sábado, 13 de marzo de 2010

Todo depende de quién cuenta la historia

VOLVER I



En el silencio de la tarde sonaron cinco campanadas en el reloj de carillón de pared. Desperté de mi letargo lentamente, con una sensación de intranquilidad, sintiendo un vacío que me angustiaba. Me encontraba solo en casa, había comido y, como siempre hacía, había pasado al salón para ver la televisión.


No era bebedor, pero aquella tarde me había servido un whisky largo y me dejé caer en el sillón tratando de saborearlo. Encendí la televisión, no recuerdo bien el programa que estaban emitiendo, pues como tantas y tantas veces la miraba sin verla, y el ruido servía para aletargarme.


Empezó a invadirme un ligero sopor, y creo que incluso me quedé medio dormido. Fue entonces cuando las campanadas me volvieron a la realidad. El viejo reloj - que en herencia me había correspondido de mis padres - con su estridente sonido hizo que me despertara, y nada más abrir los ojos vi cómo por debajo de la puerta que daba al recibidor el humo estaba inundando el salón.


Preso de nerviosismo salté de mi asiento como si un resorte mecánico me hubiera impulsado, y sin saber muy bien lo que hacía, súbitamente abrí la puerta. Una gran llamarada hizo que retrocediera, el pánico me invadió, sentí el calor sobre mi rostro y noté como el pelo comenzaba a arder, empecé a frotarlo con mis manos tratando de sofocarlo, agitándolas de delante hacia atrás y de atrás hacia delante como si tuviera en mi cabeza un enjambre de avispas, y cuando lo conseguí me pase las manos por la cara, notando que habían desaparecido mis cejas.


Traté de pensar cómo salir de la situación de peligro en que me encontraba. Vivía en la cuarta planta de un edificio de apartamentos y las llamas habían comenzado a devorar parte del piso, el humo inundaba toda la casa y me encontraba prácticamente en penumbra, sin apenas ver lo que se encontraba dos pasos delante de mí.


La asfixia anulaba mis sentidos, no permitiéndome razonar, dejando mi mente en blanco, pero en décimas de segundo, espoleado quizás por ese sexto sentido que tenemos las personas en circunstancias extremas, volvió a mí la lucidez, esa que se tiene cuando se encuentra uno entre la vida y la muerte, y con urgencia abrí el balcón que daba al jardín donde se encontraba la piscina de la comunidad.


Una ráfaga de aire fresco inundó el salón y por su efecto las llamas avanzaron hacia mí rápidamente, prendieron en las cortinas y me envolvieron. Loco de pánico y sin saber muy bien lo que hacía me lance al vacío. Por suerte fui a caer dentro de la piscina, sentí el contraste inmenso del líquido frío penetrando hasta mis huesos y perdí el conocimiento, cayendo en una negrura profunda.


*****


Aún rodeado por los vapores del sueño volví a la realidad, y cuando abrí los ojos en la cama del hospital donde me encontraba postrado, lo primero que sentí fue un vehemente dolor que se había apoderado de todas las partes de mi cuerpo, haciéndome creer que me encontraba en el infierno.

Traté de gritar, y el grito quedó dentro de mí, no dejando salir de mi boca ni el más leve sonido. Quería serenarme, pensar porqué me hallaba en aquella situación y, de repente en mi cerebro, como si un interruptor hubiera abierto el canal de la memoria, comenzaron a proyectarse las escenas del incendio, la caída al vacío, y mi cuerpo sumergiéndose en la profundidad de la piscina.


Al llegar a este punto, mi mente se quedó plana, vacía, falta de contenido, como el recipiente que por el agujero deja escapar hasta la última gota del agua que lo llena. Intenté levantarme dando un impulso para conseguirlo, y no logré mover un solo músculo.


Había perdido la sensibilidad y la capacidad motora, me encontraba inválido, prisionero en un cuerpo de plomo, sentía que la sangre me dolía, los latidos presurosos del corazón galopaban como caballo desbocado, y si embargo ninguna contracción de movimiento impulsaba mi cuerpo, tan solo la vista, los ojos si podía moverlos de un lado a otro. Vinieron a confirmármelo las palabras del doctor cuando entró en la habitación acompañado de la enfermera y la dijo.


- Pobrecillo tan joven y tener que vivir postrado en una cama el resto de sus días.


Al oír aquello una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo, sintiéndome atravesado por el rayo de la desesperanza, y lágrimas de impotencia resbalaron por mis ojos, que inundaron las mejillas rozándolas lentamente, deslizándose como se desliza la cera consumida por la vela, mis ojos eran los únicos que tenían vida.


Las palabras del doctor me dejaron agotado, sin ánimo de lucha, las fuerzas me habían abandonado y me sentí aplastado por el peso de la pena. Al quedarme solo en la habitación sentí que me costaba respirar por la fuerza del silencio.


El día avanzó lentamente, el atardecer fue difuminándose en manchas oscuras acabando sin piedad con la claridad, y entonces entró la noche con sus miedos. Traté de ver alguna luz en aquella oscuridad sin hallarla, me sentía como un náufrago que con ansia otea el horizonte esperando el barco de su salvación.


El mundo nocturno del hospital trajo ecos, jirones de risas de las enfermeras del puesto de guardia. Posiblemente entre ellas se contaban las escaramuzas amorosas del día con sus amantes. Y yo, en mi helada soledad, traté de aguzar el oído, deseando ansiosamente comprender que era aquello que les causaba tanta alegría. Quería contagiarme de su dicha, pero las palabras se alejaban raudas y se perdían en la distancia, no permitiéndome alcanzar con claridad su sentido.


Después, con el pasar de las horas, las risas se convirtieron en susurros –quizás tratando de respetar el descanso de los pacientes- para más tarde quedar en silencio, un silencio que dañaba los oídos. La noche se me hizo eterna, el único consuelo para sobrellevarla fue mirar a través del ventanal y contemplar las estrellas que parecían hacerme guiños, como tratando de animarme.


A la mañana siguiente, cuando los dolores me hicieron despertar, mi vista se posó en la silueta de la enfermera que se encontraba de espaldas a mí mirando distraídamente por la ventana. Era distinta a la del día anterior, tenía una bonita figura, las piernas estilizadas y bien torneadas que recorrí de abajo a arriba deteniendo mi examen en las bien formadas nalgas redondas que mi imaginación me llevó a pensar que serían prietas, por lo bien que se moldeaban a la bata uniforme que llevaba puesta.


Algo le hizo volverse, dirigiendo su mirada hacia mí. Sus ojos color miel cargados de vitalidad se posaron sobre los míos, me miraba fijamente con una especie de mueca que me pareció una sonrisa, y de su boca bien dibujada salieron las primeras palabras.


-Enhorabuena, pensaba que estarías durmiendo hasta el día del juicio final, aunque por lo que me han contado, has escapado de una buena y a punto has estado de que se celebrara.


Su voz me sonó a melodía celestial, y al oírla trate de olvidar los últimos episodios pasados en los que estuvo en juego mi vida por el incendio. Me recordaba a Julia, mi novia. Me siguió hablando, nuestras miradas eran el único medio de comunicación, pero ella hablaba y hablaba pensando que yo entendía todo lo que me contaba. Dijo que se llamaba Carmen, que hacía dos años que había acabado la carrera, que era nueva en el hospital y que le habían asignado el estar a mi cuidado.


Pasaron los días y el cariño con el que me cuidaba Carmen hizo que me sintiera muy a gusto con su compañía.


No comprendía cómo Julia no había ido a verme todavía. Habían pasado quince días desde el accidente y era extraño que mi novia no hubiera aparecido. Estaba con estas divagaciones, cuando la puerta de la habitación se abrió y apareció ella. Parecía como si mis pensamientos la hubieran llamado.


Nos miramos largamente a los ojos, y cuando por fin se decidió a hablar, de sus labios salieron las palabras hirientes del adiós definitivo. Quería acabar con nuestra relación de cinco años, era muy joven y no podía pasarse la vida esperando, este fue el motivo de su explicación. Un cuchillo cortante atravesando mi corazón no me habría hecho tanto daño, me dejaba huérfano de su compañía cuando más la necesitaba.


No pude hacer nada sino mirarla, aguantó mi mirada un instante y vergonzosamente la bajó, dándose media vuelta para salir de la habitación. Escuché el susurro del viento que pasaba entre los árboles y apagaba el ruido de sus pasos mientras se alejaba precipitadamente.


Carmen, cuando entró Julia, se encontraba detrás de un pequeño biombo que tenía la habitación donde guardaban las medicinas y todos lo instrumentos para mi cura, y sin querer ella proponérselo fue testigo mudo de la escena. Salió de detrás, se dirigió hacia mí y acariciándome el pelo con cariño depositó un beso en mi mejilla que logró calmar en esos momentos la pena que me afligía.


A medida que pasaban los días, iba haciéndome a mi situación, cada vez me encontraba más a gusto con Carmen, era para mí el refugio de todos mis males, aunque yo no podía contarle nada, ella por el contrario no paraba de hablar, día a día me relataba todo lo que hacía cuando no estaba a mi lado.


Esa frescura y alegría con que me narraba su vida empezó a cautivarme, y con el paso de los días acabe perdidamente enamorado de ella. Una tarde de las muchas que pasamos juntos me dijo:


-Mírame, mírame bien a los ojos, tengo que decirte algo importante, quiero que sepas que mientras yo viva me encargaré de ti, nunca te va a faltar de nada, amor mío.


Supe entonces que lo nuestro era más que una mistad, que ella también sentía lo mismo por mí. Una explosión de alegría inundo mi corazón pero instantáneamente vinieron a mi mente las palabras de Julia: “no puedo pasarme la vida esperando”.No podía obligar a Carmen a que me esperara, ¿para qué? No sabía lo que me deparaba el futuro, y no iba a arrastrar al ser que más quería a que viviera con un vegetal.


No encontraba la forma explicarle mis pensamientos, solo armado con mi mirada y mis ojos tristes no fui capaz de decírselo. Ella, pensando que me encontraba en una de mis horas bajas, se acercó a mí y me besó. Por primera vez nuestros labios se unieron en un beso de pasión que encendió mi corazón con la alegría de la que tanto tiempo había carecido, y viendo como sus pupilas se iluminaban también con el resplandor del amor, una aureola de felicidad me inundó.


Nos amábamos en silencio, dejando pasar los días, hasta que una mañana empezó a obrarse el milagro. Ella se encontraba frente a la ventana, a través del contraluz de su vestido, empecé a vislumbrar su cuerpo desnudo, que despertó en mí la sensualidad dormida, y cuando empezó a asearme como de costumbre el ligero roce de la esponja hizo que naciera una erección.


Presa de nerviosismo corrió en busca del doctor, y cuando los dos presurosos volvieron junto a mí me encontraron con medio cuerpo incorporado sobre la cama. Un grito de alegría salió de sus labios y, no dando crédito a lo que estaba viendo, vino hacia mí, antes de que llegara una oscilación violenta puso en marcha en mi mente el motor de los sonidos haciéndolos nacer atropelladamente, y como el desprendimiento presuroso de las rocas al caer por la montaña, así fluyeron de la boca atropellándose unos con otros para pronunciar su nombre: Carmen.






Ángel González Francos

04/03/2010




VOLVER II




Estabas dormido en el salón cuando las campanadas del reloj te despertaron, algo fuera de lo normal estaba ocurriendo a tu alrededor, un sexto sentido te llevó a abrir la puerta que daba con el recibidor y el espacio se inundó de humo seguido de intensas llamaradas que hicieron que retrocedieras hasta el balcón que daba al jardín, las llamas habían empezado a prender en tu cuerpo, y preso de pánico te lanzaste al vacío desde el cuarto piso del apartamento.


La suerte te acompañó, fuiste a caer sobre la piscina de la comunidad, sentiste en tu cuerpo el fuerte impacto, y notaste como la fría temperatura del agua apagaba el calor que te poseía.

A partir de ahí, nada, todo quedó en la negrura más absoluta.


Cuando despertaste en la cama del hospital, tu primer impulso fue el de levantarte, encontrándote con que los músculos no obedecían la orden de tu cerebro, te habías quedado inválido, lo único que podías mover eran los ojos.


Oíste la charla del médico cuando hablaba con la enfermera y le decía: “pobre muchacho, tendrá que estar en cama toda su vida”. Y entonces la confirmación de tu estado te llevó a caer en una profunda depresión.


Esperabas con ansia la visita de tu novia Julia, pues con el pasar de los días ésta no se había producido, y cuando al fin apareció y te vio postrado de por vida fue para, de una manera canallesca, acabar con vuestra relación.


Con el paso del tiempo y gracias a Carmen, la bonita enfermera que estaba a tu cuidado, empezaste a creer otra vez en la vida. Los mimos que te prodigaba hicieron que sin apenas notarlo te enamoraras de ella, y por esas cosas del destino ella también se enamoró de ti.


Un día que te estaba aseando una erección hizo que la sexualidad que tenías dormida volviera a despertarse en ti. Ella, presurosa, corrió en busca del doctor, tu cuerpo había empezado a obedecer las órdenes del cerebro. Cuando ambos volvieron se encontraron con que a medias te habías incorporado sobre la cama.


Llena de alegría se abalanzó sobre ti, y antes de que llegara a tu lado pronunciaste su nombre: “Carmen”.





Ángel González Francos 04/03/2010




BREVE COMPENDIO AUTOBIOGRÁFICO


Saltó al mundo en una calurosa madrugada del mes de julio. Tal vez fue esa primera bocanada de calor la que ha hecho que nunca se haya mostrado remisa a los rigores del invierno y siempre reciba la lluvia como maná que cae del cielo.

Siendo muy niña, solía jugar frente a su casa, en aquel parque improvisado dominado por dos acacias gemelas y gigantescas, o al menos eso le parecían a ella desde su diminuta estatura. Las rodillas siempre estaban descalabradas por culpa de aquellas botas ortopédicas que nunca se acostumbró a llevar. En aquel barrio tranquilo de casitas bajas no existían los coches, ni vehículo alguno, salvo la Vespa de su padre, en la que solía montarse todos los domingos para ir a la gasolinera a repostar. Todo un pequeño ritual que esperaba ansiosamente todas las semanas.

Pero su mayor hallazgo, el que más trascendencia habría de tener en su vida, fue descubrir aquel misterioso sitio en el que todos los niños y niñas, incluida su hermana, desaparecían todos los días, llamado “colegio”. Cuando llegó el tan ansiado día en el conocería aquel lugar no hubo nada que pudiera detenerla, ni siquiera un gran charco de agua que taponó su calle tras una larga noche de tormenta. Su madre tuvo que dar la vuelta a medio barrio para que pudiera asistir a su primera clase. Enseguida se afanó en aprender a dibujar palotes y unas rudimentarias “a”, y nunca ha podido entender cómo siendo la letra “r” la que no pronuncia, fue la “t” con la que se atascó en sus primeras lecciones de lectura.

A medida que fue creciendo, se desarrollaba su curiosidad por conocer el mundo, y a medida que aumentaban sus conocimientos empezó a levantar un mundo propio a su alrededor, una galaxia propia que se ha ido expandiendo con el correr de los años. Aunque siempre se relacionó con otras niñas y niños, le gustaba guardar las distancias y reservarse para sí sus pensamientos y sus creaciones, su mundo particular en el que le gustaba jugar a solas.

Esa peculiaridad de su carácter se ha desarrollado con el transcurso del tiempo. Según se ha ido haciendo mayor, su reino particular ha ido ensanchándose y enriqueciéndose, llegando a concebir su propio universo lingüístico, en el que las cosas se nombran con palabras que ella misma ha ido inventando. Jamás ha llamado a su padre y a su madre, ni siquiera a sus hermanas, por sus nombres, sino por los nombres que ella misma ha ingeniado para ellos.

Y ha sido orbitando en ese cosmos propio cuando ha caído en la cuenta de que ese otro mundo, al que presta poca atención, quizás quiera saber algo de ella. Y ha llegado a pensar si en más de una ocasión se habrá asomado alguien con el deseo de conocerla y ha dado media vuelta pensando que ella nada quiere con los demás, lo cual no es cierto. ¿De qué le serviría conocer si no lo puede compartir? Y teniendo en cuenta lo injusto de esta situación para el resto de la humanidad, ha decidido colgar un cartel a la entrada de su feudo que diga “Por favor, pasa sin llamar”.


Carmen Sousa



UN DIA CUALQUIERA


Entre los diversos objetos y enseres que me llevé de la casa familiar cuando hicimos el reparto, encontré no hace mucho, dentro de un libro, un dibujo infantil. Está hecho en una hoja de cuaderno de dos rayas y es una copia calcada de una Inmaculada de Murillo, coloreada después con pinturas de Alpino. Tiene escrita una poesía cursilona, de las que se decían en la Primera Comunión, y una dedicatoria: “Para mis abuelos”. La letra es mía. Contemplo el conjunto. Me salió una virgen de rasgos duros, hierática y rotundamente fea, pero trabajada con ahínco y pulcritud. Para una niña de ocho años y tan lenta como yo era, debió de ser un trabajo difícil, pero lo que me conmueve es que mis abuelos guardaran la hoja como si fuera un tesoro. Creo que recuerdo aquella tarde, una de esas tardes que llovía mucho y no era posible corretear al aire libre.


De mi infancia, recuerdo con especial cariño los veranos en casa de mis abuelos. Mi abuela se levantaba muy temprano y trabajaba mucho, a pesar de ser de constitución débil y de necesitar ayuda para las labores que requiriesen gran fortaleza física. El abuelo, en cambio, se levantaba tarde porque encontraba pocos alicientes en el campo. Lo que hacía era de mala gana y por ayudar a su mujer. Era hombre de mar. Desde que estaba jubilado y vivía tierra adentro, pasaba el día como enjaulado, ningún horizonte le parecía lo suficientemente lejano y lo único que le divertía, a falta de mar, era lanzarse monte arriba. Tenía una memoria prodigiosa y a las nietas nos embobaba contándonos historias del mar, incluso obras de teatro en verso que nos recitaba enteras, interpretando todos los personajes.


Aquel día por la mañana, habíamos salido con él y con el ganado. Aún no debían ser ni las diez y hacía tanto calor que el abuelo nos hizo unos gorros de papel con un periódico viejo. Llegamos a una pradera empinada y el abuelo nos hizo mirar atrás. - Mirad – dijo – desde aquí se ve todo. ¿Veis la torre de la iglesia? A ver si conocéis nuestra casa, aunque se vea chiquitita-. Aquello fue un hallazgo. El valle entero rodeado de colinas se postraba ante nosotros, la pobreza se diluía en la distancia y el paisaje, con los tejados rojos salpicados entre los diferentes verdes, adquiría majestad. Era de una belleza incomparable. Recuerdo también haberme descalzado y metido los pies en el agua de un naciente, con una sensación de alegría y libertad hasta entonces desconocida. La abuela no nos lo hubiera permitido; el agua estaba fría y tendría miedo de que nos resfriáramos. Pero el abuelo no pensaba en esos detalles; para un marinero, el tener los pies en el agua era la cosa más natural del mundo. Luego, el cielo se oscureció y empezó a llover. No sabría decir cuánto tiempo anduvimos por el monte buscando cobijo, porque la casa todavía quedaba lejos. Y entonces a nuestra mente infantil le pareció que tras la cortina de agua surgía de la nada una cueva mágica. Tenía una abertura bastante ancha y luego se iba estrechando y se hacía más oscura, pero el abuelo nos pidió que nos quedásemos casi en la entrada, y allí estuvimos hasta que los truenos se fueron alejando, mientras él abuelo nos recitaba cantares de ciego que había aprendido en su juventud.


Entonces no entendí por qué, al llegar a casa, la abuela nos abrazó como si no nos hubiera visto en varios años, y después nos metió en medio barril de agua caliente que hacía las veces de bañera. Eran tantas vivencias nuevas en un solo día que imagino que estábamos inaguantables, pero todavía quedaba mucha tarde por delante. Supongo que fue entonces cuando nos pusieron a colorear papeles, aunque ese detalle por ser tan frecuente se me había olvidado. Lo que sí recuerdo fue lo que vino a continuación: había que hacer pan.


Habíamos visto cómo la abuela amasaba la harina con agua y sal, hacía un montón y cerraba la tapa de la artesa. -Hay que esperar – dijo-. Y al cabo de unas horas, ¡oh prodigio!, la masa había crecido por lo menos el doble. Vimos cómo iban a buscar leña para encender el enorme horno de piedra y cómo iban dándole forma al pan haciéndolo saltar dentro de un cuenco de madera. A nosotras nos dieron un poco de masa para que hiciéramos con las manos nuestras propias creaciones culinarias, y al horno fueron con el resto del pan que habían hecho los mayores.


No puedo recordar cómo terminó la historia, ni si nuestros panes pequeños, inútiles y deformes, sirvieron para alimentar a las gallinas o a cualquier otro animal irreflexivo, pero sé que la tarde transcurrió sin mayores incidentes y que a la hora de cenar seguía lloviendo.


Cuando llegó la vecina con la carta de su hijo, la abuela nos llevó a la cama; posiblemente no quería que escuchásemos conversaciones de adulto.


- Abuela ¿mañana es el día de la fiesta?

- Si, pero si llueve no podemos ir.


- Y si llueve ¿qué vamos a hacer? ¿hacemos pan otra vez?


- Ya veremos lo que hacemos mañana. Ahora, a dormir.

Ha pasado tanto tiempo que tal vez haya relatado las cosas no como ocurrieron, sino como las registra mi memoria. También puede ser que los hechos no sucediesen todos en el mismo día. Lo que sí puedo asegurar es que a lo largo de mi vida, siempre que se habla de felicidad en el yermo mundo de los adultos, viene a mi mente una niña metiendo los pies en un arroyo de montaña y una casa vieja donde esa misma niña hunde sus dedos en la masa del pan.


Milagros González





EL CALLEJÓN



La ropa mojada se pegaba a mi cuerpo, mi pelo chorreaba. Le mire, él estaba igual de empapado. Respondió a mi mirada con una sonrisa. Bajé la cabeza. ¿ Sabes esos momentos en los que el tiempo es un eternidad por que no sabes qué hacer? Pues éste es uno de esos. El callejón era estrecho, notaba su cercanía. Y de repente salió de mi boca:


- Vaya, si que llueve.


Antes de terminar la frase me estaba arrepintiendo de la tontería que había dicho. Desde luego que como presentadora del tiempo no tenía precio.


- Vaya, si – respondió.


Bueno él tampoco ha sido muy brillante.

Como si nada continúe con su brillantez y empecé a relatar una anécdota de un tío mío del pueblo que se quedó encerrado en una cueva por la lluvia.

No decía nada, pero no me extrañó, era tan ridículo lo que contaba que ni Quevedo hubiese tenido respuesta.

Dejó de llover.


- Qué bien, ya ha terminado.


Me sentí liberada, me dirigí a la luz. Me agarró del brazo y me dijo:


- ¿Me das un beso?


Nos besamos y pensé: ya era hora, me podría haber ahorrado toda esta historia.



Aranzazu Vallez



LA LOTERÍA




Sentada en el autobús veía a través del cristal cómo la gente andaba a cámara lenta sobre el suelo nevado. El autobús iba despacio, el tiempo también y ella simplemente no tenía nada que hacer. Bueno, sí, buscar y buscar sin éxito, llamar a una puerta y a otra y recibir “no” por respuesta. En Mayo, hace ya siete meses, su empresa había cerrado, en ese momento el tiempo se comportó de otra manera; fue muy rápido, todo pasó de un día a otro. Todo había cambiado, antes había obligaciones, ahora preocupaciones por no poder pagar la hipoteca.


Recostó su cabeza sobre el cristal, se había levantado a la seis de la mañana para ponerse a la cola que serpenteaba todo el edificio del INEM, había estado 3 horas esperando bajo los copitos que caían sin cesar. Al llegar al mostrador el funcionario, ni siquiera la había mirado a la cara, arreglo sus papeles. Antes de sentarse en el banco de la parada del autobús se había parado en un par de oficinas de empresas de trabajo temporal. Llegó a su destino, cruzó el parque imitando a los transeúntes que había visto anteriormente. En frente de la puerta del portal rebuscó sus llaves en el bolso, nadie la esperaba en casa, vio el móvil. Tenía 8 llamadas perdidas de su madre y 6 de su hermano, devolvió la llamada a su madre, marcó el botón rojo; el mes anterior la factura del móvil había sido muy elevada.


Su madre vivía a 10 minutos andando, simplemente no tenía nada que hacer. Al tercer paso casi se cae. Volvió al autobús, eran solamente dos paradas. Sacó de su bolso la radio, en la mayoría de las emisores retrasmitían la lotería nacional. Movía el dial, las emisoras que se encargaban del sorteo gritaban, dio con un programa musical. El autobús llegó, el conductor estaba rodeado por 4 mujeres, todos sonreían, gesticulaban, movían los brazos, se divertían… Se sentó en la tercera fila, veía la escena como si de una película muda se tratase. En la siguiente parada un par de mujeres se subieron y el mismo ambiente festivo siguió.


Llegó su parada. Siguió andando con cuidado, se cruzaba a vecinos que conocía de vista, todos iban en la misma dirección. En su portal marcó el telefonillo de su madre, nadie respondía, era extraño a esas horas debería estar cocinando. Su abuela vivía encima de ellos, tenía 80 años, su madre y sus tías que vivían en el mismo barrio se repartían el cuidado de la anciana.


Susana, la vecina de encima, salía con una botella de sidra:


- Hola Ana, ¿no te has enterado?


Ana se quitó los cascos.


- Buenos días, ¿qué ?


- Si no te has enterado de lo que ha pasado.


- No. ¿El qué?


- En la lotería de la Juani ha tocado el gordo.

- Ni idea.


- Chica, como no lo sabes, a mí me lo ha dicho tu madre. Vamos pa' allá, está todo el barrio.

Susana, a pesar del sobrepeso, se movía con agilidad; Ana la seguía enganchada a su manga.

En frente de la administración un grupo de gente gritaban, bailaban, chillaban, abrían botellas, derramaban sus contenidos y en medio de todos ellos Juani mostraba un billete de lotería a una cámara. Su madre acudió a su encuentro.


- Nos ha tocado, hija.


- ¿El gordo?

- Sí, tu abuela lo compró.


A dos metros sus tres tías y casi todos sus primos brincaban alrededor de su abuela que sostenía el número. Ambas se acercaron, se besaron. La fiesta continuaba a pesar del frío, el ambiente descongelaba el hielo del suelo, el tiempo pasaba deprisa.


- Jo, hermana, qué suerte, la abuela me ha dicho que me hará un regalo, ya le he dicho que quiero un coche. ¿Y tú?.


Ella no quería un regalo, ella necesitaba ese dinero, pagaría unos cuantos meses de hipotecas y los recibos no serían devueltos por un tiempo. Se acercó a su abuela para besarla otra vez y agradecerle su generosidad.


- Gracias, abuelita.


Vio el número premiado, hasta el momento no había caído en él: era el 16059, el 16 de Mayo del 2009, su último día de trabajo. Se paró, el tiempo con ella, abrió entre temblores el bolso, el monedero se deslizaba entre sus manos. El boleto estaba allí. Ese día de Mayo no solo había traído penas a su vida.


Aranzazu Vallez



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