martes, 23 de marzo de 2010

A cuatro... o más manos

Un cadáver exquisito


Qué apuro, no sé qué poner, me he quedado en blanco...


Lo maravilloso es sentir esa brisa en la cara y dejar al corazón galopar.

Es la vida.

Éramos tan jóvenes que no pensábamos en el futuro

Sospecho que es el principio de una gran amistad

Espero sonreír nuevamente.

¿Llegaré a conseguirlo?

Deseo llegar y perderme en tu risa

Sobre la carretera sin asfaltar avanzaba el autobús dando tumbos

Y la lluvia sigue cayendo, golpeando el suelo

Y las nubes se niegan a marcharse


Y los días pasaron uno tras otro.



A cuatro manos


La habitación del hospital era totalmente aséptica y desinfectada, con una limpieza impecable. El mobiliario austero, acorde con el cuarto, trasladaba al observador a unos tiempos pretéritos cuando la población en general creía que el lugar para curarse, nacer o morir era la casa de cada uno, y el hospital solo podía ser un lugar donde sufrir o ser víctima de los experimentos de unos doctores eternamente en prácticas.

Los techos eran altos, exageradamente altos y, como las paredes, pintados de blanco, tirando a crema, más por efectos del tiempo que por tendencias decorativas.

La sencilla cama, de hierro blanco, tenía el cabecero al lado de la puerta, y a cierta distancia de los pies, la ventana, sin persiana ni ninguna cortina que la cubriera.

El ventanal de más de tres metros de alto, y metro y medio de ancho, era grande incluso para las dimensiones de la habitación. Pero no comunicaba con el exterior, sino con un patio angosto que permitía la entrada de una luz en las largas noches de invierno, cuando ese ventanal cobraba especial protagonismo.

La luz que se filtraba por él era la que la luna reflejaba, produciendo unas sombras alargadas en el interior de la estancia. Las ramas del único árbol del patio eran garras sarmentosas que, dibujadas en la pared, pareciese que podían coger la cama del enfermo.

Flotando en el ambiente, abanico de olores químicos, medicinales y orgánicos que afectaban el ánimo y despacio evaporaban la alegría.

Yacente en la cama había una mujer, y lo único que le quedaba era partir de allí, volver a su pueblo, aspirar los aires del campo y huir de esa habitación que solo le servía para quitarle las pocas fuerzas que la enfermedad le dejaba.

Afuera, en un rincón del pasillo largo y reluciente, estaba su hijo, un hombre joven que solo fumaba impotente, en su silencio y su dolor varonil que no le permitía expresar la rabia que sentía.

Ninguno de los dos dominaba la lengua de los médicos, ni tampoco sabía nada de la ciencia, sólo sabían el lenguaje de las lunas, las cosechas y las lluvias. Ambos sentían que la vida, o eso que llamaban vida, no estaba en ese lugar, y tampoco la iban a encontrar.


Estaban presos. No podían decidir, sólo esperar.


Carmen Díaz García

Susana Gutiérrez


UN BOSQUE



Hay un pequeño sendero que arranca de la base del alto puente peatonal. Al seguirlo, conduce a un pequeño bosquecillo de arboles, no muy altos, que se extiende hasta el mismo borde del río sobre una densa y mullida alfombra de hierba verdosa.

Caminando apenas veinte metros más, adentrándonos en la espesura que se insinúa en la entrada de la arboleda, el entorno cambia de repente a un misterioso universo verde, de troncos altos y gruesos, llenos de hongos marrones con forma de media luna que parecen sugerir escalones capaces de transportarnos a sus copas. En el suelo hay restos de viejos árboles caídos, que a la sombra del prominente ramaje y envueltos en la hierba y las hojas secas del suelo parecen dormidos titanes descansando a la espera de la llamada de los dioses.

A medida que avanzamos por esta espesura, enclavada entre el río y un alto que no es más que el borde del cauce en tiempo de crecidas, ese mundo vegetal nos oculta todo signo de civilización cercano, oculta el ruido de los coches, oculta el horizonte escondiendo así el perfil de los edificios lejanos. Solo existen los arboles que nos rodean, la hierba que pisamos, el canto de algún pájaro, el rumor del agua y en ocasiones el silencio, ese silencio que deja a las personas enfrentadas a sí mismas, un silencio que incomoda por falta de costumbre al ser humano urbano, provocándole a veces una tenue sensación de asfixia al sentirse por un instante el ultimo hombre del mundo.

Pero al rato pasará sobre todo esto un enorme avión, un artefacto real y ruidoso que demostrará que lo que hemos descrito no es más que un oasis en medio de algo, que cada vez es mas una nada revestida de hormigón. Solo es la rivera del Henares, al final del Camino de los Chopos, un domingo, temprano.

La inspectora Alicia Ramírez rastreó entre las hojas secas en busca de alguna pista, de algún indicio que les pudiera llevar a descubrir el cuerpo sin vida de aquel empresario desaparecido. Según su esposa, había ido a jugar al golf al club cercano al Camino de los Chopos, pero ninguno de los empleados le había visto en una semana.

Un vecino de los muchos que tenían por costumbre montar en bicicleta por allí había visto por la mañana a dos tipos trajeados salir por entre los árboles al borde del río, lo que le extrañó, puesto que el público que frecuentaba ese paraje eran fundamentalmente deportistas o gente que salía a caminar, vestidos siempre con ropa cómoda. Los dos individuos montaron en un cuatro por cuatro y salieron del parque por la calzada habilitada para vehículos. Aquellos dos le dieron mala espina y avisó a la policía municipal. A las dos horas, la inspectora Ramírez y su compañero se personaron en el parque, al que ya habían llegado los municipales, que les esperaban junto con el ciclista. A la inspectora le pareció que un paisaje tan idílico no era el más adecuado para albergar un crimen.


Carmen Sousa

Agustín García-Bravo



DE HOY NO PASA


Un gran portón de metal da acceso al muelle de carga. A la derecha de la rampa se encuentra una escalera que comunica con una pequeña oficina y una antesala con una puerta grande, cuya inmensa oscuridad solo deja divisar una columna blanca donde se sitúa el interruptor de la luz para entrar al almacén.


No lo necesita. Podría andar por él en la más absoluta oscuridad. Tanto tiempo había pasado allí. Siempre aguantando, siempre soportando al calvo asqueroso. Todo ¿por qué? Por una promesa echa a su madre. ¿Por qué? Se pregunta muchas veces. Si su madre viviera no le liberaría de su palabra dada. El sabía que era un error, que su hermana no debía casarse con el calvo, era un niño rico y malcriado. ¿Por qué se acercaría a echarle una mano con aquel trabajo en el que se metió, sin dinero y sin saber trabajar?


- Serán solo unos días, empieza a andar el negocio y si necesito gente contrato a unos cuantos chicos - decía tan optimista.

Sin ni siquiera saber qué se traía entre manos. Unos días... y aún no se podía desentender de él. Como un pulpo que extiende sus tentáculos, le tenía inmovilizado. Todo por ayudar a su hermana, y se beneficia el calvo. Pero ya había encontrado la forma de librarse de él sin faltar a la promesa a su madre.

Se tanteó el bolsillo, tenía la llave de la oficina. A oscuras inició el ascenso por la rampa, torció a la derecha, cogió la barandilla y subió las escaleras despacio, no solo por no hacer ruido, sino por no caerse de puro viejas que eran, la madera carcomida y todos los herrajes con holgura.

Igual que el suelo de esa jaula que hacía las veces de oficina, porque el calvo también era tacaño.

Con sumo cuidado entró en el jaulín y le levantó cuatro listones del suelo. Quedaba diáfana una superficie por la que cabía la silla sin miedo a engancharse.

Justo debajo podía ver perfectamente la silueta de la máquina que él se había encargado de poner ahí esa mañana.

Amenazadora, con toda su masa de hierro, caótica para el neófito y armónica para el profesional. Un arma para él.



Carmen Díaz García


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