EL CONVITE
Yo sabía que el convite acabaría en drama. “Vamos a celebrar nuestras bodas de oro y queremos que vengáis” me dijeron tío Roque y tía Teresa. No podía negarme. Y no era por tratarse del hermano mayor de mi padre y una especie de tutor de la familia; era porque sabía que estaba enfermo y pensé que tal vez fuese la última ocasión de cumplirle un capricho, aunque éste fuera tan complicado como reunir en la misma mesa a dos hermanos que llevan sin hablarse veinte años. Mi padre lo vio de otro modo: “Tenemos que ir porque nos invita tu tío Roque, no podemos hacerle un desaire. A los otros, con no hablarles ya está; como cuando vivían aquí y te cruzabas con ellos por la calle”. Cuando mi padre dice “tu tío Roque” pone acento de posesión, no porque le importe su hermano sino porque sabe que le queda poca vida y quisiera que fuésemos los herederos únicos de su fortuna. Aunque yo le recuerde que “los otros” como él dice, son tan sobrinos de Roque como mis hermanos y yo, no me hace caso. La codicia no le deja razonar.
Tío Roque y su mujer pensaron siempre que el conflicto entre mi padre y su hermano Cosme era un enfado feísimo que tenía que acabar algún día. Tal vez al principio hubiera sido más fácil, porque al menos entonces sabían por qué se odiaban, pero después de tanto tiempo, el rencor se convierte en ley y como tal es inútil buscarle un origen; lo que hay que hacer con la ley es cumplirla a rajatabla, que es lo que hemos hecho desde entonces ambos bandos de la familia.
Cuando pasó aquello, yo tenía quince años y desde entonces me acostumbré a dividir mi vida en dos etapas: antes y después de que estallara el conflicto. Lo anterior era lo feliz, lo hermoso, lo inocente, lo definitivamente perdido; lo de después era vivir con una sombra levitando sobre la cabeza, un despertar cada mañana con la conciencia descarnada y la memoria dispuesta para recordar siempre lo mismo. Los que éramos chicos entonces lo vivimos como una catástrofe que desbordaba nuestro entendimiento. ¿Cómo comprender que mi primo Luis, que por la mañana jugaba conmigo al balón, ya no continuaría el partido después del almuerzo? ¿Cómo explicar que mi tío Cosme nos echase aquel día de su casa para no volver a pisarla nunca más, cuando era un sitio donde estábamos a todas horas? Mi primo Luis estaba tan despistado como yo y mi prima Leonor lloraba en un rincón. Pero los hijos de entonces no rechistábamos y aceptábamos las decisiones de nuestros padres, aunque no las entendiéramos. A mí, sinceramente, me parecía y aún me parece que la finca de la discordia no valía tanto sufrimiento.
Yo soy el hijo menor de Damián Varela; me llamo Venancio y me conocen en todo el pueblo por “La vicetiple”. Fue el mote que me tocó en el sorteo de insultos y agravios con que nos obsequiamos unos a otros, a partir del día de la riña. El odio, como el amor, hay que alimentarlo para que crezca y se mantenga. En mi caso, la ocurrencia fue de mi tío Cosme y se basó en que, por algún problema de mi laringe, mi voz no cambiaba como el resto de mi cuerpo y seguía siendo aguda.
Mi padre y tío Cosme eran hermanos gemelos y físicamente idénticos, y hasta que ocurrió aquello jamás habíamos tenido noticia de desacuerdo alguno entre ellos. Yo era huérfano de madre y pasaba más tiempo en casa de mi tío que en la mía. Allí jugaba con mis primos, Luis y Leonor, que eran mas de mi edad que mis hermanos; allí estaba también mi tía Rosario, la que llamaban “la negra”, mujer alegre y guapa donde las hubiese. La llamaban “la negra” sin serlo, ni siquiera era mulata, era simplemente morena y a los lugareños debió impresionarles la uniformidad del color de su piel, porque las mujeres de aquí tienen curtida la cara, los brazos y las piernas hasta media pantorrilla, pero cuando por accidente enseñan algo más, se ve que son más blancas que la cal. Mi tía Rosario era igual de pies a cabeza; eso se adivinaba en la línea de sus escotes generosos y se constataba en sus muslos cada vez que la brisa del mar le arremolinaba las faldas. Desde muy pequeño, yo sabía que tía Rosario era diferente. Su forma de hablar tenía otra cadencia, se vestía con batas estampadas de flores, cuando las mujeres del pueblo iban siempre de negro, y llevaba el cabello suelto en cascada sobre la espalda, cuando las demás lo llevaban recogido bajo un pañuelo; era risueña en un lugar donde casi nadie ríe, y cantaba canciones que sólo ella conocía.
Yo adoraba a mi tía y que me dijeran que venía del otro lado del mar me parecía lo justo, porque aunque yo no supiera entonces dónde estaba el Caribe ni cómo era la gente de allí, suponía que habría de ser el Paraíso, lleno de ángeles felices y cariñosos que se vestían con telas de flores. El cómo llegó a nuestra costa con su hija Leonor, es algo que nunca supe, pero sé que cuando me contaron que Leonor no era mi prima carnal, yo era todavía un niño y anduve nervioso varios días; supongo que empecé a mirarla de otro modo y fue así como me enamoré de ella. El día que cumplí quince años me atreví a pedirle relaciones; lo hice sin pensarlo mucho, que es como me gusta hacer las cosas. Ella tenía unos meses más que yo y parecía bastante mayor, pero debió gustarle mi vehemencia porque me aceptó sin vacilaciones, aunque dijo que convendría guardarlo en secreto por algún tiempo, para que no nos separasen. Después, pasó lo que fuera entre nuestros mayores y nos separaron para siempre.
El perder a los que yo consideraba mi familia, muy por encima de mi padre y mis hermanos, fue la peor de mis desgracias. Supe que se iban del pueblo unos años después y me las arreglé para hacerme el encontradizo con tía Rosario. Me sonrió, como siempre y me dio un abrazo sincero. Yo le hablé de la pena que sentía, de que no se podía entender que dos hermanos pelearan por una finca… Me contestó:
- Ay mi niño, la cosa venía de atrás, no pelearon sólo por la finca, también pelearon por mí. Tu padre también me quería. Pero claro, conocí antes a Cosme y ya estaba yo encinta de tu primo Luis.
- A mí no tienes que darme explicaciones, tía. Lo que siento de verdad es que os marchéis. Yo nunca os he guardado rencor, no tengo por qué.
Se marchó llorando y no volví a verla nunca más. Hace un par de años supe que había muerto y lo comenté con mi padre, intentando tocar en él alguna fibra sensible que lo volviese humano a mis ojos. “¿Que se ha muerto la negra? Pues que nos espere allí muchos años”, contestó con aspereza.
Esa ha sido mi vida desde que me quedé sólo, porque para mí quedarme con mi padre es estar solo. A mí el viejo nunca me ha querido; yo creo que me consideraba culpable de que mi madre hubiera muerto a causa de mi nacimiento. Y, sin embargo, para su castigo, fui yo el que se quedó en casa para que me viera todos los días. Mis tres hermanos, sus queridos hijos mayores, se marcharon hace tiempo a vivir su vida, le llaman por teléfono en Navidad y con eso ya cumplen. También ellos estaban llamados al convite de tío Roque, y oí que mi padre les pedía que vinieran: “Por Dios, no nos dejéis solos a Venancio y a mí, que los otros son muchos”. A mí me daba igual si venían o no, lo que me tenía los nervios alterados era encontrarme cara a cara con mi otra familia, sobre todo con Leonor.
El día anterior al banquete me encontré en la calle con Luis. Seguía con su aire desenfadado y jovial y hablamos de muchas cosas, como si en el pasado no se hubiese abierto un abismo a nuestros pies. Pero cuando se despidió, me dijo:
- No sé si darte un abrazo o dejarlo para el convite.
- ¿Por qué?
- Porque estoy convencido de que tío Roque intentará que tu padre y el mío hagan las paces. Y estos dos, sabiendo que el hermano se está muriendo y con lo que les gusta el dinero, no creo que vayan a contrariarle. Se abrazarían al mismísimo diablo.
- A estas alturas, a mí me da igual. La vida ya me la desgraciaron en su día.
- Mira, Venancio, lo mejor que puedes hacer es irte de aquí y olvidar, que es lo que hemos hecho mi hermana y yo. Por tu padre no te preocupes, no se lo merece; el mío vive solo, y si ahora hacen las paces no me extrañaría que volviesen a vivir juntos.
Le pregunté por Leonor. Me dijo que llegaría al día siguiente con su marido, que estaría solamente para el convite y se irían enseguida. Habían dejado a los niños con unos parientes.
- ¿Y tú también te vas con tanta prisa? – indagué.
- ¡Que remedio! El lunes, mi mujer y yo tenemos que trabajar.
- ¿Y no vais a volver?
- ¿Para qué? A esto ya no nos ata nada.
Aquel día llegaron también mis hermanos, pero yo estuve taciturno toda la tarde, porque las dos personas que más me importaban iban a volver a pasar por mi lado sin detenerse. Y empecé a idear un plan.
Al día siguiente, el gran día, nos congregamos todos ante el altar mayor, porque los tíos volvían a casarse. Yo entré el último y me subí al coro. Desde aquella posición privilegiada tenía una visión general del conjunto. Ante el altar, los novios y los padrinos, unos amigos de la pareja que nosotros no conocíamos. Seguramente los habían elegido así para evitar más conflictos. Cada bando de la familia se había sentado a un lado del pasillo central, unos a la derecha, otros a la izquierda; y así permanecieron, inmóviles todos, hasta que acabó la ceremonia. La iglesia estaba llena de curiosos, de los que dicen que están allí para oír misa, y yo les veía cuchichear y sonreír; seguramente comentaban la rigidez de mis familiares, que en ningún momento giraron el cuello hacia el otro lado; era como si no existiese la otra fila de bancos. Cuando vi que se disponían a salir, bajé el primero y me puse en la puerta porque quería saludar a Leonor, a la que solamente había visto de espaldas, pero ella salió del brazo de su marido, y me dedicó un “Hola, Venancio” y una sonrisa de compromiso. No sé si era pena o nostalgia, o era que seguía dolorosamente enamorado, pero me sentí tan lleno de amargura que seguí urdiendo mi venganza.
Después fuimos al restaurante. Allí, como en la iglesia, cada bando se dispuso a un lado de los novios; en el nuestro, a continuación de la madrina, mi padre, mis hermanos y sus esposas, y por último yo, como una isla. La comida transcurrió sin incidentes y las conversaciones se fueron animando con las viandas y el vino. Yo también había bebido, pero seguía callado, pensando. No podía dejar cabos sueltos. Al llegar los postres, tanto unos como otros, se levantaron con sus regalos para la pareja. Yo me quedé sentado, dije que no me encontraba bien y a nadie le extrañó, pensaron que había bebido demasiado. Todos los regalos fueron muy celebrados, trajeron la tarta nupcial, hubo besos y aplausos. Y llegó la hora de los discursos. Tío Roque para eso es un maestro. Se levantó, elogió a su esposa y los cincuenta años vividos con ella: “Viviría otros cincuenta a su lado, si pudiera, pero sé que no es posible, que me queda poco tiempo entre vosotros. De todas maneras, no puedo quejarme, he tenido una vida plena y feliz, una mujer maravillosa, una familia estupenda… Solamente hay un detalle que me hará marcharme de este mundo con tristeza, si no puedo solucionarlo antes; Cosme y Damián, mis queridos hermanos pequeños, os he visto nacer y crecer, he jugado con vosotros y soportado vuestras travesuras cuando erais niños inseparables, pocos hermanos se habrán querido tanto como vosotros. Y la verdad es que me produce mucha pesadumbre veros enemistados desde hace tanto tiempo. Podéis elegir entre verme morir feliz o enfadado con vosotros por toda la eternidad. Es muy fácil: levantaos ahora y abrazaos aquí, delante de vuestros hijos; sólo tenéis que andar unos diez metros, os dais un abrazo y aquí no ha pasado nada”.
Era verdad lo que había dicho Luis. Vi como se levantaban ambos hermanos, y se disponían a encontrarse y abrazarse al lado de tío Roque. A mí me resonaban sus palabras en la cabeza. ¿Cómo podía decir “aquí no ha pasado nada”? ¿Cómo borrar con un abrazo veinte años de rencor y maledicencia? ¿A mi quién me devolvía la juventud malograda, la ilusión del primer amor, el cariño de tía Rosario, lo más parecido a una madre que había conocido, mi dignidad de persona, aunque tuviera la voz atiplada? No podía dejar de pensar en lo todo lo que se había perdido en mi vida por la cerrazón de aquellos dos hermanos que ahora se disponían a abrazarse sin ningún remordimiento.
Tenía que actuar inmediatamente, llevar a cabo mi plan antes de que fuera tarde. Si me salía mal, siempre podría decir que estaba borracho, y además me daba igual si me perdonaban o no, pero si me salía bien, se acabaría para siempre tanta tontería. Me levanté como poseído de una furia incontrolable, con un cuchillo en la mano: “Sois un par de cabrones y me las vais a pagar” grité, y mi voz sonó más chillona que nunca. Después todo ocurrió muy deprisa, antes de que los invitados pudiesen reaccionar. Mi tío Cosme tenía a su lado el cuchillo largo que se usa para cortar las tartas nupciales, lo cogió y dijo: “Venancio, no sigas, no seas loco”, pero yo no le hice caso y seguí dando zancadas con paso firme hasta que noté que la hoja larga y afilada se hundía en mi estómago. Y caí al suelo, sin vida. Mi plan había sido perfecto y mi venganza estaba consumada.
Y aquí estamos otra vez en la Iglesia, los mismos que anteayer, mismo cura, mismos invitados, mismos curiosos. Solamente falta tío Cosme, porque le tienen declarando en la comisaría. Dirá que fue un accidente, que no quería matarme, que tuvo miedo, que fue en defensa propia, pero no le creerán, sobre todo porque él empuñaba un cuchillo larguísimo y yo uno de postre. Además, me da igual que le suelten o no; me tendrá de todos modos en su conciencia. Hay que reconocer que mi plan era bastante bueno, porque que te maten y parezca un suicidio es difícil, pero que te suicides y parezca que te han matado, eso es rizar el rizo. Ahora, mientras el cura recita responsos sobre mi féretro y mis hermanos se miran cariacontecidos, mi padre gimotea abrazado a su hermano Roque, preguntando qué va a ser de él ahora que yo no estoy, y el pobre hombre le contesta que no se preocupe, que no va a faltarle de nada, de eso se encarga él. Y yo no me río, porque no está bien reírse en los entierros.
Milagros González
LA FIESTA
Dos camareros, perfectamente uniformados y maestros en el arte de pasar desapercibidos, abrieron, lentamente y sin estruendo, las dos amplias puertas vidrieras que comunicaban el gran salón con el jardín.
Aunque diseñado hasta el último detalle por una costosa empresa de jardinería, era capaz de transmitir una sensación de calidez y acogimiento, como si de la casa de un amante de la naturaleza se tratase, y no del probable jardín en serie de un hotel.
Muchos de los invitados sofocados, por bailar unos y por la creciente concentración de humo de tabaco otros, agradecieron esta nueva vía de escape que ante ellos se abría. Con voracidad y la garganta seca se lanzaron al servicio de bar, que al fondo resaltaba por la blancura de la barra sobre la que dos camareros se apresuraban a servir las consumiciones, que aplacarían la sed de aquellas gargantas.
Hubo quienes no salieron, pues una vez descargado de humo del ambiente la temperatura en el salón era algo más cálida. En el jardín la que no bailaba o tomaba algo de alcohol llevaba el chal sobre los hombros. Además en cuanto a comodidad los sillones del salón no tenían comparación con las sillitas metálicas de jardín.
Uno de estos sillones está situado en una esquina, solo, alejado del centro de la sala donde todos se esfuerzan por estar para conversar unos con otros. Hacia ese sillón Lucas encaminó sus pasos. Desde allí puede ver todo lo que ocurre en la fiesta, como si del teatro se tratase. Cómo hablan, cómo bailan, cómo beben, cómo fuman...
Los trajes de las señoras desatan todo tipo de emociones en su mente. Hay algunos destellos procedentes de las telas cuando la luz de las inmensas lámparas de cristal inciden de una determinada manera sobre ellas.
Ahora brilla, ahora no, si, no...
Los adornos brillantes en el cuello, las manos, los dedos, las orejas...
No había dos vestidos repetidos. Se alaban unas a otras su elegancia, belleza y sobre todo la originalidad del atuendo. Pero hasta un niño notaría que en el fondo todas esas alharacas son una vía de escape a la tensión, generada en ellas, ante la perspectiva de ver en el mismo lugar un vestido igual o parecido al suyo, con una señora dentro más joven, más guapa o con mejor figura.
A los señores, en cambio, no parecía importarles mucho vestir de uniforme. Los cambios en ellos eran leves, como mucho, tras una observación muy atenta, algo en la textura de la tela. La presión soportada por la tela de la chaqueta en la zona abdominal era la única variante visible de unos trajes a otros.
Existían dos clases de chaquetas, con pulgas y sin pulgas. Las distinguimos unas de otras porque en las primeras su dueño no sabe si acercársela al cuello o separarla, por miedo a que le piquen tan molestos parásitos, y opta por ambas posiciones alternativamente, en mínimo espacio de tiempo.
Hay un señor que llama más su atención. Moreno, pelo pegado, perfectamente afeitado, los ojillos risueños, abundantes los gestos, y que toca mucho a su interlocutor más cercano. Es gordete, con su papada parece un Papá Noel de negro. Por supuesto, chaqueta sin pulgas. Olía muy bien.
La rubia de bote, con el vestido morado, debe ser su mujer.
Parecen bolas de billar, por sus movimientos. Se juntan brevísimamente, acercan sus cabezas, parece que hablan, para acto seguido salir despedidos cada uno a una banda opuesta. Les deseó fervientemente que no cayesen por ninguna tronera, porque eran unas buenas personas que habían tenido la amabilidad de invitarle, no le cabía duda que fueron ellos, a una fiesta tan bonita y alegre.
Hacia él se dirigía un camarero con una gran bandeja llena de vasos largos de diferentes colores. Depositó un platito con varios tipos de canapés sobre una mesita situada al lado del sillón, e inclinando la espalda le puso a la altura de la cara la bandeja, para que cogiese el que más le gustara de los vasos de colores. “Qué camarero más amable” pensó. “Con sus detalles y sus gestos me ha hecho sentirme especial toda la noche. Es bueno. Gracias a él he sido partícipe de la alegría de la fiesta, sin necesidad de verme obligado a entablar relación con nadie. Es hipócrita tratar a la gente como si la quisiéramos, es una confusión. Los sentimientos tienen que ser claros”. Tomando un vasito de color naranja sonrió tímidamente a la vez que le daba las gracias en un tono muy suave de voz.
Mientras saboreaba su refresco, pensaba que Díaz Salazar tenía razón. Lo pasaría bien. Empezaba a ver infantil la escena que había montado en casa cuando le llegó el sobre con la invitación. Pero Pablo a veces es muy entrometido, por muy psicólogo que sea.
- Salazar, al bueno de Lucas le ha llegado una carta con membrete de la Comunidad de Madrid. Le invitan a una fiesta. Debe ser una jornada de convivencia - decía Pablo, para luego acabar en un susurro audible solo para el propio Salazar.
- En la Castellana. En el Villamagna. Pero no pienso ir. ¿Si no me conocen por qué me invitan? Si yo hiciese una fiesta solo invitaría a la gente a la que quiero.
Díaz Salazar solía decirle que para querernos las personas primero nos debemos conocer. Pero su madre le quiso mucho y nunca necesitó de tanto artificio para ello. Si no fuese por lo joven que murió, ahora viviría con ella. No necesitaría hablar ni conocer a nadie.
Ha parado la música. ¿Por qué? Era muy agradable tenerla como fondo de las escenas que se desarrollaban ante sus ojos. El que seguro que es el anfitrión va a hablar. Pide atención. Ya puede decir algo interesante. ¡Qué afán de notoriedad!
Ante la atenta mirada de todos los convocados, en la sala se deshace en elogios y agradecimientos a varios señores y algunas señoras, que le responden con algún leve movimiento de cabeza y una amplia sonrisa en los labios.
“Vaya, esas luces cegadoras. ¿De dónde habrá salido tanto aficionado a la fotografía? ¿Y al vídeo? ¡Madre mía! A juzgar por el precio que deben tener todos los instrumentos de los chicos se nota que la fiesta es de nivel. De todas formas no está bien que no hayan seguido la etiqueta en el vestir. En la invitación, decía claramente, se requiere smoquin. ¡Que desobedientes!¡Ah! ahora nos habla de la Salud Mental en la Comunidad de Madrid. Quién lo hubiera dicho, con lo aplomado que parece. Bueno, si respeta su medicación, es fácil que llegue a ese equilibrio”, pensaba mirando desde su sillón.
- Esta empresa – decía el anfitrión- será pionera dentro de la Comunidad, y ustedes se beneficiarán, indudablemente, de esta apuesta que hacen por ayudar a muchos enfermos que tienen una necesidad real de nuestros servicios, ya que la Consejería de Sanidad no puede hacer frente a este gasto puntual.
Continuó hablando y hablando de los beneficios para la autonomía de muchos enfermos mentales y de las ganancias que reportaría la empresa que gestionaría los pisos tutelados que estaban demandando las familias de dichos enfermos.
- Esta noche no ha podido asistir el doctor Díez Salazar, psiquiatra. Director de un programa muy ambicioso con enfermos…
“Qué cansancio oír al al atildado esté. Parece una máquina no se calla. Corre tanto que le ha llamado a Salazar, Díez Salazar”. Mañana cuando se lo contara se iban a reír. Siempre les había hecho mucha gracia el hecho de llamarse igual, pero con una pequeña diferencia, él era Lucas Díez Salazar y el médico Lucas Díaz Salazar.
Con lo cual Díez Salazar, si ha venido, listo.
Un momento, entonces la invitación que le hizo, quien él quería que viniese...
- Me une con él una gran amistad de juventud - seguía con su discurso - es una persona integra y luchadora que...
“No puede ser posible, encima dice que es su amigo, pero si el figurín lo que quiere es usar a Salazar para sacarle dinero a las de los brazos como jamones y a los barrigudos. Qué descaro. La gente es mala. Dicen que se quieren, se han estado dando besos, abrazos y apretones de manos toda la noche unos a otros, y es por interés. Hace un elogio de la amistad y están sonando todos los cerebros como cajas registradoras. Los que no tienen dinero para invertir siguen bebiendo en el jardín. Han debido venir por hacer bulto”.
No puede seguir oyendo esas majaderías, debe hacerle callar.
“¡Un momento, Lucas, reflexiona!” se dice a sí mismo. Es lo que siempre le dice Pablo. “Es cierto, hay que hacerle callar bien. De una manera educada. Mamá siempre me decía que yo puedo hacer lo que haga cualquier persona pero mejor. Con solo concentrarme y no dejar que mis acciones avancen más que mi propio razonamiento. Sí puedo”.
Ahora solo le falta el método para hacerle callar. Tiene que ser infalible y elegante. Nada de sangre gratuitamente, que se manche todo y las señoras empiecen a chillar, además hay a su lado un piano de cola que se llenaría de salpicones, y quitarlo antes resultaría muy aparatoso.
Nada mejor en estos casos que el descabello, rápido, efectivo, limpio. Es verdad que en la suerte de estoque recurrir al descabello empaña un poco la faena, pero para este caso concreto está más que justificado. Buscó con ahínco, pero solo encontró un cuchillo de picar hielo en una cubitera. Tenía que correr, pues estaba preparado para llevárselo alguno de los camareros.
El plan estaba perfectamente trazado, a ejecutar. Se lanzó sobre el orador por la espalda. Dos hombres de gimnasio se abalanzaron a por él sin conseguir apresarle. La nuca, blanca, rolliza, se mostraba ante él por encima del cuello de la camisa. Era imposible fallar.
Se concentró y descargó con toda su fuerza el puntillazo. En ese momento notó como si los brazos se le partieran en pedazos. Con los pies no tocaba el suelo.
No podía ser, ese gordo, con la puntilla clavada en la nuca, chillaba como un gorrino, la faena había sido limpia y perfecta, pero infructuosa, pues el gordo corría por toda la habitación. Aunque le arrinconaran y le marearan, no doblaría. Muy al contrario, parecía haberse encabritado todavía más. Era más peligroso así, pues podía embestir.
El dolor de los brazos se hacía más intenso y seguía sin apoyar los pies en el suelo. Sintió un fuerte golpe en la cabeza, y mientras se desvanecía pensaba: “por lo menos se ha callado el majadero”.
Carmen Díaz García
INCIDENCIA NO REGISTRADA
Aeropuerto de Madrid-Barajas. 22:30 hora local
El embarque del vuelo XX9256 con destino a Tel Aviv estaba a punto de iniciarse. El personal de la compañía ya había llegado a la puerta y los pasajeros comenzaron a arremolinarse a su alrededor. Respiró hondo, tratado de calmarse. Aquellos dos tipos no parecían estar por allí. Tal vez había conseguido darles esquinazo al pasar el control de pasaportes. De todas formas, pensó que hasta que no estuviese dentro del avión no estaría del todo seguro. Allí no podrían subir… salvo que ellos también hubiesen comprado un billete de avión con destino a Tel Aviv.
La puerta de acceso a la pasarela que conducía al avión se abrió y los viajeros comenzaron a bajar por ella. Aún tendría que esperar. ¡Aquella maldita costumbre de las compañías aéreas de hacerles bajar en orden! Su asiento estaba en las primeras filas, así que tardaría al menos diez minutos en bajar y estar a salvo. Otra mirada de reojo, con disimulo. Nada, ni rastro de aquellos dos. Aflojó el nudo de la corbata y se pasó la mano por la nuca. Le gustaba esa sensación del pelo recién cortado en la palma de la mano.
Un cambio de imagen se le había hecho necesario. Un nuevo corte de pelo y afeitarse la barba le daría un aspecto diferente, prácticamente irreconocible. Cambiar de aires por un tiempo tampoco le vendría mal, tal y como le habían recomendado. Había consultado varios destinos en una agencia de viajes y se decidió por Tel Aviv, un sitio seguro, lleno de militares y agentes de seguridad. Allí no podría pasarle nada, todo estaba en orden. Después podría desplazarse a Jerusalén y visitar los santos lugares. Sí, eso era, un lugar santo siempre daba seguridad. Nadie se atrevería a hacer nada en un lugar sagrado. Visitaría el Santo Sepulcro y caminaría por las calles que había conducido a Jesús hasta el lugar de su condena. ¡Qué emoción sentiría al caminar por allí, él, que era tan devoto! Aquel lugar tendría un aura especial que le cubriría e impediría que nada malo pudiera ocurrirle.
Se pasó también por un par de tiendas en busca de ropa nueva. Se compró, entre otras cosas, un traje de chaqueta elegante, de esos que llevan los hombres de negocios para impresionar, y una corbata de seda de tonos discretos. Quería parecer refinado, pero sin llamar la atención.
Aeropuerto de Madrid-Barajas. 22:40 hora local
“Última llamada para los pasajeros en vuelo de 9256 de la compañía XX con destino a Tel Aviv”
¡Última llamada, última llamada, tiene gracia! Quedan más de cincuenta personas por subir y dicen última llamada, pensó mientras se aflojaba de nuevo el nudo de la corbata. Volvió a mirar de nuevo a un lado y otro, ahora con nerviosismo. ¡Cuándo demonios le iba a tocar subir al avión!
Por fin llegó su turno de embarcar. Echó mano de su pasaporte y de su tarjeta de embarque que había guardado en el bolsillo interior de la tarjeta y se los dio con una sonrisa al personal de la compañía.
-Muchas gracias, señor. Buen viaje.
Bajó por la pasarela mucho más tranquilo. La temperatura allí dentro era más fresca así que volvió a colocarse el nudo de la corbata en su sitio. No quería una imagen desastrada al entrar en el avión.
El taxista había sido puntual. El portero le avisó que le estaban esperando para llevarle al aeropuerto. Podría habérselo pedido a su hermano, pero prefería ir solo. No comprometería a nadie en sus asuntos, y mucho menos a la familia. Cuando llegó al aeropuerto, le fue fácil encontrar los mostradores de facturación. El taxista estaba bastante curtido y le dejó justo en la puerta. Un detalle que agradeció porque no quería perder el tiempo mirando pantallas y dando vueltas por la terminal. Durante la espera para facturar el equipaje, le pareció ver de nuevo a aquellos dos tipos, uno alto, fornido, con cara de boxeador, y el otro más bajo, delgado, con la cara picada de viruelas y gesto de chulo. Procuró tranquilizarse. Su aspecto no era el habitual y les sería difícil reconocerle. De hecho pensó que no se habían dado cuenta de que él estaba allí.
Ya dentro del avión, mientras colocaba su maletín de mano en el compartimento, notó una mirada sospechosa. Quiso ignorarla, pero no podía. Tragó saliva y se sentó en su asiento. Una de las auxiliares se le acercó.
-¿Se encuentra bien?- preguntó.
Él asintió con una sonrisa nerviosa. Volvió la cabeza atrás, pero no vio nada. Se llevó la mano repetidas veces al nudo de la corbata y a la boca. El sudor empezó a empaparle la frente y el corazón le latía con demasiada fuerza. Se volvió de nuevo y ¡allí lo vio! Era el más alto de los dos, tratando de esconder la cara tras una revista, pero lo reconoció. Así que allí estaban esos dos tipejos, habían tomado el mismo avión que él y ahora los tenía a bordo, capaces de cualquier cosa….
El sobrecargo, a través de la megafonía, les pidió que apagaran sus teléfonos móviles. Entonces se dio cuenta de que las puertas del avión se cerrarían y quedaría atrapado. Se puso en pie de golpe, tomó su chaqueta y salió corriendo pasillo adelante hacia la puerta del avión. La auxiliar que se había dirigido a él le pidió que se sentara, pero él de un zarpazo se zafó de ella y continuó hacia primera clase. Allí el sobrecargo le increpó:
-Señor ¿tiene algún problema? Estamos a punto de marcharnos, debe permanecer en su asiento.
-¡¡¡¡La mafia rusa me persigue!!! ¡¡¡Quieren matarme!!! – gritó apartándole de un golpe.
La puerta del avión aún permanecía abierta. Saltó a la pasarela y comenzó a correr hacia la puerta de embarque. Miró hacia atrás y vio a aquellos dos tipos ignorar al piloto, que había salido a la puerta del avión, y correr tras él. El pasillo se le hizo interminable hasta llegar de nuevo a la entrada. Llegó por fin a la terminal y siguió corriendo sin rumbo cierto, sin advertir siquiera las miradas de los pocos pasajeros que a esa hora aún deambulaban esperando embarcar. Se le ocurrió que los lavabos eran un buen sitio para esconderse. En algún momento tendría que encontrarlos. Al fondo del pasillo vio unos. Se metió en los de señoras, allí probablemente sería más difícil de localizar por aquellos dos. Afortunadamente no había ninguna mujer dentro que pudiera asustarse al verle entrar. Eligió para esconderse la cabina del final. Al entrar, comprobó horrorizado que los paneles que separaban una váter de otro eran de cristal, opaco, pero cristal al fin y al cabo. Se quedó quieto, acurrucado entre la pared y la taza. Oyó unos pasos fuera. Eran zapatos de tacón. Una mujer había entrado en el baño. En la cabina de al lado. Cerró los ojos y volvió a aflojar el nudo de su corbata. El sudor le brotaba de la frente. Un ruido le hizo sobresaltarse. La puerta de la cabina se abrió poco a poco y al otro lado apareció uno de los mafiosos, el de la cara picada de viruelas. Cerró los ojos de nuevo, apretándolos mientras sollozaba tembloroso.
-¡No, por favor! ¡Por favor! ¡Se lo suplico!
Aeropuerto de Madrid-Barajas. 06:12 hora local
El responsable de seguridad del aeropuerto recibió una llamada urgente en su móvil. Al parecer habían encontrado a un pasajero muerto en uno de los lavabos de señoras de la zona de embarque internacional. El personal de limpieza que hacía la primera ronda por los servicios fue quien dio la noticia. El hombre, de unos cuarenta años, bien vestido y bien parecido, yacía medio tumbado junto a una de las tazas con varios cortes en el cuello. En el suelo, junto al cadáver, la llave de un coche con la que al parecer se habían efectuado los cortes.
Comisaría del aeropuerto de Madrid- Barajas. 11:33 hora local
El médico entró en el despacho del comisario con gesto sombrío. Saludó al comisario y tomó asiento.
-Julián era un buen hombre. Yo mismo le recomendé que se tomara unas vacaciones. A veces un cambio de aires es lo mejor.
-¿Tomaba algún tipo de medicación? – preguntó el comisario.
-Sí, sí, por supuesto. Este tipo de enfermos nunca pueden dejar de tomar sus medicinas, aunque su estado mejore. Es condición indispensable para que su cabeza siga en orden.
-Lamento decirle que en el equipaje del señor Zamora no se ha encontrado medicación alguna. Lo que sí ha encontrado su hermano en su casa ha sido un frasco de pastillas completamente vacío. Dígame, doctor ¿qué consecuencias puede tener para un enfermo de estas características suspender la medicación?
El doctor guardó silencio sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo.
-¿Doctor?
-Sí, perdone, las consecuencias. Verá, yo no sabía que Julián, el señor Zamora, había dejado de tomar sus pastillas. Es más, insistí mucho en el hecho de que debía seguir tomándolas. En su caso, suspender la medicación supondría…el caos en su cabeza y la vuelta de sus alucinaciones.
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