lunes, 15 de marzo de 2010

Su luna de miel fue un largo escalofrío

SU LUNA DE MIEL FUE UN LARGO ESCALOFRIO

Del cuento El almohadón de plumas de Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío, aunque nada ni nadie pudo presagiar la pesadilla que se avecinaba. En agosto, tras varios años viviendo juntos, Alicia y Miguel decidieron casarse. La boda sería el día 23 de diciembre, víspera de nochebuena y cumpleaños de Miguel. No parecía un día muy apropiado, por la cercanía de la Navidad, pero a la boda sólo asistiría la familia más cercana y unos cuantos amigos íntimos, así que consultaron con los invitados y ninguno tenía inconveniente en la elección, por lo que comenzaron con los preparativos.

La fecha elegida resultó ser una gran ventaja. Diciembre es un mes poco habitual para bodas y en agosto las reservas en restaurantes para las celebraciones empresariales de Navidad no han comenzado, por lo que fue fácil encontrar la iglesia y el restaurante adecuados.

El plan era, tras la boda, pasar la nochebuena, en Madrid con la familia, y a la mañana siguiente emprender el viaje. Ambos estaban de acuerdo en tener una luna de miel tradicional: mar, playa, paisajes de postal y un hotel de cine. Tras consultar con la agencia de viajes donde solían reservar sus vacaciones se decidieron por Khao Lak en la costa de Tailandia, según el agente que les atendió, era un lugar paradisiaco. Así parecían confirmarlo las fotos de los folletos, el lugar se ajustaba de maravilla a sus expectativas.

Tanto la boda como la cena de nochebuena resultaron perfectas. A la mañana siguiente el vuelo salía de Madrid a las 7 de la mañana, tenían por delante más de 12 horas de avión, pero el cansancio acumulado en los últimos días les ayudó a dormir la mayor parte del tiempo. Fue un vuelo tranquilo, aterrizaron en el aeropuerto internacional de Phuket, y en menos de una hora ya estaban en el hotel.

El folleto no hacía justicia a lo que veían desde el autocar: las playas, la vegetación, los olores, el colorido, todo era exótico y asombroso. Llegaron casi de noche. La luz nocturna ocultaba el posible deterioro del lugar, consiguiendo que a sus ojos todo pareciese perfecto. Tras dejar las maletas en la habitación bajaron a cenar, optaron por tomar un sanwich en el piano-bar del jardín, cerca de la enorme piscina y a pocos metros de la playa. El pianista interpretaba con un resultado aceptable temas románticos, muy adecuados al ambiente, una luna enorme dibujaba el horizonte en el mar, las flores del entorno iluminadas por antorchas dejaban adivinar colores imposibles de definir; no podía pedirse más.

Alicia comentó - Miguel, creo que hemos acertado, va a ser un viaje inolvidable.

Tras tomar una copa decidieron irse a dormir. Su habitación estaba en el 3ª piso, que era el último. Los alojamientos estaban formados por bungaloos y un hotel en forma de L que parecía protegerlos del mundo exterior. El hotel tenía cuatro alturas: tres ocupadas por habitaciones, y en la última se encontraba un restaurante con impresionantes vistas al mar. La construcción y la decoración estaban pensadas acorde con el paisaje, lo que acrecentaba el encanto del lugar.

Alicia abrió los ojos, eran las diez y cuarto. Llamaban a la puerta. Oyó el agua de la ducha: era Miguel, estaba en el cuarto de baño. Recordó que habían pedido el desayuno en la habitación. Se puso una bata y abrió. El camarero, con una amplia sonrisa, entró empujando el carrito del desayuno: café, leche, bollería, embutidos y un enorme cuenco lleno de frutas, algunas desconocidas para ella. Buscó en el monedero y le dio unas monedas de propina, no sabía si era poco o mucho, aún no se había habituado al cambio, pero por la reverencia del chico supo que había acertado.

-Miguel -dijo- ya tenemos el desayuno. He sacado el carrito a la terraza, hace un día extraordinario-. Iba a salir a la terraza, pero antes se acercó al armario; no estaba segura de dónde había dejado el bolso.

De repente, oyó un grito. Miguel había salido del cuarto de baño y miraba aterrorizado por el amplio ventanal que daba al exterior. Instintivamente volvió la cabeza. Un escalofrío recorrió su cuerpo. No era posible, el mar encrespado se acercaba furioso a la playa, una ola alta como una montaña volaba hacia el hotel, podían escuchar el bramido del agua, era indescriptible. Se abalanzó hacia Miguel, que había comenzado a enrollar una sabana a modo de cuerda, -Agárrate bien a mí -dijo, mientras procedía a atarse con ella a una especie de viga que separaba el hall del dormitorio. Fueron segundos, el mar entraba ya por la ventana.

No recordaba bien lo que pasó. La ola golpeó sin compasión el edificio, el ruido ensordecedor del agua apagó el estruendo de los cristales y los muros que caían destrozados por la fuerza del seísmo; los muebles y las ramas nadaban juntos por la habitación. El terror se apoderó de Alicia, morirían ahogados, pero el mar fue benévolo con ellos y el agua se retiro con la misma fuerza que había llegado, arrastrando consigo todo lo que encontraba a su paso. Se hizo un terrible silencio. Estaban vivos. No se atrevía a moverse. Tras unos segundos Miguel soltó el nudo de la sabana. - Vamos, Alicia, tenemos que subir más arriba, por si vuelve la ola-.

Alicia miraba petrificada por el ventanal, el mar se había llevado todo, la playa existía, pero no quedaba nada mas. ¿Y los turistas que estaban en la piscina? Miró hacia abajo, lo que antes era el piano-bar ahora era un charco de barro. El agua arrastraba mar adentro los objetos más insospechados: pudo distinguir el piano, mesas, maletas, colchonetas. Pero no eran sólo objetos, en la superficie también flotaban algunos cuerpos, y desde allí distinguió al muchacho que unos minutos antes les había subido el desayuno.

Era el 26 de diciembre de 2004. Fue el más aterrador Tsunami que se recuerda.

Si, la luna de miel de Alicia fue un largo escalofrío que nunca olvidaría.



Asun Hernández



REFLEJOS DE BARBA AZUL



Su luna de miel fue un largo escalofrío que recorrió su cuerpo insistentemente, acabando con el fuego del amor apasionado que sentía por su amado, convirtiendo su vida en un calvario.

Ella, felizmente casada, había anhelado durante años al que por fin hoy era su marido.

Y sin embargo, en su primera noche de bodas se encontraba sola en la habitación matrimonial.

Oía en el salón de abajo las risas de los últimos invitados, todos amigotes de su reciente esposo, que demoraban poner fin a la fiesta.

Hacía rato que, deseando vehementemente quedarse solos, se había acercado a él y le había susurrado suavemente al oído:

-Cariño, mientras te despides de tus amigos voy subiendo y te espero en nuestro dormitorio. No te demores pues lo que más deseo es estar junto a ti, amor mío.

Pasaba el tiempo y su espera se hacía eterna, él no aparecía. Dudaba de que tal vez hubiera habido un mal entendido y que su esposo, con los vapores del alcohol que ya estaban haciendo mella en su cuerpo, no hubiera comprendido bien su mensaje.

Queriendo despejar sus dudas y no pudiendo más superar la ansiedad, decidió de nuevo bajar al salón.

Pero las palabras que escuchó y que provenían de su cónyuge le hicieron quedarse clavada en los primeros peldaños.

- Os dije que la conseguiría y ahí lo tenéis. Ya es mía y su inmensa fortuna también, que en realidad era lo único que de ella deseaba.

Al oír aquello sintió como si un fuerte martillazo le rompiera el corazón, dividiéndolo en mil añicos, obligándola a dar un ligero traspiés que casi la hizo rodar escalones abajo.

Con el ruido, todos miraron hacia arriba y entonces las miradas de los dos esposos se cruzaron.

La de ella medrosa y todavía con el rictus de la incredulidad grabado en su rostro.

La de él burlona y altiva acompañada de una risa estridente, que hacía presagiar signos de locura.

Tuvo las fuerzas suficientes para darse media vuelta y entrar en su habitación. Arrojándose sobre la cama, prorrumpió en amargos sollozos dando escape a su pena.

Acompañando a sus lágrimas, afloraron en su mente los consejos que repetidamente su padre le daba y de los que ella hizo caso omiso.

- Hija, ese hombre no es bueno, lo único que quiere es nuestro dinero.

Pero ella, cegada por el amor inmenso que por su adorado sentía, pensaba que su padre veía interés donde sólo había sentimientos.

De pronto sintió los pasos presurosos que subían la escalera, el girar de la llave desde el exterior y el correr de la cerradura de su habitación.

Se encontraba prisionera en su propia vivienda, esa casa que había sido el regalo de bodas de su padre y en la que ella había puesto todo el cariño del mundo, decorándola con un gusto exquisito.

Los días sucesivos fueron de penosa tortura, su marido la maltrataba física y psíquicamente, infringiéndole los más terribles castigos, con el fuerte propósito de lograr que firmara el testamento, dejándole a él como único heredero de su valiosa fortuna.

Se hallaba en su encierro, sola y desamparada, sin nadie que pudiera socorrerla, pues su amadísimo padre creía que se encontraba disfrutando plácidamente del viaje nupcial.

Desfallecida al pasar de los días, y sin falta ya de voluntad, su mano trémula estampó la firma, en el codiciado y a la vez odiado papel. En ese mismo momento presintió que había firmado su sentencia de muerte. No le dio tiempo a pensar más, pues experimentó un dolor agudo en su cuello como si hubiera sido atravesada por la mordedura ponzoñosa de una serpiente, y poco a poco fue escapándosele la vida.

Logró girarse, y en el último estertor ver como el vil de su marido limpiaba la sangre del cuchillo en su inmaculado vestido de novia.







Ángel González Francos 20/01/2010



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