ÚLTIMA VOLUNTAD
A Silvio Sosegado no le habían nacido los dientes, ni los de leche, ni los de adulto. Ninguno. Un caso raro, si se tenía en cuenta que, por lo demás, Silvio era un niño completamente normal, que no padecía enfermedad alguna. Los primeros años de colegio fueron duros, porque cuando hablaba, se le escapaban algunas letras y salían de su boca vacía sonando de cualquier forma, sobre todo las eses y las erres.
- Oye - le preguntaban – dinos cómo te llamas-. Y cuando respondía a su manera “Silvio Sosegado”, estallaba la carcajada. Los niños más crueles eran Samuel Suárez y Santiago Sansón, que a continuación de la anterior pregunta, decían: - Ahora, dinos cómo nos llamamos nosotros dos-. Pero Silvio les dejaba reír y encogía los hombros con un gesto de indiferencia.
Pasaron los años y Silvio dejó de ser novedad. Ya de adultos, solamente Samuel y Santiago seguían con la bromita. Silvio era un vecino más del barrio, trabajaba en una carnicería y se le consideraba persona pacífica y afable. El apellido Sosegado parecía haber sido creado expresamente para él.
Un día, Samuel Suárez y Santiago Sansón entraron en el establecimiento para repetir su pregunta de siempre: - Oye, Silvio, dinos cómo nos llamamos los tres-. Pero Silvio estaba de mal humor, cualquiera tiene un mal día, y con el cuchillo de destazar que tenía en la mano en ese momento, los dejó sin vida, en un santiamén, de sendas cuchilladas certeras. -Me tenían harto-, dijo en su defensa. Pero no era suficiente disculpa. Tampoco su abogado pudo demostrar enajenación mental, porque Silvio no estaba loco. Muy al contrario, demostraba ser la persona más equilibrada que existía. La ley fue implacable y le condenaron a pena de muerte. Y él se encogió de hombros, resignado.
Ya en la cárcel, vivía a cuerpo de rey. Los funcionarios sentían compasión por un reo que no recibía visitas, no causaba ningún problema, daba las gracias por todo y siempre sonreía, con aquella sonrisa sumida de anciano. Conversaban con él, le contaban cosas del exterior, donde soplaban vientos de cambio. Podría ser, incluso, que se democratizara el país. Y Silvio decía: -Mejor para vosotros. Yo ya no lo veré-. Un día comentó que le gustaría, como última voluntad, que le pusieran una dentadura postiza bien adaptada, una que le valiera para paladear y disfrutar como era debido su postrera comida. -No quiero que me la regalen – añadió – Yo tengo dinero, llevaba mucho tiempo ahorrando para ponerme una, antes de entrar aquí-.
Como no había fecha prevista para la ejecución y además consideraban que el deseo de Silvio era legítimo, comenzaron a tomarle medidas de la boca y a hacerle pruebas y más pruebas. Y así, durante un año. No era fácil adaptar una dentadura en encías tan gastadas. Cuando al fin se dio por satisfecho, la pena de muerte había sido abolida. A Silvio se lo comunicó el propio director de la prisión, visiblemente contento. Y añadió:
-No sabemos si se revisará tu caso, pero por el momento tendrás que seguir aquí-. Silvio se encogió de hombros y solamente contestó: -Pues aquí seguiremos… Muchas gracias, señor director-.
Pero por la noche, en la soledad de su celda, se decía: -Has tenido suerte, Silvio. Se han reído de ti, pero ahora el que se ríe eres tú-, y se miraba al espejo, contemplando dos hileras perfectas de dientes blancos.
Milagros González
MARÍA LUZ MELÓN
- María Luz Melón-
Al sentir la llamada de mi nombre pronunciado por el Decano, presidente de la mesa donde estaban siendo entregados los diplomas, salí de la exclusión involuntaria en que me hallaba sumida y avancé con la cabeza altiva por el pasillo del Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares para recibir el título.
Había estudiado con ahínco durante cinco largos años para al fin poder lograr el Doctorado de Filosofía y Letras, y lo había conseguido. Nunca pensé en las salidas que tendría la carrera a la hora de encontrar trabajo. No buscaba el dinero, sólo la gloria del saber y a la vez seguir los pasos de mi padre, verme reflejada en el espejo de su sabiduría.
Quedaban lejanos los tiempos en los que mis padres desde Sevilla se trasladaron a Madrid. A los pocos días tuve que entrar en el colegio que había enfrente de mi nuevo domicilio y desde los primeros momentos sufrí las burlas y las risas de los demás niños de la clase. Todo comenzó cuando el profesor dijo:
-Silencio niños, quiero presentaros a una nueva compañera. Viene de Sevilla y se llama
María Luz Melón.
El listillo de la clase repitió:
-¡Melón, melón, ha dicho melón!
Y los demás niños y niñas prorrumpieron en sonoras carcajadas. Desde aquél día quedé marcada por el apellido de mi madre.
-Mira ahí viene el melón -decía uno nada más verme.
-Yo diría la melona -contestaba un segundo. Y a continuación todo el grupo estallaba en sonoras risas y burlas tratando de intimidarme.
Sus chirigotas en verdad me apenaban, hasta tal punto que en más de una ocasión simulé una enfermedad con el fin de no ir al colegio. Incluso mi padre algunas veces, cuando trataba de ayudarme con los deberes escolares, acababa dándome suaves golpecitos sobre la cabeza, diciéndome:
-¡Melón, que eres un melón!
A mí me entraba la duda de si lo hacía por mi falta de comprensión o refiriéndose a mi segundo apellido.
Un buen día el profesor puso como ejercicio de redacción que cada uno inventásemos una historia. Y yo, en parte por querer vengarme, darles en los morros a mis compañeros, y hacerles ver que sus burlas me resbalaban, me inventé la historia de un melón, un melón que tenía cuatro patas, era futbolista y metía más goles que el resto de sus compañeros, que sólo tenían dos. Además era un melón que también tenía luz, y al que todos miraban con envidia porque siempre estaba resplandeciente.
Escribí esto y mucho más, un texto extenso cargado de fantasía y detalles. Y cuando tuve que leerlo ante todos, mis palabras fluyeron con una verborrea digna de una mente privilegiada. El río de la narración discurría tranquilamente, haciendo que la prosa de mi relato les envolviera, dejando pasar por un cedazo las frases más bellas, como si fueran pepitas de oro.
Cuando terminé todos estaban absortos. Se habían dado cuenta de que cuando se me encendía la luz y mi melón empezaba a funcionar como una máquina bien engrasada y puesta a punto, podía dejarles a todos a oscuras. Desde aquél día me gané el respeto de mis compañeros, y nunca más volvieron a mofarse de mí.
Todo esto vino a mi mente cuando volvía hacia mi asiento, con el preciado título bajo el brazo, a la vez que el recuerdo de mis padres. El de ella, esa mujer bondadosa toda llena de virtudes, sacrificada, falta de todo egoísmo, con esa belleza sublime que marcaba el óvalo de su cara con figura de melón, como el melón de su linaje.
Y el de él, ese hombre erudito, siempre sentado en su despacho con la lamparita de mesa encendida, devorando las páginas del libro de turno, que había logrado que yo siguiera su senda, dando a mi mente la luz, como la luz del apellido que me dio al nacer.
Ángel González Francos 22/01/2010
DÉBORA MALATESTA
-¡No puedo creer que lo hayas vuelto a hacer! ¿En qué pensabas, Débora?.
- Mamá, estaba segura, era la pareja perfecta. Desde que empezamos a
chatear me pareció que era el chico ideal para Marta.
- ...Y decidiste hacerte pasar por ella sin que tu hermana supiese una
palabra de este embrollo.
- No lo hice propósito. Fue sin proponérmelo, al preguntar mi nombre
contesté que me llamaba Marta, y al hablar de mi aspecto, le dije que era
rubia, con ojos verdes, en fin, describí a mi hermana.
- Cuándo vas a dejar de meterte en las vidas ajenas, siempre igual.
Desde primero empeñada en buscar pareja a los demás. ¿Recuerdas
a tu profesora de Ciencias? Le dijiste que el profesor de matemáticas te
había confesado que estaba enamorado de ella.
- ¡Es que hacían tan buena pareja!.
- Pero hija, tu profesora de Ciencias era Sor Virtudes y el de Matemáticas
el padre Anselmo. Ambos eran religiosos.
- Minucias, hacían una pareja estupenda. Tan jóvenes, tan guapos, y con
aquellos hábitos... También era monja María, la de Sonrisas y lágrimas,
¿o no?
- ...Y cuando visitamos a tus abuelos en Milán le propusiste al hijo de los
vecinos una cita a ciegas, en Madrid, con tu tía Isabel. Tengo que
recordarte la que se montó. El follón que organizó su novia.
- Pues era una idea magnífica. La novia no le pegaba nada de nada, tan
celosa. Era una sosa y una antipática.
- Y a tu abuela el otro día le dijiste que el panadero te había pedido su
número de teléfono. ¡Cuando el pobre hombre sólo te preguntó qué tal
estaba porque hacía dos días que no bajaba a comprar pan!
- ¿Era una locura? Acaso no son viudos los dos, tienen la misma edad, y yo
les noto muy solos, como necesitados de cariño.
- Vamos, deprisa. Espero que lleguemos a tiempo para evitar otra
catástrofe. Tu hermana me ha telefoneado para comentarme que llegaría
un poco más tarde. La chica de recepción la ha prevenido de que un tal Raúl
estaba esperando a que saliese. Me ha dicho que no tenía ni idea de quién
era el tal Raúl, y yo sin saber nada de esto. Hace más de una hora que salió
del trabajo. Estoy preocupada, puede haberle pasado algo, ya sabes la
cantidad de locos que hay en Internet. Menos mal que su oficina está cerca.
Débora, prométeme que no volverás a meterte en estos fregados.
Débora, cabizbaja, escuchaba la reprimenda de su madre. Tenía razón. ¿Y si
Raúl era un loco? Le había dado hasta la dirección de la oficina donde
trabajaba Marta. ¿Y si su hermana tenía problemas por su culpa? ¡Maldito
afán casamentero! Se había portado como una irresponsable. Avergonzada
decidió prometer a su madre no volver a hacer algo así nunca más, y
empezó a balbucear unas palabras, pero su progenitora ya no le prestaba la
menor atención, estaba clavada en el asfalto, mirando calle arriba.
Enseguida supo por qué: su hermana, venía hacia ellas. “¡Qué bronca me va a echar!” –pensó-.
Algo distrajo su atención, Marta traía un enorme ramo de flores en los
brazos. No parecía enfadada, mas bien contenta.
- Mamá, Débora, no os vais a creer lo que me ha pasado -dijo Marta-. Me
llamaron de recepción para decirme que un tal Raúl me esperaba. No tenía
ni idea de quien era Raúl, pero resulta que es el chico que conocí en el
aeropuerto de Londres el año pasado. Os acordáis que nos perdimos y no
pudimos darnos los teléfonos. ¡Ha sido increíble!. Me ha contado no sé que
historia de nuestro chateo por Internet. Creo que es una trola que se ha
inventado para venir a verme. Las flores son suyas. ¿Cómo me habrá
encontrado?
Antes de recibir contestación se vieron interrumpidas por una vecina que,
curiosa, pregunta por el maravilloso ramo de flores de Marta.
- Vaya, Marta ¿Son de un admirador, no?
- Tienes que contar a tu hermana lo que ha pasado. Y no vuelvas a hacer
esto nunca más, ¡Prométemelo! - aseveró su madre en voz baja,
aprovechando que Marta no les escuchaba.
Débora sonrió, y prometió no volver a hacerlo, mientras, por detrás,
cruzaba los dedos y pensaba: digan lo que digan, tengo un sexto sentido
para las cosas del amor.
Asun Hernández
MIJAIL POTIQ
La primera vez que vi a Mijail Potiq no pude dejar de sorprenderme, eso ocurrió allá por 1998, en un campo de refugiados montado por Cruz Roja en Ruanda, donde se intentaba ayudar a los desplazados supervivientes de las matanzas.
Realmente lo difícil hubiese sido no fijarse en él, con sus casi dos metros de altura, su físico hercúleo y su media melena rubia, destacaba como un faro en mitad de la noche, rodeado como estaba de niños rwandeses, escuálidos y negros como el carbón. Los críos vociferaban y corrían a su alrededor, intentando conseguir uno de los caramelos de colores que llevaba en una bolsa, en su regazo.
Todos le seguían como a un improvisado flautista de Hamelin, y así les llevó correteando y saltando a su alrededor hasta una cabaña frente a la que estaba sentado, con una mesita y muchos papeles, en un sanitario. Allí consiguió ponerles en fila para ser examinados, prometiéndoles en su propia lengua (eso me explicó mi guía) un caramelo a cada uno si dejaban que les examinasen y apuntasen en las listas.
Le pregunté a Lewis, mi guía, quién era ese tipo, y él me contestó que era un ruso que trabajaba como voluntario independiente para la Cruz Roja desde hace unos meses. Le hice notar que deseaba entrevistarme con él por si fuese de interés para mi artículo o alguna de crónicas que debía enviar al periódico. Él me contestó con una sonrisa y dijo: – No se preocupe, esta noche le verá, se aloja donde usted, y la mayoría de europeos cenan en mesa común, no falte y le verá-.
Después me llevó a ver al responsable del campo, un alemán, veterano en Cruz Roja Internacional, que amablemente me repitió mil veces que necesitaban más medios y otras mil más rehusó darme respuestas concretas y comprometidas sobre los responsables políticos de que toda aquella gente estuviese desplazada de sus hogares por miedo a ser macheteada sin piedad. Tras esto Lewis y yo fuimos a una granja habilitada como pensión donde me dieron una pequeña habitación, con derecho a ducha compartida, desayuno y cena. El único lujo que tenía era un enchufe conectado a un grupo electrógeno que arrancaban a partir de las seis de la tarde y hasta las once de la noche tenía corriente, esto me permitiría recargar las baterías de las cámaras, del portátil y de los teléfonos que utilizaba para comunicar con el primer mundo y dar mis crónicas a tiempo.
A las ocho fui al comedor y allí estábamos todos los huéspedes que no tenían ocupaciones urgentes que atender, hambrientos y dispuestos a dar buena cuenta del rancho que nos sirvieron, una especie de estofado de hortalizas, con algo de carne.
Estaba sabroso y caliente, es más de lo que esperaba en aquel rincón de África.
Como me avisó Lewis, Mijail estaba allí y no me quito ojo en el transcurso de la cena. La lengua común era el inglés, y aunque la conversación en general fue animada, yo me limité a escuchar y él apenas abrió la boca. Aproveché para observarle con detenimiento, vi sus ojos claros, su nariz aplastada y ligeramente torcida como la de un boxeador, y las dos cicatrices de su cara, una en el pómulo y otra encima de la ceja izquierda, que dejaba ver que quien la cosió no tenia habilidad ni conocimientos para ello. A pesar de todo podía decirse que era bien parecido. Visto de tan cerca parecía aun más alto que por la mañana y su cuerpo de cuarentón dejaba claro que poseía aun un vigor, una ausencia de grasa y una carga de músculo que en otra época debía haberse cultivado con un tesón fuera de lo común, como el de los atletas de elite o el de la gente a la que le va la vida en ello. Le observé sentado en una esquina de la habitación, bebiendo relajado y controlándolo todo discretamente. En este momento, no sé bien por qué, tuve claro que este tipo en otra vida había sido soldado, un soldado de esos que son peligrosos, de los que llevan ese modo de vida metido en la sangre. Ya había conocido en otros lugares gente así, pero llevaban uniforme y no trabajaban con una ONG.
Le busqué de nuevo y no le vi sentado, miré a izquierda y derecha del salón y no estaba. De pronto, justo detrás de mí, alguien dijo: – He oído por ahí que es usted periodista-. Me volví y le vi allí, recostado en un mueble, mirándome fijamente con una sonrisa en la boca.
En ese momento supe que la noticia allí era este tipo.
Agustín García-Bravo
LA LLAMADA
Abrió la puerta, la casa estaba a oscuras y fría. A su paso hasta el salón dejó las luces encendidas. Las paredes estaban vacías, el piso estaba desnudo, quedaban cajas por abrir. Encendió la tele, necesitaba oír voces. Se sentó en el sofá y miró la carta del abogado. El mobiliario estaba formado solamente por el sofá, la tele sobre un palé y una mesita sobre la que había un marco con una foto de sus tres hijos y el teléfono. Miró la foto, la acarició.
Era tarde, un lunes tedioso. Desde que había pasado todo retrasaba su vuelta al piso. Nunca había sido un profesor amigo de sus colegas, y mucho menos simpático con sus alumnos. Su asignatura, física acuántica, era bastante dura, y él no la ponía nada fácil. Justamente hoy había tenido una discusión muy acalorada con una alumna a la que no le permitía presentar un trabajo para poder subir nota del examen.
Descolgó el teléfono, el número ya estaba grabado en la memoria. Mientras daba señal recordaba el anuncio del periódico en el que decía “902 012 923. Débora Malatesta , devora todos tus deseos”.
- Devora Malatesta, devora todos tus deseos, toda tuya para hacerte feliz- respondió una voz dramáticamente erótica.
- ¿Qué tal, mi amor?
- Mal – Casi no pudo responder.
- ¿Mal? – Su tono de voz cambió completamente.
- Hoy he recibido la carta del abogado – dijo.
Hubo un silencio. Él la llamaba todas las noches, era un cliente perfecto, solamente necesitaba ser escuchado y no se preocupaba por los minutos.
- ¿Y tus hijos? ¿Has sabido algo de ellos hoy?-.
- Nada.
Más silencio. Él arrancó a hablar entre sollozos lo que contaba noche tras noche. Su mujer le había abandonado, sus hijos ya no estaban con él, ya no podía vivir más en su casa. Ella seguía escuchando; él le suplicó:
- ¿Nos podemos ver?
- No, sabes que no.
- ¿Por qué?
- Imposible, solo por teléfono.
- Dime por lo menos tu nombre verdadero.
- Débora.
- Dímelo, por favor.
- Espero que te encuentres mejor. No puedo hacer otra cosa por ti.
Él colgó el teléfono.
Ella se quitó los auriculares, vestía un pijama de pingüinos y el pelo recogido en una coleta alta, sus piernas se alzaban sobre el escritorio. Estaba en su pequeña habitación del piso que compartía con otros tres estudiantes desde hacía 6 años.
Sobre la mesa, el ordenador encendido con el trabajo Física cuántica en la pantalla. Había estado trabajando en él todo el fin de semana y hoy había discutido con el profesor porque no le permitía presentarlo para subir nota. Solo le quedaba esa asignatura para aprobar la carrera, necesitaba un 5 como fuese. Apagó el ordenador, abrió la carpeta con los apuntes, no entendía nada. Mañana se armaría de valor y preguntaría todas sus dudas al profesor.
Aranzazu Vallez
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