comprendió muy pronto que su máximo rival sería Marius.


La suerte le había acompañado, estaba contento, en su poder obraban más de 6.000 euros, casi una fortuna. Tenía ganas de volver a casa, pero las reglas obligaban a seguir en la partida si se había ganado una cierta cantidad de dinero.


También creyó que había tenido suerte al emigrar a España. Dorina y los niños llegando a Madrid, todo parecía perfecto, pero la crisis acabó con la bonanza y con sus expectativas de un futuro mejor. La imaginación de Viorel le llevaba al momento en que su familia tomó posesión de la nueva casa. La alegría de todos, baño propio, una habitación para cada uno, y ahora, tras dos años, no tenían ni para volver a Rumania.


Volvió a la partida, por fin, la última ronda, el repartidor dio cartas: dos de mano a cada uno de los jugadores. Despacio, miró la primera: era un rey, no estaba mal; luego vio la segunda, otro rey. Tenía una pareja de reyes, una buena mano; trató de no evidenciar su alegría. A su derecha, Marius comenzó subiendo la apuesta a 3.000 euros. El español, con grandes risotadas, dijo que él también iba. Viorel puso el dinero sobre el tapete.


El repartidor saco del mazo las 3 primeras cartas comunitarias. Eran dos cincos, de diamantes y corazones, y la dama de diamantes. No estaba mal. Tenía dobles parejas, con otro cinco conseguiría un full. El rumano volvió a hablar, subió la apuesta hasta 6.000 euros. El constructor puso el dinero sin inmutarse. Viorel dudó. Todavía le quedaban 3.000 euros. ¿Merecía la pena apostar? Era la mejor mano de la noche, pero ¿qué llevaban los otros? Su compatriota tendría jugada o era un farol, no, no creía que fuese un farol, ¿y el español? Ése iba a cualquier cosa. Viorel puso el resto hasta los 6.000 euros. La apuesta estaba cerrada.


Los tres jugadores colocaron las cartas sobre la mesa.


Un proyecto de color Marius: el seis y el nueve de diamantes. Le faltaba una carta para color, con posibilidades de una escalera de color. Pero eso no era nada fácil.


José también mostró sus cartas mientras lanzaba una estridente carcajada; tenía los otros dos cincos: un póquer.


Viorel palideció, parecía que la suerte le había olvidado. Bebió un sorbo del vaso que tenía ante él, había pedido una coca cola, nada de alcohol, él no tenía costumbre y la bebida podía enturbiar su buen juicio. El color del líquido le recordó los ojos de Dorina, su mujer, ojos castaños, de su mirada suave y cariñosa. Recordó el día en que llegó a Madrid. El largo trayecto a su nueva casa, su alegría con cada edificio, con cada monumento de esta ciudad al principio tan amistosa y ahora tan hostil. Rozó el tapete verde; era áspero y sucio. Ese tacto le devolvió a la partida, se había puesto difícil, sólo un milagro podía salvarle.


Su compatriota miró las cartas, a él, ahora, sólo le servía una escalera de color, necesitaba las cartas fuesen el siete y el ocho de diamantes. Difícil Ganar a un póquer, la partida estaba casi resulta a favor del empresario.


Él puso sus dos reyes sobre la mesa, desalentado cerró los ojos esperando el final de su sueño.


El repartidor alzó la siguiente carta del mazo. Se oyó un pequeño clamor. ¡Era otro rey! Marius echo atrás la silla, murmuró una blasfemia en rumano, se levantó de la mesa, ya no tenía nada que hacer. El constructor le dio una palmada en la espalda mientras decía: “No se puede ganar siempre Marius”, sin duda los dos eran asiduos a estas partidas.


Viorel miraba con el corazón palpitante el mazo de las cartas, tratando de adivinar cual sería la próxima en salir. Se secó la frente, pensó en sus hijos, eran unos chicos hermosos, listos y sanos. Bueno, tampoco era un drama el perder, solo era dinero y no mucho. Debo dar gracias a Dios por lo bueno. Mi familia tiene salud, mi esposa me adoraba tanto como yo a ella. Esta reflexión le hizo lanzar un hondo suspiro.


José, sonriendo, se dirigió a él. “Vamos, que no te dé un infarto que ya queda poco para que pierdas”.


El repartidor dio la vuelta a la última carta. Los gritos y vítores no se hicieron esperar. Viorel comenzó a llorar de alegría. Era un rey. Tenía un póquer de reyes. Había ganado. Volvería a casa con 18.000 euros. Estaban salvados, tenían suficiente dinero para regresar a Rumania y empezar de nuevo.


Una mujer, rumana y sus dos hijos mueren en un incendio”. La noticia, con una foto del edificio, abría la sección de sucesos en el periódico. Abajo, en la misma página, también podía leerse: “Se encuentra ahorcado un hombre, llevaba en su poder 18.000 euros, se baraja un posible ajuste de cuentas


Asun Hernández



CUENTO INACABADO DE CHEJOV



Los pendientes de oro y brillantes de la abuela le quemaban en el bolsillo, andaba presuroso hacia la casa de empeño con el ansia en la mente del dinero fácil. Con la venta tendría suficiente al menos para calmar la primera oleada de vicio.

Por enésima vez sus instintos le habían conducido hacia el robo despojando a la anciana de lo más querido, los pendientes de novia que eran el recuerdo de su felicidad.

Por espacios de tiempo, extrañas fuerzas se apoderaban de él y le arrastraban al juego. Se había prometido acabar con la ruindad de su ser y varias veces había pensado en ello, pero la cobardía era el freno que se lo impedía.

Se había producido el cambio, los billetes abultaban más que el recuerdo de la abuela, y la mano sudorosa que los sujetaba los apretaba con vigor temiendo su pérdida. Caminaba hacia el casino con la excitación reflejada en el rostro, el deseo de llegar aceleraba sus pasos.

Sólo paró un instante: cuando cruzó el río por el viejo puente de madera. La negrura de las aguas cuyo caudal discurría con fuerza bajo sus pies fue testigo de las palabras de siempre: “esta será la última vez, he de poner fin a esto, tengo que perder mis miedos”.

El abigarrado salón del casino estaba cargado de una atmósfera irrespirable, gentes vocingleras pululaban de un lado a otro con una idea fija en sus mentes, unos con la avaricia reflejada en sus rostros deseando conseguir con un golpe de suerte su sueño, otros con la pena en el semblante y los bolsillos vacíos sin haberlo conseguido.

Con pasos de autómata de dirigió a cambiar el dinero por fichas, esta vez abultaron también más que el recuerdo de la abuela. Sus ojos estudiaron el ambiente y cuando divisó la ruleta se dirigió en línea recta hacia ella. Después de un par de codazos consiguió ver el tapete, y en ese mismo instante salió a su exterior todo aquello que le hacía sentir la alegría de vivir y a la vez la tortura de la congoja, aquello por lo que tantas veces había luchado por desprenderse sin llegar a conseguirlo, aquello que incluso le había hecho tener pensamientos negros.

Con celeridad arrancó de sus bolsillos las fichas depositándolas en el tapete, un rugoso papel cayó junto a ellas, la papeleta resguardo de la casa de empeño con el número 34. Una agitación violenta inundó su ánimo, llevándole a hacer una sola apuesta con el fin de terminar cuanto antes con la mezcla de sentimientos que le invadía.

Buscó con desasosiego el número premonitorio de la papeleta y antes de que el crupier dijera “no va más”, depositó todas las fichas sobre él. Cerró los ojos recreándose en el momento, escuchó el ruido de la bola rebotando contra los números -cada rebote acompañaba los latidos de su corazón al mismo compás-, los segundos pasaban lentamente haciéndosele eternos, aguantó la respiración y sintió como la droga estaba llevándole al éxtasis.

La desaceleración de la bola llegando al final hizo que su corazón casi dejara de latir. Cuando al fin se detuvo, hubo un momento tenso, parecía como si el silencio tratara de cortar el aire, la voz metálica del crupier lo rompió:

- Treinta y cuatro rojo par y pasa-.

Había conseguido el pleno, las fichas se amontonaron frente a él. Indolente dejó caer una de ellas frente al empleado que le había dado la suerte, y éste la guardó presuroso, dándole ligeramente las gracias con un leve movimiento de sus párpados.

Lejos de sentirse dichoso por la fortuna conseguida, de nuevo se vio invadido por el desánimo. “Hagan juego señores” fueron las últimas palabras que escuchó al abandonar el local cargado con las sustanciosas ganancias.

Caminaba de vuelta como alma que lleva el diablo, tenía prisa por recuperar la joya y devolverla a su lugar, tapando la acción de la vergüenza y la vileza del robo. Buscó con agobio el preciado resguardo y no lo encontró. Registró todos sus bolsillos y miró entre los billetes ganados. Nada, lo había perdido.

Con el desánimo pintado en el rostro aflojó la zancada, el caminar era lento y arrastraba los pasos cuando llegó a la altura del puente.

El viento arreciaba y sacó las manos de los bolsillos para alzarse el cuello de la chaqueta y, como por arte de magia, el manoseado papel cayó al suelo. Al tratar de recogerlo una ráfaga de viento fue más rápida que él arrojándolo al cauce del río, solo pudo seguirle con los ojos viendo absorto cómo la corriente arrastraba los pendientes.

Como hipnotizado, sintió una irresistible fuerza de atracción hacia las aguas y el peso de la abuela le hizo hundirse lentamente.





Ángel González Francos

22-02-2010


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