sábado, 13 de marzo de 2010

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LA VISITA


Había llegado temprano. Se quitó el abrigo, entró en la habitación y se dejó caer cansadamente en uno de los dos sillones de orejas que presidían el cuarto. Tomó el libro que estaba sobre la mesita y lo abrió por la página que indicaba el separador. Comenzó a leer, de repente cerró el libro y se dirigió al pequeño mueble-bar ubicado en un rincón de la sala. Abrió la puerta, sacó una botella de brandy y se sirvió una copa. Con ésta en la mano volvió a sentarse en el sillón. Apoyó la cabeza en el respaldo, acercó el borde de la copa a los labios y, despacio, tomó un pequeño sorbo, se entretuvo saboreando el ardiente sabor del licor. Era un buen brandy. Volvió a dar otro trago y cerro los ojos.


Algo desvió su ensoñación: era el timbre de la puerta. La llamada era firme, resolutiva, aunque no apremiante. Se levantó despacio y fue hacia la entrada, iba a abrir pero antes, a través de la mirilla, comprobó quién era el inesperado visitante. Se trataba de una mujer, vestía un elegante traje negro y pamela del mismo color. Era hermosa, no demasiado joven, difícil definir su edad desde esa distancia, pero sin duda se trataba de una mujer muy hermosa.


Abrió la puerta.


-Hola -dijo la desconocida- ¿Puedo entrar?


-Desde luego -contestó él- a la vez que se apartaba del quicio de la puerta dejando libre el paso a la casa. En el pasillo adelantó a la mujer y con la mano le indicó el camino a la salita.


Ella pasó al interior de la habitación, se dirigió al sillón que él ocupaba minutos antes. -¿Puedo? –preguntó mientras se sentaba.


Él hizo un gesto de asentimiento, volvió a mirarla con más detenimiento. Lo primero que observó fueron sus ojos, unos ojos azules, de un azul casi transparente, el pelo negro azabache, el cuerpo esbelto, muy pálida, tenía una belleza impresionante.


-¿Me esperabas? -dijo ella- Recibí tu mensaje pero no he podido venir antes.


-Si –contestó- Te esperaba, te esperaba desde el momento en que te llamé.


-Pues al fin estoy aquí. Me miras mucho. ¿Te he decepcionado? –preguntó la mujer con cierto tono de coquetería.


-No, al contrario... eres más atractiva de lo que esperaba- respondió sin apartar sus ojos de los de ella.


-Entonces no te contraría mi visita –interrogó ella- puede que sea demasiado pronto para gozar mi compañía. Debes saber que soy la amante más exigente que puedas imaginar, si vienes conmigo no habrá lugar para nadie más.


-¡Ya te he dicho que te esperaba, anhelaba tu presencia. Conozco bien tus exigencias. No soy un niño inexperto. He sentido las emociones más intensas, los amores más apasionados, las experiencias más desbordantes, y hasta hoy ha sido suficiente. Ahora todo es hastío. Creo que sólo tu puedes darme algo nuevo, único. Algo que me libere de la apatía.


-Si, ya veo. Estás preparado para mí – afirmó ella.


-Sin duda –respondió mirando hipnotizado aquellos ojos únicos.


-¿Quieres venir conmigo? ¿Estás seguro? –Insistió la mujer.


-Estoy seguro -dijo él, mientras se sentaba en el sillón parejo al de ella. Tomó la copa que había dejado en la mesita unos minutos antes. Dio un sorbo. – ¡Que descortesía! ¿Quieres una copa?–preguntó.


-No, gracias, si estás decidido, no puedo perder más tiempo, mi tiempo es oro - Respondió ella.


-Lo entiendo, nada de cumplidos–dijo. Volvió a recostar la cabeza en el sillón, a la vez que cerraba los ojos.


La mujer se incorporó muy despacio, fue hacia él, con gran delicadeza alargó una mano y acarició su cabeza de modo casi maternal, se inclinó, lentamente acercó su boca a la del hombre, le besó despacio, sin prisa, con un beso prolongado, eterno.


Luego se incorporó, le miró sin curiosidad, y sin volver la vista atrás se dirigió a la puerta. Él no se movió, quedó allí en el sillón, silencioso, con los ojos cerrados. Así le encontró la asistenta a la mañana siguiente.

Asun Hernández


LA MAGIA Y EL BRILLO DE LAS VÁLVULAS


Creo que todos tenemos momentos en nuestra existencia que nos marcan, hechos a los que podríamos adjudicar el mérito de crear un punto de inflexión en la ruta de nuestra vida y a partir de los cuales nuestro camino es otro, muy distinto del que siempre habíamos pensado que seguiríamos.


Uno de esos quiebros en mi vida se debió en cierta manera a un objeto que habitaba de forma permanente la cocina de mi madre, un aparato que de niño me resultaba fascinante, a pesar de que todo el mundo lo veía como algo ordinario.


Este objeto era una vieja radio de válvulas, de esas con una caja de madera barnizada, un dial en forma de regla con una aguja roja, una rejilla metálica forrada de tela y dos ruedas de algo parecido al nácar blanco, una para controlar el volumen y otra para sintonizar las emisoras, de onda media por supuesto, porque cuando se la montaron, la frecuencia modulada y el estéreo eran “cosas de ricos” de las que en el pueblo manchego en que nació, creció y vivió mi madre en sus años mozos, nadie había oído hablar.


Antes dije “se la montaron” porque se la encargó a alguien que entendía del tema – en este caso fue un vecino, pastor de oficio, que se aficionó a la electrónica en el Servicio Militar – que compró por correo un kit de montaje con las piezas y la ensambló. Esta era una opción económica para conseguir una pequeña ventana al mundo, que en aquellos años era un aparato como éste.


Me fascinaba como fascina un espejo a un indio salvaje, como fascina el mar a un tuareg. Era, para el crío que yo era entonces, algo misterioso, lleno de unas lucecitas capaces de traer noticias e historias hasta mi casa, novelas habladas con las que lloraba mi madre cada tarde – pobre Lucecita – mientras yo me preguntaba qué diabólica o divina fórmula hacia que ese aparato funcionase.


Pues bien, un día, para mi desgracia, cuando estaba husmeando en la biblioteca pública, encontré perdido entre los libros de electrónica, uno que describía detalladamente el montaje de una radio como la de mi madre, y que además explicaba de una forma tan sencilla su funcionamiento, cómo la señal entraba y cada componente la iba conformando para llegar a ser la onda que estimulaba el altavoz, para hacer vibrar su membrana y generar, como unas cuerdas vocales ortopédicas, una voz reproducción exacta de la del locutor que estaba a muchos kilómetros de allí. Tan sencillo lo explicaba, que lo comprendí, y al comprenderlo aquella radio dejó de ser un objeto lleno de magia y comencé a ver lo que veían todos, un electrodoméstico sin más, una tubería que transporta agua, un molinillo que muele café.


Ese día descubrí que la verdad y el conocimiento, en ocasiones, matan la poca magia que aún queda en nuestra vida, y pensando en ello sentí por primera vez la profunda tristeza de estar perdiendo mi niñez.

Agustín García-Bravo




LA TÍA ELENA

En la casa de la colina, Pedrito miraba a sus dos hermanos pequeños de tres y cuatro años que alborotaban alrededor de la cama donde yacía su madre enferma. Levantando la cabeza ésta le dijo:

- Márchate, se te está haciendo tarde y por nada del mundo debes dejar de ir a la escuela. Eso para ti ahora es lo más importante, yo puedo arreglármelas con tus hermanos.

- No quiero irme, soy el hombre de la casa desde que papá murió y quiero quedarme para cuidar de ti. Ya tengo siete años y puedo hacerlo como otras veces.

- Y yo te ordeno que vayas a tus obligaciones, ya me encargaré de que estos dos diablos dejen de dar guerra -dijo con voz gangosa y arrastrando las palabras.

- Tú dices que tienes una depresión, pero yo sé que te pasa otra cosa que no quieres contarme.

- ¡Que te vayas! -contestó la madre con rudeza.

La voz autoritaria de su progenitora le hizo cargar con la mochila de los libros a la espalda y, con muestras visibles de enfado, salió a la calle dando un fuerte portazo. La fría mañana le saludó abofeteándole la cara con su aire gélido. El cielo estaba encapotado y grandes nubarrones dejaban caer torrencialmente cortinas de lluvia que con fuerza golpeaban sobre el desprotegido muchacho.

El angosto camino que conducía al colegio estaba embarrado y lleno de charcos. Si éstos eran pequeños los salvaba con un salto; los más grandes los sorteaba dando un rodeo. Apretó más el paso, en lontananza se divisaba ya la silueta de la escuela. Llegó empapado, asfixiado y con barro hasta los tobillos. Y cuando por fin pisó los escalones que conducían a la puerta de la entrada, sudoroso los subió de dos en dos. La maestra, que estaba en el rellano de la escalera, al verle llegar en aquellas condiciones, le dijo:

- ¿Qué ocurre Pedro? -le llamó, quitándole el diminutivo.

- Mamá, otra vez enferma, señorita Mercedes -contestó el muchacho con entereza.

- Ve a sentarte en tu pupitre con los demás compañeros, y no te preocupes, yo me encargaré de todo.

Mercedes se dirigió a su despacho descolgó el teléfono y marcó un número.

- Hola Joaquín. Hazme un favor cuando puedas, ve a casa de Amelia, vuelve a estar en cama con lo de siempre.

- Pobre muchacha, en cuanto termine la consulta me acercaré a verla, déjalo en mis manos.

El coche desvencijado subió por la vereda. Cuando llegó frente a la casa de la colina Joaquín se bajó del auto, se dirigió hacia la puerta que carecía de cerradura, y un simple empujón le bastó para encontrarse en el interior de la morada. En la habitación desordenada los niños se encontraban envueltos en un mar de lágrimas. Amelia, tumbada boca arriba en la cama con un brazo colgando, asía en su mano una botella de ginebra vacía. Acercándose a ella la zarandeó bruscamente.

- ¡Despierta, despierta! -le decía una y otra vez.

Amelia, sin soltar la botella, consiguió abrir los ojos torpemente.

-Ahora entiendo por qué tu hermana Elena no quiere saber nada de ti. ¿Por qué haces esto? ¿No comprendes que te estás matando?

Tratando de incorporarse y arrastrando las palabras balbuceó:

- Tú sabes mejor que nadie qué es lo que me está matando. ¿Cuánto tiempo me diste de vida en tu última consulta, un mes? Ya ha pasado mes y medio, ¿cuánto más piensas que puedo durar? ¿Unos segundos?

Y como si de una premonición se tratara, la cara de Amelia empezó a ponerse de color púrpura, su pecho comenzó a agitarse convulsivamente, un golpe de tos seco hizo que la botella cayera al suelo y paulatinamente el color de su cara fue cambiando hasta llegar al lívido intensamente pálido de la muerte.



La lluvia no había cesado, cada vez parecía arreciar con más fuerza, lo que no impedía que la pequeña comitiva funeraria avanzara lentamente. Detrás del féretro, los tres pequeños unidos: Pedrito en el centro, con la cabeza erguida, portaba un paraguas con el que trataba de proteger de la lluvia a sus hermanos; detrás de ellos, Mercedes, el médico y un par de vecinos más.

Las paladas, al caer sobre el féretro, por simpatía se confundían con el fragor de los truenos, y cuando la última de ellas cayó todo quedó sumido en un profundo silencio, como si la naturaleza hubiera sido una aliada con la acción del enterramiento.

La tranquilidad quedó alterada por el ruido del motor de un automóvil, que al llegar a la altura de donde se celebraba el sepelio detuvo su marcha. Del lujoso vehículo bajó una bien vestida y enjoyada señora que avanzó altivamente hacia donde se encontraban los niños con Mercedes y dirigiéndose a ésta escuetamente le dijo:

- Soy su tía Elena.

Los niños al verla se arremolinaron en torno a ella, quedando sumidos los cuatro en un prolongado abrazo sin que de sus bocas saliera ni una sola palabra. Sólo algunas lágrimas se veían correr.

Pasados unos momentos, levantó la mirada hacia Mercedes y el doctor. Les saludó con una leve inclinación de cabeza y, cogiendo a los niños de la mano, dio media vuelta y se dirigió hacia el automóvil donde esperaba el chofer con la portezuela abierta.

Ángel González Francos 08/02/2010

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