UN ESCENARIO DE THOMAS MANN
Cuando llegué no había nadie, cosa extraña, ni en la parada del tranvía ni en sus alrededores, conseguí ver alma alguna.
La calle Ungerer era un desierto.
Miré a un lado y a otro antes de cruzar la carretera de Foehring aunque solo fue un gesto reflejo, ya que no venía coche alguno.
Nada se movía tras las verjas del marmolista. Era tal la quietud entre las cruces y lápidas, que me dio la impresión de estar ante un segundo cementerio. Llegue a él y atravesé el pórtico bizantino del camposanto, que brillaba erguido y silencioso, inquietante un poco a la luz del día que ya expiraba.
Desde la puerta, asomado al gran pasillo central y con el cielo rojizo como fondo, me detuve a mirar las cruces griegas y los signos hieráticos pintados en colores claros. Anduve unos metros, me volví y miré de nuevo al pórtico que había dejado detrás y leí las dos inscripciones en letras doradas que tenía “ Entras en la morada de Dios ”, “ Que la luz eterna os ilumine”.
Sonreí.
Me giré y comencé a caminar rápido hacia el interior para dejar las flores que llevaba en la tumba de mi madre, por que a pesar de lo escrito en el pórtico, dentro de un rato se haría de noche y la luz eterna no iluminaría el camino de vuelta a casa.
Agustín García-Bravo
EL BUFETE
El despacho de abogados más conocido de la ciudad se encuentra en uno de los edificios más antiguos que señorean en las calles más concurridas del centro. La fachada, impoluta, de ventanales espléndidos que en la primera planta se convierten en balconcillos cercados con barandas de hierro forjado. Al vestíbulo se accede a través de una imponente puerta de madera labrada que haría las delicias de cualquier maestro carpintero, de los pocos que van quedando ya en el oficio. Es espacioso, pero oscuro, con amplios espejos en marcos dorados colgados a los lados. Al fondo, la escalera, de madera crujiente y desgastada por el uso de los años, se enrosca alrededor de la jaula por la que debiera circular arriba y abajo la cabina arcaica de un ascensor que descansa casi siempre en el bajo, y en cuya puerta hay colgado un cartel grasiento con un sospechoso “NO FUNCIONA”, delatando el cansancio de un mecanismo añoso que pide a gritos un retiro digno. No hay que olvidar la portería, colocada en una esquina del portal, discreta y a la vez estratégicamente ubicada, con aquella pequeña ventanita de cristal cuya cortinilla se levanta cada vez que el ojo curioso se asoma vigilante para controlar a los extraños.
Ya en el primer piso, una placa dorada luce el nombre de tan célebre bufete López de Ayala y Fernández de la Hoz, rimbombante, como de otra época. La puerta abre paso a un zaguán oscuro que lleva a un pasillo recorrido entero por una alfombra de motivos florales. De las paredes cuelgan fotos antiguas de la ciudad, colocadas en marcos descoloridos por el tiempo. Al final del pasillo, dos puertas de corredera color caoba dan paso a una sala amplia, forrada casi toda por estanterías llenas de libros viejos y adornos pasados de moda. Es el despacho principal, reservado a los clientes más importantes. Arrimado a la pared del fondo hay un sofá color cámel que perdió su lustre hace años, con una mesa baja de cristal y patas doradas emulando las garras de un león. Al otro lado, frente a la ventana, una amplia mesa de despacho color caoba con un sillón de director tapizado en piel que desentona totalmente con el resto del mobiliario. Frente a la mesa, dos sillas de madera a juego, con brazos labrados y asientos tapizados en rojo sangre. Detrás del sillón, el retrato de un hombre de mirada fría y rostro severo. A los lados, múltiples diplomas anunciando licenciaturas y doctorados en Derecho de varias generaciones de López de Ayala y Fernández de la Hoz. En las estanterías, los libros descansan callados y envejecidos, algunos de ellos con el lomo descuartizado por el uso. Encima de la mesa de trabajo, junto a una carpeta de piel y una elegante pluma estilográfica, posa un busto femenino de bronce, que al igual que el hombre del cuadro, mira de forma fría y austera.
La luz apenas asoma por el cristal de la ventana, tapada con un visillo blanco sobre el que cuelgan unas cortinas de terciopelo rojo recogidas a los lados con cordones de color amarillo. Aquella habitación huele a rancio, a un mundo agostado que fuera de aquellas paredes ya no existe, pero que añora.
Carmen Sousa
LA MINA
No había despuntado el Alba, cuando la jaula del ascensor bajaba al fondo de la mina.
Cuerpos apretados con caras recién lavadas iban en busca de la negrura, y al llegar, la profundidad se vio invadida por el fulgor de sus lámparas.
Los hombres se repartieron uno a uno iluminando con la luz del casco las galerías.
Luis poco a poco iba perdiendo el eco de los pasos de sus compañeros, a la vez que en el avanzar inmensas sombras iban quedando a su espalda.
Los miedos a la oscuridad le habían acompañado desde la niñez, no obstante siguió avanzando en soledad por el estrecho túnel, sintiendo que el pequeño resplandor del casco le arropaba -como de niño lo hacía su madre- dándole el valor necesario para continuar.
De improviso la luz cesó dejándole inmerso en la oscuridad, la sorpresa en principio le paralizó y se encontró perdido en la soledad, a los pocos segundos reaccionó y trató de dar la vuelta para dirigirse hasta el ascensor.
Extendió sus manos tratando de tocar una de las paredes para guiarse y no encontró más que vacío. Nervioso se giró hacia otro lado sin tampoco conseguirlo, y cuando por fin una de sus manos contactó con el frío de la roca, se encontró desorientado no sabiendo hacia donde se encontraba la entrada del túnel.
El miedo empezó a apoderarse de su cerebro impidiéndole dar un solo paso. Se quedó agazapado, y un sudor frío comenzó a caer de su frente mezclándose con el sudor de las rugosas paredes. El corazón le latía desbocado, la respiración se le hizo agitada, le faltaba el oxígeno.
Los fantasmas de cuando niño volvieron a su mente, haciéndole oír golpes inquietantes y ver mil pares de ojos enrojecidos que le observaban.
En su cuerpo comenzó a agitarse un cóctel de sensaciones terroríficas que se apoderó de sus sentidos haciéndolos levitar al borde del delirio, dándole a entender que estaba destinado a vagar para siempre entre las sombras.
Sus pulmones perforados por la silicosis comenzaron a expeler bocanadas de aire que se convirtieron en gritos desgarradores, mezclándose en el eco unos con otros. Gritos que le ayudaron a soltar el freno que anulaba sus facultades haciéndole caminar, primero despacio, y a medida que avanzaba más y más aprisa, tratando de ganar segundos con el afán de encontrar la salida.
Caía y volvía a levantarse, y con el esfuerzo todos los poros de su cuerpo se abrieron inundándolo de sudor, sus fosas nasales se quedaron secas, su boca sin saliva dejó la lengua pegada al paladar, haciendo que su cerebro pidiera a gritos un sorbo de agua fresca.
Agua, agua, pedía una y otra vez.
La puerta de la habitación se abrió, la mujer solícita apareció con un vaso de agua en la mano diciéndole: “hijo, creí que te había dejado el vaso encima de la mesilla”.
Ángel González Francos 14/02/10
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