lunes, 31 de mayo de 2010

La melancolía del oso polar

LA MELANCOLÍA DEL OSO POLAR 1



Urso se encontraba raro desde hacía ya bastante tiempo.

Urso era un oso polar que vivía en la Antártida, de hecho era el único oso polar que habitaba allí, aunque eso él no lo sabia.

El resto de sus congéneres sobrevivían sobre los hielos del Ártico, justo al otro extremo del mundo.

Tal vez era ese el motivo por el que Urso tenía la sensación de que algo no estaba donde debía estar. Pasaba los días recorriendo los páramos helados una y otra vez sin dejar de oír una voz en su interior, una voz que provenía de lo más hondo de sus genes, que le advertía una y otra vez que aquel no era su lugar en el mundo.

Además, había otro detalle que hacía su existencia poco llevadera: la imposibilidad de encontrar a otros individuos de su especie; concretamente, lo más insufrible era el no poder encontrar individuas. Soñaba insistentemente con hallar una hembra con la que compartir su extenso, blanco y vacío reino, una hembra con la que poder devorar exquisitos pingüinos mientras hacían planes de futuro sobre el pronto aumento del número de individuos de la especie.

A veces se sentaba en lo alto de un cúmulo de hielo y allí reflexionaba durante horas. Pensaba que el tenaz viento helado, el terrible frío capaz de helar el aire en los pulmones, y el hambre atroz que de forma perpetua atenazaba su estómago, todo sería más llevadero si tuviese con quien compartirlo.

Rememoró sus recuerdos, que eran muy confusos, pero estaba seguro de que jamás había visto allí a alguien como él.

Lo que sí recordaba, como algo muy lejano en el tiempo, era a unos seres que había visto, como en sueños, o al menos él recordaba estar como dormido cuando estuvo con ellos. Andaban incorporados sobre sus patas traseras, eran enclenques y emitían unos rugiditos que se contestaban unos a otros sin parar.

Recordaba con certeza que ellos le habían dejado allí, en aquel desierto de hielo, y que desde aquel día había estado solo.

Pensaba en ello cuando divisó a lo lejos un bulto oscuro que avanzaba hacia él. El hambre le puso en guardia de inmediato. Se levantó y avanzó a su vez hacia aquel ser, que no podía identificar entre el viento y la cortina de nieve que caía. Fuese quien fuese, y lo que fuese, Urso tuvo la certeza casi absoluta de que tenía ante sí todo lo que se le puede exigir a una suculenta comida.

A medida que se aproximaba su forma le fue resultando más y más familiar. Finalmente pudo ver que se trataba de uno de aquellos bichos que caminaban sobre las patas traseras.

Él bípedo aun no se había percatado de su presencia; era la ventaja de ser blanco en un sitio lleno de nieve por todas partes.

Urso pensó que aquel animalejo tal vez tuviera respuestas para sus problemas, tal vez supiera donde encontrar una hembra con la que calmar su soledad y su celo perpetuo. Podría preguntarle por qué se sentía tan extraño a veces, tan fuera de lugar.

Una hora después se lamentaba de su debilidad entre los jirones de piel, los huesos masticados y la mochila destrozada.

Así nunca conseguiría saber nada. Cuando se acercó a aquella criatura, lleno de preguntas e inquietudes, algo dentro de él se activó, algo que podría llamarse instinto, aunque Urso no lo sabía, algo que sacó el Mr. Hyde hambriento que llevaba en su interior y que no estaba dispuesto a desaprovechar una ocasión de comer.

A partir de ahí la búsqueda del sentido de la vida dejó de ser importante para él, por unos minutos se convirtió en cazador, y durante media hora en carnicero y en un gourmet que paladeó cada pedazo de carne, que lamió cada resquicio de sangre y masticó cada hueso del que pudo hasta extraer su jugo. Después mordisqueó ropa, mochila, y devoró todo lo que pudo tragar.

Pasado un rato se sentó sobre la nieve ensangrentada y se quedó allí, con la mirada perdida en el horizonte.

Comenzó, sin saber como, a sentirse bien. Las tribulaciones desaparecieron de su mente.

Se sentía misteriosamente en paz, como flotando en un templado mar de sosiego.

En un principio creyó que se debía al hecho de haber saciado el hambre. Pero no, era algo que nunca antes había experimentado. Todo lo que le apesadumbraba desapareció de su mente, ya no echaba de menos ni a las hembras. Ahora sentía que aquel lugar que ocupaban sus posaderas sobre la nieve era todo lo que había deseado, y lo que el destino y la naturaleza le habían otorgado como su lugar en este planeta.

Urso era un oso y los osos no pueden leer, si pudiesen hubiera visto que, entre las cosas que había saqueado y devorado de la mochila, había un tarro de un cuarto de kilo de Prozac.

Urso, lo único que sabía, es que esta comida le había sentado especialmente bien.


Agustín García-Bravo


LA MELANCOLÍA DEL OSO POLAR 2


Hace unos cuantos años, un científico loco quiso poblar la Antártida. Convenció al gobierno de su país de que era una gran idea y consiguió dinero para empezar el experimento, llevando desde las aguas del Ártico hasta el Antártico un ejemplar joven de oso polar. Le puso un transmisor en el cuello y lo dejó libre en aquellos hielos infinitos.


Cada día el científico loco y sus compañeros anotaban en sus libretas las andanzas del oso; después le perdieron el rastro y pensaron que se había adaptado por completo. Pero no era verdad. El oso, que no era tonto, sabía que había hecho un viaje larguísimo y que no estaba en su casa, y, mire usted qué cosa tan absurda, hielo por hielo, prefería el de su lugar de siempre. ¡Qué tendrá la casa de uno que tira tanto! A Freddy, que así se llamaba el oso, le parecía que en aquel sitio tan inhóspito hacía más frío que en ninguna parte, las estrellas eran otras y la comida no le gustaba.


Un día su buen olfato le hizo seguir el rastro de unas botas perdidas en un glaciar, y se encontró con el campamento donde había despertado una mañana para salir a buscarse la vida como pudiera. Hubiese querido comerse al loco culpable de su melancolía, pero no le encontró. Los científicos habían salido a estudiar la fauna marina, y Freddy tuvo que comerse al cocinero; el pobre hombre ni se enteró, tan distraído como estaba guisando un rabo de toro con vino tinto, probando una y otra vez para ver si estaba en su punto; simplemente notó una presión en el cuello y pensó que había bebido demasiado y le estaba subiendo la tensión; después perdió el conocimiento. Mas tarde, el que quedó inconsciente fue el oso. Los científicos llegaron, le pusieron una inyección sedante y lo metieron en una jaula. Aquello le valió de experiencia para el futuro; había aprendido lo suficiente sobre el género humano como para saber que le convendría disimular a partir de entonces, que tendría que ser menos oso y más hombre.


Comenzó a observar y a estudiar a sus carceleros, sus costumbres, las herramientas que usaban, les oía hablar entre ellos, pero no se le daba bien el inglés y solamente entendía palabras sueltas sobre un proyecto fracasado, del cual él debía ser el protagonista; cuando notó que le miraban con ojos de lástima, se negó a comer y permanecía sentado todo el tiempo en un rincón con la cabeza baja; parecía dispuesto a dejarse morir. Cuando le vieron triste y debilitado, opinaron que ya era inofensivo y le sacaron de la jaula, aunque a ella volvía por la noche para que todos durmieran tranquilos. Pero Freddy ya había aprendido lo suficiente y una noche les robó la llave con la que abrían el candado de su presidio. Sigiloso, se dirigió a la moto de nieve que les había visto usar y que siempre tenía el contacto puesto, porque en aquellos parajes, pensaban los sesudos científicos, estaban solos y no se la robaría nadie. El oso se montó en ella y desapareció tan rápido como pudo de la vista y las armas de los hombres.


Cuando llegó al mar, se sumergió feliz y nadó, descansando a veces en los témpanos de hielo que flotaban y comiendo algún que otro cormorán o león marino. Y así llegó a la Tierra del Fuego. Anduvo varios días vagando por el parque nacional, escondiéndose de los turistas y bañándose en las frías aguas de los lagos. Cuando llegó a Ushuaia vio varios barcos que se dirigían hacia el norte, no sabía muy bien hacia donde, pero era seguro que su hogar estaba siguiendo esa dirección. Y, pensando en cómo haría para meterse en uno de aquellos navíos sin ser visto, oyó a su espalda una voz que le resultaba conocida, como una pesadilla que se repite. Era otra vez el científico:


- Vaya, vaya, amiguito…- le dijo - por fin te encuentro. Eres muy listo ¿sabes?, pero no lo suficiente como para saber que llevas un chip, un chivato que me dice por donde vas. No te asustes, no voy a hacerte daño, tú vales mucho más de lo que yo imaginaba. Un oso que abre candados, conduce motos, pudiste habernos matado a todos y no lo hiciste, solamente querías huir, volver a casa…Eres digno de estudio y voy a llevarte a un congreso que hay en Washington y a contar lo que sé de ti. Después haré lo mismo en una conferencia que tengo que dar en Canadá. Lo vamos a pasar muy bien los dos, no te preocupes. Para empezar, subiremos juntos a ese barco, pórtate bien y no habrá problemas. Eres un buen chico.


Ya hemos dicho que a Freddy no se le daba bien el inglés, por lo que de la larga parrafada del científico, solamente había entendido el final: Washington, Canadá y lo de subir al barco. Le sonaba que esos lugares estaban relativamente cerca de su hogar y, contento, se dejó conducir a uno de aquellos navíos, un crucero de lujo que surcaba el mar sin prisa, deteniéndose en los puertos importantes. Para que lo dejasen andar libre como a un tripulante más, tuvo que demostrar sus habilidades: cargaba las mercancías más pesadas, barría y fregaba las cubiertas, colaboraba como socorrista en los simulacros de salvamento y se fotografiaba cada tarde con los turistas que pagaban una barbaridad por llevarse de recuerdo una foto del brazo de un oso polar.

También actuaba en un espectáculo cómico. No era una vida muy difícil, tripulantes y pasajeros le trataban bien y le daban propinas de salmón ahumado, pero no conseguía verse libre de la melancolía que se asentaba en el fondo de su ser y se asomaba de vez en cuando a sus ojos. Por la noche, cuando acababan sus quehaceres, subía a la cubierta del último piso, se acomodaba en la proa y dormía con el aire en la cara y mirando las estrellas, que de momento eran las mismas que llevaba viendo durante el último año. Al fin, una noche el cielo cambió, y unos cuantos días más tarde llegaron a las Islas Canarias. Entonces, otra vez de noche, en la proa, se le acercó un pasajero y le dijo:


- Escúchame bien, sé que me entiendes perfectamente, porque hablo gallego, lo que los osos polares habéis oído hablar desde que nacisteis a los marineros que llegan a Terranova. Comprendo lo que te pasa. Yo sé lo que significa recorrer el mundo, pensando únicamente en volver a casa. He visto lugares muy lejanos y hermosos, de quitar el habla con tanta belleza, pero ninguno ha conseguido que me olvide del lugar de donde procedo. Y a ti te pasa lo mismo, y por eso te has dejado engañar por ese científico, que no busca tu libertad sino su gloria. Te llevará de congreso en congreso, te exhibirá como a un títere de feria. Mira, mi viaje termina en Vigo, a donde llegaremos en una semana. Yo vivo y trabajo en un faro donde puedes esconderte hasta que pase algún barco bacaladero que te lleve a casa, las tripulaciones acostumbran a saludarme haciendo sonar la sirena cuando me pasan por delante. Los conozco y son buena gente, yo trabajé en un bacaladero muchos años hasta que tuve esta lesión que me dejó un poco cojo. Mientras tanto, si lo que buscas es tranquilidad, buena comida y que el agua del mar esté fría, en el faro vas a tenerlo todo. Ya veré cómo te saco del barco, sin que se note. De momento, sigue con tu vida normal, pero no me pierdas de vista. Quedamos aquí todas las noches. Me llamo Andrés.


El día preparado para la fuga de Freddy amaneció nublado y ventoso. A media tarde, Andrés se acercó a su amigo y le murmuró:


- Yo conozco esas nubes, esta noche habrá tormenta y eso nos viene muy bien para nuestros planes. Creo que no hay peligro, pero he oído a la tripulación decir que piensan distribuir entre los pasajeros pastillas para el mareo y pedirles que se mantengan en sus camarotes, para evitar accidentes. Ya están atando las mesas y las sillas. Cuando veas que todos están a cubierto, salta y nada hasta aquellas islas que ves en el horizonte. Son las Cíes. Yo desembarcaré en Vigo mañana y vendré a buscarte inmediatamente. El transmisor, que te acabo de quitar, mantenlo contigo hasta que te tires al mar; con un poco de suerte, se hundirá hasta el fondo y pensarán que te has ido con él.


Todo salió según lo previsto y al día siguiente el crucero llegó a puerto, el farero salió y buscó entre los barcos de pesca de bajura a un amigo, que dormía la siesta en uno de ellos. Ambos fueron con la pequeña embarcación a las Cíes y recogieron a Freddy, después, siguieron hasta el faro donde el antiguo marinero vivía. Transcurrieron unos días de tranquilidad absoluta para Freddy, le habían dado libertad para hacer lo que quisiera, se bañaba en el mar, daba grandes paseos por las peñas, aprovechaba la marea baja para comer cangrejos y mejillones de roca, y se sentaba siempre mirando a poniente, con la melancolía en los ojos.


Por su parte, Andrés había llamado por radio a sus amigos, los otros fareros, y a algún bacaladero para que se supiera que tenían de llevarse al oso de regreso al Ártico. En poco tiempo, Freddy ya era conocido en los ambientes marineros. Apenas llegó el mes de febrero, embarcó en un gran barco con destino a Terranova. Los dos amigos se despidieron con un fuerte abrazo y Andrés pensó que nunca más volvería a ver al oso.


Pero llegó el mes de noviembre y Andrés recibió un mensaje del faro de Finisterre: “Freddy está aquí y te manda un abrazo”. Freddy había vuelto para pasar el invierno con sus amigos. Parece ser que, igual que en Galicia se sentaba mirando al mar, añorando Terranova, en el Ártico añoraba otras costas que había conocido. Aquel año colaboró activamente en la limpieza de las playas después del desastre del Prestige, y pasó inadvertido entre tanta gente que vestía mono blanco. Desde entonces aparece todos los inviernos en las costas gallegas. Conoce todos los faros y se aloja en el que más le conviene en cada momento. Participa en la descarga del pescado de bajura que cada madrugada llega a puerto y lo traslada a la lonja; allí espera a que acabe la subasta para llevarse una o dos cajas de lo que le quieran dar, como pago por sus servicios. También le consideran una ayuda inestimable en la recogida del percebe. Por su cuenta, le gusta pescar con nasa y es muy hábil capturando centollos y nécoras. Le gusta el pulpo y se vuelve loco con las vieiras, sobre todo si se las cocina la mujer de Andrés.


Al principio, la vida de Freddy comenzaba a ser rutinaria. Aparecía a finales de noviembre y se marchaba en febrero; después sus amigos notaron que cada vez dilataba más su estancia en nuestras costas, hasta que en los últimos tiempos ya llega para no perderse las Ferias de Marisco de octubre, y no se marcha hasta abril o mayo. Pero además, ha ocurrido algo imprevisto. Hace un año, paseando por la playa, encontró una revista turística que hablaba de los Picos de Europa y tenía en su portada la fotografía de un oso pardo. Se la mostró a sus amigos, quería que le explicaran dónde estaba aquello. Empezaron a bromear, a decir que probablemente la foto fuera de osa y no de oso, y que Freddy se había enamorado. Trataron de tranquilizarle, le dijeron que se acercaba el buen tiempo y de nuevo se marcharía a Terranova con sus congéneres. Anduvo varios días pensativo y después desaparecieron, la revista y él. Volvió en octubre, y todo parecía como siempre.


Pero ayer, Andrés el farero leía el periódico. Las noticias que resultan curiosas acostumbra a leerlas en voz alta para que Freddy se entere de lo que pasa por el mundo y, concretamente ayer, dijo: “Freddy, escucha esto: Extraña mutación genética. Biólogos y ecologistas no aciertan a explicarse el porqué una hembra de oso pardo de los Picos de Europa ha parido tres oseznos con manchas blancas. Parecen estar bien de salud, por lo que ya se habla de una mutación genética de origen desconocido. Y venían unas fotos de la osa con los cachorritos, uno de ellos prácticamente blanco.

Freddy se levantó, le arrebató a su amigo el periódico, lo estrechó contra su pecho y luego, loco de alegría, bajó al mar, dio brincos sobre las peñas, ensayó unos cuantos pasos de muiñeira y se tiró al agua. Volvió con un pulpo enorme y dos docenas de vieiras, con las que celebraron el feliz acontecimiento.


Y así transcurre hasta el día de hoy la vida de Freddy. Sus amigos opinan que cada día es menos oso polar y acabará siendo un oso netamente gallego. Creen que, según vaya cumpliendo años y se vuelva perezoso, acabará afincándose definitivamente en cualquier faro entre La Guardia y Ribadeo, y no volverá al Ártico. Como mucho, se dará una vuelta por Asturias.


Si ustedes preguntan por él y sus andanzas a fareros y pescadores, les dirán que no existe tal oso, que es una leyenda como la del monstruo del Lago Ness, y es que hay un pacto de silencio para proteger la libertad de Freddy por encima de todo. Pero, si les interesa lo que les hemos contado, búsquenlo por los acantilados, allá donde las olas rompan con más fuerza. Al atardecer suele sentarse en las peñas contemplando el sol de poniente, hasta que éste desaparece en el mar.

Milagros González


LA MELANCOLÍA DEL OSO POLAR 3


Aquel paisaje era desolador. Desiertos de hielo donde con un tiralíneas un pintor trazó una división y pintó lo de arriba de azul, y lo llamó cielo, y lo de debajo de blanco, y lo llamó hielo. Tendría muchas otras ocupaciones aquel pintor que no se molestó en poner árboles sobre el blanco, ni pájaros sobre el azul. Quizás pensó que este cuadro lo terminaría mas adelante, y lo fue dejando, dejando hasta que lo olvidó.


En aquel cuadro vivía un oso, un oso blanco, que no era un oso albino, y para aquel oso alguien inventó el nombre de oso polar. Muchos pasaron por aquellas tierras y nunca vieron aquel oso, porque era blanco como el suelo, porque buscaban pasar y no mirar.


Yo lo vi, estaba sentado encima de un gran bloque de hielo fumando un Fortuna. Me miró y me ofreció un cigarro. Se lo acepté por aquello de la educación, por aquello de integrarme en el paisaje. Le pregunté si había visto a una chica.


- Hace muchos días que no he visto a nadie, ¿cómo es?

- No lo sé.

- Buscas a alguien que no sabes como es? - preguntó el oso mientras pegaba una gran bocanada al cigarro.

- Estoy buscando a la mujer de mi vida.

- Esa no se busca, esa te la pone la vida delante.

- ¿Y si al encargado de ponerte la mujer de tu vida delante, se le olvida, o si elige una que no me gusta?

El oso apagó el cigarro en el frío hielo donde estaba sentado, lo tiró al suelo, cogió un poco de nieve y lo tapó; nadie diría que allí había estado un oso polar fumando. Me acompañó y me orientó todo el camino. A cambio yo le fui hablando de todo lo que conocía, de los árboles y de los pájaros. El oso, mientras andábamos, iba fumando con las dos manos en la espalda, sujetando un cigarro y escuchando atentamente. Se sorprendió de todo aquello que le contaba.

Cuando no sabía qué contarle, le contaba cómo era la mujer que estaba buscando, cómo la iba a despertar todas las mañanas, con mis labios en su oido, la diría “abre los ojos para que sea de día”; cómo iba a recoger todas las mañanas un cubo de rocío para lavar su cara, y cómo iba a enseñar a todos los pájaros a cantar sus canciones, y todos los arboles iban a mover el viento en su dirección, cómo la iba hacer el amor los días de luna llena, con las ventanas abiertas, de cómo la iba a mirar mientras dormía, de cómo íbamos a vivir en una casa de madera en medio de un bosque, sin nadie mas, porque íbamos a necesitar toda una vida para conocernos, y porque no queríamos que nadie mas nos molestase, de cómo preparaba las lentejas...

Acabaron las tierras de hielo, y el oso pudo ver cómo era la tierra, qué se sentía al tocar algo que no estuviese helado, y por fin pudo ver un pájaro, y un árbol. Y el oso lloró, lloró como un niño, se le escapaba la felicidad por las lágrimas. Gracias, amigo, aquí termina nuestro camino juntos, yo he de seguir otra ruta, quizás nuestras sendas se vuelvan a encontrar, ha sido un placer.


Continuando mi camino me encontré con un hombre que tenía unas gafas que hacían que sus ojos los tuviese lejos y pequeños. Le pregunté si había visto alguna mujer. Aquel hombre me dijo que había visto muchas. Estaba bebiendo de un vaso blanco un líquido que guardaba en una botella, también blanca, y me ofreció un trago. Era algún tipo de licor, bebimos y hablamos, y según bebíamos nos íbamos alejando mas de la realidad, como ya lo habían hecho sus ojos. Bebimos durante días, meses, qué se yo, bebimos tanto que se me olvidó qué estaba haciendo en aquel lugar, y me fue enseñando a todas las mujeres que conocía. Estuve con mujeres guapas, simpáticas, mujeres que decían que era el hombre de su vida, mujeres que decían que yo era la felicidad, mujeres que decían que querían ser las madres de mis hijos, estuve con todas las mujeres del mundo.


Un día vino una mujer de piel blanca, alta, esbelta, fumando a grandes caladas, y me dijo que quería que la enseñara el mundo. Supe nada mas verla que aquella era la mujer que llevaba tiempo buscando, y me supe feliz, y lloré, y la pregunté por qué se había estado escondiendo todo este tiempo.


El oso polar siguió su camino ando, cruzó ríos, subió montañas, cruzó llanuras y desiertos, y por fin vio unas escaleras que subían y subían, más allá de las nubes. Al final de ellas había un hombre con unas gafas con cristales tan gordos que hacían que pareciera que no tenía ojos. El oso le dijo que venía de donde había un cielo azul y un suelo blanco, y le preguntó por qué se le había olvidado poner árboles en el suelo y pájaros en el cielo. Aquel hombre contestó al oso: “es cierto todo lo que me recriminas, pero ahora ya terminó la parte de la creación, ahora no puedo crear árboles ni pájaros, ya no puedo hacer nada en aquella tierra. Debo recompensarte de algún modo, te voy a conceder un deseo”. El oso le pidió ser mujer. Desde entonces todos los osos polares, cuando cumplen una determinada edad, se transforman en mujeres.


Nino Martinez


domingo, 9 de mayo de 2010

VIDAS IMAGINARIAS

AGUSTÍN GARCIA BRAVO


Mi nombre es Agustín Garcia Bravo. Nací en 1964 en Madrid. En la maternidad de la Paz, en la habitación 324, pesé 3,333 kilos y medí 52 centímetros. Aquel día nacieron otros 16 bebes en aquel hospital. Cuando pienso en que no me gusta la vida que llevo, le hecho la culpa a que una enfermera se equivocó, o tendría que haberse equivocado, y que mi vida podría haber sido la de cualquiera de los otros 16.

En 1974 me escapé de casa, tomé el autobús circular y estuve dando vueltas por Madrid todo el día. Al anochecer me cansé y volví a casa, preparándome para una buena paliza. Nadie se percató de mi ausencia. Por entonces me prometí preparar una fuga en condiciones, de esas de irse y no volver. Aún no he podido realizarla, ni creo que pueda, la vida te va atando lentamente (a una mujer, a un trabajo, a un hogar…) y cuando te das cuenta llevas muchas cosas para una fuga. Pero hay días en los que vuelvo a coger el circular y doy vueltas y vueltas, y me pregunto: ¿por qué no me fui aquel día?

En 1976 le toque las tetas a una chica de clase. Llamarón a mis padres y me castigaron con un tratamiento a base de electroshock, me sentaron en una silla y me daban descargas mientras mi padre me ponía diapositivas de tetas: de vaca, de cabra, de suecas… . Hoy en día me dan mucho respeto los pechos de las mujeres, cuando los veo me pongo a sudar y a tartamudear, por eso las prefiero de pecho pequeño ( tampoco me sienta muy bien la leche, pero esto no sé si tiene que ver dicho tratamiento) . Hace poco que volví a ver aquella chica. Lo primero que pensé fue en cuántas manos ya habrían tocado sus pechos. Después me dieron ganas de volver a tocárselos y salir corriendo, pero ahora soy mas cobarde que antes.

1977: Mis primeros pinitos en el mudo de la escritura. Escribo la canción “Franco franco tiene el culo blanco…” con el himno de España como acompañamiento. Se divulgó mas rápido que cualquier video de Youtube. Me la inventé por la mañana y por la tarde, si preguntabas a cualquier español por la letra del himno, te cantaba mi canción.

En 1979 me rompí un tobillo. También aquel año cometí mi primera y única fechoría: robé una cinta de juegos de Spectrum en El Corte Inglés, de esas que tardaban media hora en cargar el juego y hacían unos ruidos tipo fax. Durante el siguiente mes temía cada vez que sonaba el teléfono, o cada vez que llamaban a la puerta, por el “somos del Corte Inglés y venimos hablarle de su hijo”. Desde entonces no he vuelto a robar, me da la sensación que en el Corte Inglés, están más pendientes de mí que de nadie más. Todavía tengo la cinta de juegos que, por cierto, aún sigue envuelta. El día que tenga un hijo voy al Corte Inglés y la dejo donde la cogí.

En 1980 me fumé mi primer porro, que no me hizo nada de nada, ni fu ni fa, difencia con un cigarrillo: que se tarda mucho más en preparase. Aquella noche vino la virgen a mi habitación y me dijo “ tienes que construirme un altar para mi adoración en el kilometro 53 de la carretera de La Coruña”.

1981: Empiezo la carrera de arquitectura. En el primer trimestres de enamoro de Raquel, una compañera de clase. En el segundo trimestre me deja, yo decido dejar de pasarla los apuntes. Pero no se decir que no y se los sigo pasando, hasta el tercer trimestre, en que decido dejar la carrera por putearla. Adiós a la idea de construir el altar. Me cambio a letras.

1982: Me encontré una bombilla en el suelo de la calle, comprobé que no estaba fundida y que funcionaba. Desde entonces pienso en la historia de esa bombilla como uno de los enigmas más grandes de la humanidad. Las noches en las que el sueño no viene a buscarme me duermo pensando en la historia de esa bombilla, que al día de hoy sigue funcionando. También me encontré un zapato nuevo abandonado y lo añadí a la lista de historias indescifrables. Tengo muchas.

Esta serie de hechos sin lógica me obliga a seguir una especie de “continuar la cadena”, porque para mí, es la única lógica. Entré en una pajarería y sin que el dueño se diera cuenta metí un huevo de gallina en una jaula de canarios. Todos deberíamos hacer alguno de estos actos, aunque sea por joder a los científicos que tienen explicaciones para todo.

En 1983 retomo la idea de la construcción del altar, de las veces que me lo había repetido la virgen, pero no tenía fondos, ni conocimientos. Le escribí una poesía muy bonita a la virgen, espero que se conforme. Dejé los porros y la virgen me deja de hablar.

1988: Termino la carrera y decido probar suerte en el extranjero. No duro ni una semana. Mi dificultad para los idiomas y mi incapacidad para adaptarme otros climas me obligan a volver corriendo a Madrid, mi ciudad. Desde entonces no salgo, tengo pánico de viajar. Empiezo a cotizar para el Estado, por imposición de mi padre. A mi madre le daba un poco igual , mientras que no me drogase y tuviera recogida la habitación.

Pizzería: duro 2 meses, me despiden tras un accidente de moto; vendiendo ticket en el metro, me despiden porque me duermo y hay cámaras donde queda registrado; descargando en un almacén, 2 días, de aquí me voy yo; taxista clandestino, 3 meses, los clientes me dan cháchara y se me olvida cobrarlos; camarero de un bar, 1 día, soy un negado; repartiendo publicidad en el metro, 1 día, se me da mejor que ser camarero, pero es peor para las varices; churrero en las ferias, 3 semanas, aquí me metí porque me gustaba la hija del churrero, pero ella se escapó de casa, y desde que se fue nada volvió a ser lo mismo; sacando a una anciana al retiro, se me murió esa misma mañana, me gasté en flores más que lo que gané; doné semen en repetidas ocasiones, pero esto no sé si cuenta como trabajo (que me costó lo suyo); guarda de seguridad, al mes me pegan un tiro y casi me matan. Sufro una amnesia total, me hacen la cirugía estética, me dan una identidad nueva y un coche negro que habla para que luche contra la delincuencia organizada. Ahora me hago llamar Maiquel Nike. En una de mis misiones me encuentro con la hija del churrero, la doy una vuelta en mi cochazo y se enamora de mi. Ella no me dice que su padre es churrero porque pensará que es algo muy cutre, por lo mismo que yo tampoco la digo cual es mi verdadera identidad.

Al día de hoy somos muy felices la hija del churrero y yo. Profesionalmente me he asociado con El Equipo A, el Halcón callejero, Maggiber y el Trueno Azul, y hemos formado un sindicato para la erradicación del mal. Yo estoy en el turno de tarde, no está muy bien pagado, pero me gusta. Por la mañanas trabajo en un hospital para completar el salario. Intento no mezclar una cosa con la otra.


Nino Martínez


MILAGROS GONZÁLEZ


A pesar de reconocer que todas las noches apaga el ordenador con indiferencia soñando con otros mundos para plasmar en su escritura, es una de las mayores representantes de nuestra lengua.


Traducida a más de veinte idiomas, poseedora de premios tan prestigiosos como el Nadal o el Premio Biblioteca Breve de la Editorial Seix Barral, el Premio Cervantes 2010 ha venido a encumbrarla en el puesto que muy pocos merecen. Su narrativa sobre nuestra posguerra ha calado hondamente en países como México donde recibió el premio Internacional de Novela 2009 por su obra La Boda.


Pocas veces crítica y público han coincidido en sus gustos literarios. Como ella siempre ha reconocido en todas sus entrevistas: “Quién me iba a decir a mí, desde mi trabajo de secretaria en el despacho de una notaría, que me iba a ganar el pan escribiendo, y no precisamente las cartas de mi jefe”. De esta manera sencilla y sin grandilocuencias nos explica un trabajo en el que personajes que nunca son lo que parecen viven situaciones en las que el amor, el odio y la muerte están muy presentes, todo ello en el marco de una España de la posguerra o de la actualidad.


Milagros, a sus cuanrenta años, seguramente apague hoy el ordenador indiferente para preparar la cena a su marido e hijos. Esperamos que esa indiferencia la siga motivando a crear nuevas historias con las que todos podamos disfrutar.


Arancha Vallez Zamarro


CARMEN SOUSA


No conozco a Carmen más allá de un trimestre y pico que llevamos compartiendo clases de escritura creativa.

Dos horas por semana parece poco tiempo, sin embargo sospecho que tanto yo como nuestros comunes compañeros hemos estado más cerca de algunos rincones íntimos de su ser que muchas de las personas que comparten con ella su día a día cotidiano.

Esto es así sencillamente porque la hemos escuchado contarnos las historias que escribe, porque las hemos leído y hemos reconocido en ellas la vida, los sueños, las amarguras y las alegrías de personajes que ella ha convertido en seres vivos sobre el blanco del papel.

Quisiera saber, para contarlo aquí, cómo una persona como Carmen deja de ser una mujer normal, con una vida normal, y es poseída por esa rara infección que transforma unos ojos inocentes en apéndices que observan el discurrir del mundo y las gentes que hacen y deshacen en él, con la absoluta atención y la curiosidad sana de quien aprende cómo se viven las vidas, para así poder crear personajes tan carnales como personas auténticas.

Quisiera saber cómo aflige esa enfermedad a su alma y a su corazón, para hacer que alguien que aparenta ser una mujer tranquila y discreta, pueda llevar dentro y recrear en el papel esos pequeños universos llenos de humanidad y sentimientos intensos, construidos con palabras tan hermosas a veces, con tantos matices y tanto color, que me veo obligado a cerrar los ojos para poder ver en la mente el alcance total de sus significados.

Quisiera saber qué parte de sus historias es ella, y qué parte son sus deseos y sus anhelos, qué parte son hechos reales y qué parte sueños propios o ajenos; quisiera saber de qué recóndito manantial de sus entrañas extrae las metáforas y los adjetivos que utiliza.

Quisiera saber más cosas de Carmen Sousa para contarlas aquí, pero ya os dije antes que la conozco poco, y tras reflexionar creo que solo puedo decir, con sinceridad y con mucha envidia, que la única certeza que tengo sobre ella es la de que es una escritora honesta.

Y si queréis saber más, mejor leed sus historias. Sospecho que todo lo que de verdad es, está en ellas.

Agustín García-Bravo



SUSANA GUTIÉRREZ

Me llamo Susana Gutiérrez, como habrá podido usted leer en la portada del libro que manosea en este momento. Ahora que lo tiene abierto y consulta la solapa interior de la cubierta, permítame que le diga algunas cosas sobre mí. No voy a contarle dónde nací, ni cuánto hace, ni mi formación académica, ni esos asuntos relativos a la vida privada de cada cual que suelen encandilar a los curiosos de lo ajeno. Porque al que lee, lo que le importa del autor es su obra, que por eso la compra. Por ello, me ceñiré exclusivamente a las circunstancias que han podido influir de modo definitivo en mi persona y en esta manía mía de escribir.


Sepa, para empezar, que provengo de una tierra larga y extensa, que de todos modos se me quedó pequeña. Uno de mis delirios ha sido viajar. Buscando siempre nuevos apuntes para desarrollar en mis relatos, he vivido con los indígenas del altiplano y con los de la selva, he padecido el calor del trópico y el frío del Antártico. He pescado en el lago Titicaca y en el río Mekong, he sido favorita de un marajá y bailarina en Indonesia. En este ir y venir, he aprendido algunas cosas que no enseñan en ninguna Universidad. Sé navegar y hacer nudos marineros, conozco el nombre de muchas estrellas, he constatado que no hay diferencias sustanciales en la condición humana, y creo que los mejores argumentos estarían en cada uno de nosotros, si fuésemos capaces de contarlos, pero, sobre todo, he desarrollado un sentido del humor con el que me gusta matizar lo que digo y lo que hago. Ahora vivo muy cerca de donde nací, en lo alto de un cerro empinado, que me hace imaginar que en vez de clavada en la tierra, estoy suspendida del cielo.


Soy persona de sentimientos intensos, entusiasta y contradictoria. He amado con la vehemencia de la juventud y la desesperación de quien sabe que no volverá a ser joven. Me gustan por igual el día y la noche. A veces mi pluma se desliza feliz sobre el papel; otras veces, avanza con rabia. Me gusta tener vicios y los cultivo, porque sospecho que la ausencia de ellos nada le añadiría a mi virtud; y sin vicios ni virtudes uno se convierte en un ser lamentablemente anodino.


Hasta ahora había escrito reportajes, porque estaba convencida de que no hay fantasía capaz de superar la realidad, pero a la postre no he podido resistirme a la tentación de fabular. Ya dije que una de mis cualidades es ser contradictoria. La novela que tiene en sus manos, amable lector, La melancolía del oso polar es, por tanto, mi primera novela. Que sea o no la última no depende tanto de la crítica como de usted.


Milagros González

LUZ ÁNGELA USCÁTEGUI


Luz Ángela Uscátegui, colombiana afincada en España desde hace varios años, no es una escritora al uso. Totalmente contraria a esa soledad que otros autores necesitan a la hora de trabajar, no es nada extraño encontrarla sentada en alguna cafetería, manos a la obra con su ordenador. Es en estos ambientes de bullicio y rodeada de gente donde se siente más a gusto para crear esas historias que tanto hacen disfrutar a sus lectores.

Licenciada en Lengua y Literatura, profesión que ejerció durante unos años y que abandonó para dedicarse por completo a la creación literaria, se ha convertido en una de las escritoras más importantes e influyentes del momento. Sus nueve novelas anteriores y un recopilatorio de relatos cortos se han situado en los primeros puestos del ranking de ventas de todo el mundo. Pero su obra, traducida a varios idiomas, entre ellos el ruso y el hebreo, no es sólo un éxito editorial. Salpicada toda ella por el “realismo mágico” tan propio de su tierra natal, deja más que claro que esta joven escritora forma ya parte de una generación que han de dejar una importante huella en la literatura contemporánea.

Ésta, su décima novela, hará despertar a sus lectores en un mundo en el que lo tangible y lo onírico se mezclan de manera irremediable, y los envuelve hasta hacer dudar entre lo real y lo imaginado. Una historia que, como todas las anteriores, no dejará indiferente a nadie.


Carmen Sousa

NINO MARTÍNEZ


Me llamo Nino Martínez.

Como Vicente Huidobro, creo que todo escritor es un pequeño dios, o un gran tirano, que decide la vida y muerte de sus criaturas, marca sus destinos, y rige sus constelaciones.


“Nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.”


Seguro que fue así, contando con que era una tarde soleada de marzo de 1969. Mi madre, nada más verme a los ojos, dictaminó que iba a ser poeta: pocos juguetes de colores, nada de pistolas de madera, más bien tintas, plumas, papeles y libros. Muchos libros.


En cuanto aprendí a leer de corrido la soledad de la casa grande, rodeada de hortensias, se me volvió el mundo. Viajaba con Verne. Corría aventuras con los piratas de Stevenson. El miedo me erizaba piel con Poe.


Comencé a perpetrar versos a escondidas desde que tengo memoria. Los guardé con celo hasta la llegada de Cayetana, allá por el año 89. Igual con mis memorias, fotos, cuentos. También arribó ella en otro equinoccio, con su pelo espeso y negro, con sus andares sueltos, con la felicidad pintada en los ojos. Todavía sigue negándose a llevar zapatos altos y a maquillarse, que corretear toda la tarde tras Valentina y Tania por el jardín de las hortensias, sin perder el buen humor, ya es suficiente.


He publicado dos libros de relatos: La llamada silenciosa, en 1999, y Asesinato en el maletero, en 2005. Restaurante Chino llegó más disperso, más lento, pero llegó. Juro por mi madre que no lo estuve buscando.


Todavía sigo esperando a que se revelen “los aeroplanos del calor”. El resto del oráculo ya es bastante claro.


Luz Angela Uscátegui C.



miércoles, 7 de abril de 2010

Edición especial...

ASESINATO EN EL MALETERO


Aquella situación le estaba poniendo nervioso. Oía los ruidos y el cuello se giraba instintivamente. ¿Qué era aquello que tenía en el maletero? Pum, pum, pum. Así no podía seguir conduciendo, así que desaceleró la marcha y paró el vehículo en doble fila en una calle muy concurrida. La solución a la cuestión era muy sencilla: mirar en el maletero. El corazón le empezó a latir con ansiedad, como cuando uno va abrir un regalo, pero sucedió algo inesperado en el trayecto que va desde la cabina del conductor al maletero, algo largo de explicar pero que sucede en medio segundo: pasó una paloma, simple, una paloma que descendía de una rama de un árbol en busca de una miga que se encontraba en el suelo. Y esa imagen desencadenó una cascada de asociación de imágenes. Primero esa paloma le recordó el pasaje bíblico donde Noé soltó la paloma y esta volvió con una ramita de olivo, y pensó en una inundación que cubra todo, pero este pensamiento no le llevó muy lejos, luego pensó en la iglesia y en la cantidad de escritos que saltan de la lógica a la fe sin pasar por la ciencia – ficción; este pensamiento tampoco le llevó muy lejos, pero a la idea de la iglesia se le unió la imagen de un rosario, y el rosario al del coche con el que se había confundido. Entonces se paró en seco. Si yo me he confundido con el coche, el dueño del otro coche también se podía haberse confundido con el maletero del coche. Lo que explica que él no sospeche eso que hay en el maletero que da golpes, y que parece a todas, todas, un hombre maniatado. De ser así, no podía abrir el maletero en medio de la calle. Qué diría la gente cotilla, esa que siempre mira cuando un maletero se abre, al comprobar que dentro hay un hombre maniatado, difícil de explicar la verdad, pues todo eso pasó en ese breve trayecto por la cabeza de José Luis , que no lo dijimos, pero esta cabeza tiene nombre, como todas las cabezas por las que pasan cosas.


Ahora latía el corazón con mucha mas fuerza y con mucha mas lentitud. TUMMMM... TUMMMM... TUMMMM. Lo oía, el sonido era tan claro que creía que todo el mundo podía oír su corazón. TUM... TUM... TUM. Volvió al asiento del conductor. Se sentó, quería pensar, pero aquellos golpes no le dejaban. Pum, pum... pum, pum. Arrancó, no tenía muy claro adonde ir para abrir el maletero. En el ambiente había una mezcla de fuertes latidos de corazón con golpes en un maletero: TUMMMM... pum, pum... TUMMM. Era insoportable. Puso la radio a todo volumen. No era capaz de pensar con claridad, el tráfico, la radio y los TUMM y pumm. De todo aquello solo sacó una cosa clara: tenía que ir a algún sitio donde pudiera abrir el maletero sin que nadie pudiera verlo, algún sitio cerrado, algún sitio como su casa de fin de semana en la sierra. Allí era donde se dirigía. Por el camino, solo pensaba en la historia del hombre que tenía en el maletero. ¿Qué había hecho? ¿Qué cuenta había dejado de pagar? ¿Le estaban secuestrando? Este acontecimiento, que le arrastraba hacia su casa de la sierra, le había hecho olvidar que hoy era el cumpleaños de su suegra, y que estaba invitado a comer y, además, que era la hora de comer. Por lo que sonó el móvil, no lo cogió, pero volvió el corazón con sus TUMMMM largos y sonoros. Era su suegra, ya la llamará. Ahora empezaba la zona de curvas. Pensando, pensando en todo lo sucedido, su cabeza se dividió en dos, y las dos mitades empezaron hablarse entre ellas sin contar con él. Como dos amigos en un bar.


- Ahora le tendrás que matar.

- ¿Pero qué estás diciendo? ¿Por qué?

- ¿Qué crees que va pensar el hombre de ti cuando le saques del maletero?

- No sé, se lo explicaré.

- Pongamos que se lo explicas y lo entiende, entiende que es un error, entiende que le has llevado a 100 kilómetros para sacarle del maletero. Lo lógico es que luego se lo cuente a la policía, a ella también se lo tendrás que explicar y lo entenderá. Pero pongamos que por lo que sea a este hombre no le interesa que nadie se entere que sigue vivo, porque seguramente el que lo quería matar siga queriendo matarle, puede que de cuenta de ti, ¿no crees?

- Pues le saco del coche y le dejo me medio del monte.

- Ya, pero cuando vaya a la policía, tú serás la única pista, tú serás al que busquen. Y has pensado que al que le quería matar no le va ha gustar que este personaje siga vivo, a lo mejor te busca, sabe que tiene un coche igual que el tuyo.

- Si, todo es un problema, pero no puedo matarle, yo no he matado nunca a nadie, eso no va conmigo.

- Quema el coche, con él en el maletero, tíralo por un barranco...

- Hay que pensarlo bien, esto es una locura.

- Tenemos un problema que hay que resolver antes de que se haga mas grande.


Volvió a sonar el teléfono, volvió el TUM... TUM... un vistazo, a ver quién es ahora, una curva que está donde tiene que estar, pero ahora es uno el que no está en lo que tiene que estar, el coche que se va por el monte abajo, y aunque uno intenta frenar las hojarasca que hay en el suelo le llevan contra un árbol, que llegó antes y que ahora no hay quien lo mueva, y José Luis impacta contra el cristal delantero, un golpe con la frente, y un retrogolpe con la nuca en reposacabezas del coche, y queda con la cabeza sobre el volante, sin vida, con los ojos abiertos y la mirada perdida hacia el bosque, se ha ido, dejando los planes de asesinato de un hombre que tiene en el maletero pendientes.


Nos vamos flotando, alejando de la escena, como si ahora fuéramos el alma de José Luis que se ha vuelto viento, y volvemos la mirada atrás, y vemos un árbol que pudo con la embestida de un coche, un coche arrugado del que sale humo del motor, un conductor que descansa con la cabeza en el volante y la mirada perdida, y un maletero que del impacto parece que ha quedado abierto, y volvemos, volvemos con todas las fuerzas de la curiosidad para ver el rostro del que teníamos que matar, nos cuesta, somos parte de un viento que sopla en otra dirección, pero nos vamos acercando a esa línea entreabierta del maletero. Ahora podemos oír el pum, pum... y si siguiésemos teniendo corazón oiríamos el TUM... TUM... Y con nuestra presencia el maletero se abre de golpe, vemos un maletero forrado con papeles de periódico, y vemos dos conejos con las piernas atadas, que luchan por su libertad. Uno negro con un ojo y una pata blanca, y otro blanco con una oreja negra. Pegan un salto y salen del maletero. Ya en el bosque se mueven torpemente, pero se van alejando del coche. Nos queda una sonrisa, como la tranquilidad del que no tiene que matar a nadie, una sonrisa irónica como qué cosas tiene la vida, una sonrisa de esas que se pueden tener aun sin tener cara.


Suena el telefono. Son las 12:30 y acaba de discutir con el jefe, y cada vez que discute con el jefe le dan ganas de mandarle a tomar por culo. Así descuelga la llamada. Era su madre:


- Qué pasa, mamá, me pillas en mal momento.

- Oye, comes donde Carmen, que digo...

- Si, si, dime - dice, simulando que hacía un caso que no hacía.

- Que te he metido en el maletero dos conejos que trajimos del pueblo para ella. ¡Tírala de las orejas de nuestra parte!

- Si, si yo la tiro de las orejas, un besito, !te dejo que tengo jaleo¡ - y colgó.


Se levantó con el cabreo que tenía y se fue al despacho de Pérez, su compañero.


- Yo a este no le aguanto mas, no se tú, pero yo voy a pedir traslado. Me voy, si me busca, dile que he ido a correos.



Nino Martínez


EL TÍO JOHN


Está amaneciendo y un hombre camina por el centro de una carretera. No hay ninguna población en 70 millas, no hay nada que haga pensar que ese lugar está colonizado por el hombre salvo la carretera que el desierto se está comiendo. El viento mueve la arena de un lado a otro, de derecha a izquierda, pero poco sabemos si la derecha es norte o sur, este u oeste, la arena se deja mover sin preguntar a donde la llevan, y si a ella no le importa, a nosotros menos nos debe importar.

En resumen, dos líneas, la del horizonte que divide la tierra del cielo, la de la carretera que divide el desierto en dos mitades, pero que parece que lo multiplica y un fonanbulista camina por esta última con cuidado de no caerse.

Calza unos elegantes zapatos italianos, sucios y con el cordón derecho desatado. Hacía dos días estaban en el escaparate de una prestigiosa zapatería de New York, ahora nadie diría que eran los mismos. US$540. El traje, no muy lejos de la zapatería, en una tienda especializada en bodas, recomendada por su hermana. Ahora con polvo y arrugas. US$1600. Una pena, habían perdido todo el valor en poco tiempo.

De repente suena una melodía, la banda sonora del mago de Oz. Eran las 8:15 de la mañana. El hombre se para y se echa la mano al bolsillo. Era la melodía que tenía en el móvil. Al sacarlo se caen unas llaves con el símbolo de Mercedes. El hombre duda un momento, las mira mientras sigue sonando la melodía. No hace por recogerlas, allí las deja, continúa su caminar mientras descuelga el móvil. Se frota un ojo.

- Hola, Fran, enhorabuena.

Ya sabemos que este hombre se llama Fran.

- Gracias Paul.

- Estás nervioso.

- Algo.

- Perdona, sé que no es el mejor momento para llamar pero es que no se donde he dejado la invitación con el plano. Era por la carretera de Sunset, un desvío que se encuentra a 4 millas, rancho...

- Si, rancho Melrouse, hemos colocado un cartel en la misma carretera, así que creo que va a ser difícil que nadie se pierda.

- El tío John, ese sí que se pierde.

Se oye la risa de Paul.

- Si, el tío John.

Se oye la risa de Fran.

- Oye, al final, ¿la luna de miel en Orlando.

- Si, no nos vamos a complicar, a Grace la hace ilusión Disneyworld desde que fue su hermana, así que allí iremos. Perdona que te pregunte por tu madre, Paul, estamos preocupados.

- Te enteraste, no queríamos decir nada por eso de no amargar la fiesta, pero estas cosas son así, no entienden de mejores ni peores momentos. De todas formas está muy contenta con los médicos y tiene esperanzas.

- A ver si todo va bien. No hace falta decir que si necesitáis cualquier cosa la pidáis, sabéis que el padre de Grace es médico, y lo que esté en nuestra mano. Mi madre quiere ir a verla pero la he dicho que espere a que sepamos algo más.

- Cuando ella quiera, la va hacer mucha ilusión.

- Perdóname, Paul, te tengo que dejar que aquí tengo mucho jaleo…

- Sí, si, no te preocupes, perdóname a mí. Luego te veo, un abrazo, relájate que todo va a ir bien.


Fran cuelga el móvil y lo guarda en el bolsillo de donde lo sacó. De un lado de la carretera sale un coyote que olisquea las llaves que quedaron en el suelo. Mientras Fran sigue andando en línea recta, buscando el punto donde ésta se corta con el horizonte, por el centro, para no caerse a ninguno de los lados del desierto. Ahora vuelve a sonar la melodía del Mago de Oz.

Nino Martínez

8 de febrero de 2010

RESTAURANTE CHINO


Aquel era un día especialmente caluroso, de esos en los que el sudor es la capa mas externa del cuerpo y te sientes incómodo con cualquier tipo de ropa. Se acercaba la hora de comer y vi aquel restaurante chino; no me lo pensé dos veces. Normalmente no como en restaurantes chinos por alergia de mi mujer al glutamato, pero siempre que tengo que comer fuera y la oportunidad se me presenta, allí es donde como. Entré intentando esquivar el calor, más que intentando llenar el estomago.


Había una especie de antesala donde se encontraba una estatua de un gordo calvo y todo de color rojo. Me sonreía, y sin quererlo, la mano derecha ya estaba tocando su barriga. Debía de ser costumbre, pues ya estaba tomando un tono blanquecino, me imagino por el roce de innumerables manos derechas.

Allí se supone que era donde tenía que esperar a que me dieran mesa, pero no vi a nadie así que me tomé la libertad y entré. Siempre pensé que los chinos tienen un gran libro, donde se explica cómo hacer las cosas: “Lección 23: cómo decorar el restaurante”, y de esta forma son todos iguales, porque todos los chinos siguen su gran libro.


Un amplio salón poco iluminado. Barata moqueta roja en el suelo, con muchas manchas que concienzudamente se han tratado de limpiar, y como la tripona del Buda, el color va tornándose a tonos mas claros. Sillas altas, de madera negra, con tapicería estilo Luis XVI que no armoniza con nada, y en las que nunca he encontrado la posición de “estoy cómodo”, todas ordenadas y preparadas para un desfile militar. Podría seguir contando cómo había farolillos rojos en el techo, y hablando de los estucos de bambú y de las copas de cristal ralladas de tanto lavado. Todo eso queda asumido, aunque me gusta buscar todos esos detalles que lo hacen sentir a uno en un verdadero restaurante chino.


Me llamó poderosamente la atención una mesa que rompía aquella virginidad de orden. Parecía que uno de sus ocupantes había salido con prisa dejando la silla fuera del orden, y la salida del otro no había sido tan repentina: en la visión de la escena estaba escrita toda la historia. Mientras me sentaba iba viendo cómo el hombre que se levantó con prisa había comido con ansia, pues había manchado el mantel de salsa agridulce, y la copa de vino también se le había caído. Al fondo, en la cocina, se oían voces. De haber sido en castellano, creería que había una pelea, pero de todos son sabidos los tonos de los chinos, que parece que se van a sacar los ojos pero se están dando los buenos días.


En el ambiente flotaba una musiquita relajante, que contrastaba con los chillidos de la cocina. Me imaginaba a la chica que cantaba en un campo de cerezos en flor mientras un viento movía las flores y su pelo, mezclándolo y transformándolo en notas musicales. De repente, mientras miraba un gran cuadro donde se veía un río en el que por medio de algún truco parecía que el agua se movía, vino a mí la descabellada idea de que los chinos estaban discutiendo porque se había muerto el abuelo chino y estaban decidiendo en qué platos del menú incluirlo. Al principio me hizo hasta gracia, de todos es sabido que en nuestro país no ha muerto aún ningún chino.


El camarero seguía sin aparecer. Volví a investigar la mesa que rompía la armonía. A la derecha del lugar que debiera haber ocupado el hombre con prisas había un gran montón de libros apilados, viejos y muy usados, y muy poco interesantes. Ahora sentía cómo al rededor se movía la chica que cantaba en el campo de flores que movía el viento, y con ella bailaba el viejo que había muerto, y a cada vuelta que daban a mi alrededor se iban transformando en diferentes platos del menú. La espera ya rozaba lo políticamente correcto.


Ahora pude ver algo que se me había pasado por alto: un maletín que asomaba de la silla de enfrente del hombre que había comido con ansiedad. Encima del maletín asomaba lo que parecía la culata de una pistola. De repente volvía hacer calor, y el viejo que daba vueltas a mi alrededor con la chica que cantaba, y que se iba transformando el platos del menú, se transformó en mí. La casualidad quiso que todo mi entorno se oscureciese, o quizás fue mi vista la que oscureció todo. Me levanté con todo el cuidado que pude para que el camarero siguiese sin percatarse de mi existencia, ahora ya no tenía prisa por ser atendido. Mientras me iba sigilosamente, pude ver cómo aquellas manchas claras del suelo se tornaban rojas, más rojas que la moqueta, rojas color sangre. Los chinos seguían discutiendo, la china cantando, yo ya estaba en la antesala y mi mano volvía a la barriga del rojo Buda, pero ahora al volver a mirarlo no me pareció tan simpático.

Volví al fuego de la calle, pero ahora ya sin hambre.

Nino Martínez



martes, 23 de marzo de 2010

Finales sorpresivos


EL CONVITE


Yo sabía que el convite acabaría en drama. “Vamos a celebrar nuestras bodas de oro y queremos que vengáis” me dijeron tío Roque y tía Teresa. No podía negarme. Y no era por tratarse del hermano mayor de mi padre y una especie de tutor de la familia; era porque sabía que estaba enfermo y pensé que tal vez fuese la última ocasión de cumplirle un capricho, aunque éste fuera tan complicado como reunir en la misma mesa a dos hermanos que llevan sin hablarse veinte años. Mi padre lo vio de otro modo: “Tenemos que ir porque nos invita tu tío Roque, no podemos hacerle un desaire. A los otros, con no hablarles ya está; como cuando vivían aquí y te cruzabas con ellos por la calle”. Cuando mi padre dice “tu tío Roque” pone acento de posesión, no porque le importe su hermano sino porque sabe que le queda poca vida y quisiera que fuésemos los herederos únicos de su fortuna. Aunque yo le recuerde que “los otros” como él dice, son tan sobrinos de Roque como mis hermanos y yo, no me hace caso. La codicia no le deja razonar.

Tío Roque y su mujer pensaron siempre que el conflicto entre mi padre y su hermano Cosme era un enfado feísimo que tenía que acabar algún día. Tal vez al principio hubiera sido más fácil, porque al menos entonces sabían por qué se odiaban, pero después de tanto tiempo, el rencor se convierte en ley y como tal es inútil buscarle un origen; lo que hay que hacer con la ley es cumplirla a rajatabla, que es lo que hemos hecho desde entonces ambos bandos de la familia.

Cuando pasó aquello, yo tenía quince años y desde entonces me acostumbré a dividir mi vida en dos etapas: antes y después de que estallara el conflicto. Lo anterior era lo feliz, lo hermoso, lo inocente, lo definitivamente perdido; lo de después era vivir con una sombra levitando sobre la cabeza, un despertar cada mañana con la conciencia descarnada y la memoria dispuesta para recordar siempre lo mismo. Los que éramos chicos entonces lo vivimos como una catástrofe que desbordaba nuestro entendimiento. ¿Cómo comprender que mi primo Luis, que por la mañana jugaba conmigo al balón, ya no continuaría el partido después del almuerzo? ¿Cómo explicar que mi tío Cosme nos echase aquel día de su casa para no volver a pisarla nunca más, cuando era un sitio donde estábamos a todas horas? Mi primo Luis estaba tan despistado como yo y mi prima Leonor lloraba en un rincón. Pero los hijos de entonces no rechistábamos y aceptábamos las decisiones de nuestros padres, aunque no las entendiéramos. A mí, sinceramente, me parecía y aún me parece que la finca de la discordia no valía tanto sufrimiento.

Yo soy el hijo menor de Damián Varela; me llamo Venancio y me conocen en todo el pueblo por “La vicetiple”. Fue el mote que me tocó en el sorteo de insultos y agravios con que nos obsequiamos unos a otros, a partir del día de la riña. El odio, como el amor, hay que alimentarlo para que crezca y se mantenga. En mi caso, la ocurrencia fue de mi tío Cosme y se basó en que, por algún problema de mi laringe, mi voz no cambiaba como el resto de mi cuerpo y seguía siendo aguda.

Mi padre y tío Cosme eran hermanos gemelos y físicamente idénticos, y hasta que ocurrió aquello jamás habíamos tenido noticia de desacuerdo alguno entre ellos. Yo era huérfano de madre y pasaba más tiempo en casa de mi tío que en la mía. Allí jugaba con mis primos, Luis y Leonor, que eran mas de mi edad que mis hermanos; allí estaba también mi tía Rosario, la que llamaban “la negra”, mujer alegre y guapa donde las hubiese. La llamaban “la negra” sin serlo, ni siquiera era mulata, era simplemente morena y a los lugareños debió impresionarles la uniformidad del color de su piel, porque las mujeres de aquí tienen curtida la cara, los brazos y las piernas hasta media pantorrilla, pero cuando por accidente enseñan algo más, se ve que son más blancas que la cal. Mi tía Rosario era igual de pies a cabeza; eso se adivinaba en la línea de sus escotes generosos y se constataba en sus muslos cada vez que la brisa del mar le arremolinaba las faldas. Desde muy pequeño, yo sabía que tía Rosario era diferente. Su forma de hablar tenía otra cadencia, se vestía con batas estampadas de flores, cuando las mujeres del pueblo iban siempre de negro, y llevaba el cabello suelto en cascada sobre la espalda, cuando las demás lo llevaban recogido bajo un pañuelo; era risueña en un lugar donde casi nadie ríe, y cantaba canciones que sólo ella conocía.

Yo adoraba a mi tía y que me dijeran que venía del otro lado del mar me parecía lo justo, porque aunque yo no supiera entonces dónde estaba el Caribe ni cómo era la gente de allí, suponía que habría de ser el Paraíso, lleno de ángeles felices y cariñosos que se vestían con telas de flores. El cómo llegó a nuestra costa con su hija Leonor, es algo que nunca supe, pero sé que cuando me contaron que Leonor no era mi prima carnal, yo era todavía un niño y anduve nervioso varios días; supongo que empecé a mirarla de otro modo y fue así como me enamoré de ella. El día que cumplí quince años me atreví a pedirle relaciones; lo hice sin pensarlo mucho, que es como me gusta hacer las cosas. Ella tenía unos meses más que yo y parecía bastante mayor, pero debió gustarle mi vehemencia porque me aceptó sin vacilaciones, aunque dijo que convendría guardarlo en secreto por algún tiempo, para que no nos separasen. Después, pasó lo que fuera entre nuestros mayores y nos separaron para siempre.

El perder a los que yo consideraba mi familia, muy por encima de mi padre y mis hermanos, fue la peor de mis desgracias. Supe que se iban del pueblo unos años después y me las arreglé para hacerme el encontradizo con tía Rosario. Me sonrió, como siempre y me dio un abrazo sincero. Yo le hablé de la pena que sentía, de que no se podía entender que dos hermanos pelearan por una finca… Me contestó:

- Ay mi niño, la cosa venía de atrás, no pelearon sólo por la finca, también pelearon por mí. Tu padre también me quería. Pero claro, conocí antes a Cosme y ya estaba yo encinta de tu primo Luis.

- A mí no tienes que darme explicaciones, tía. Lo que siento de verdad es que os marchéis. Yo nunca os he guardado rencor, no tengo por qué.

Se marchó llorando y no volví a verla nunca más. Hace un par de años supe que había muerto y lo comenté con mi padre, intentando tocar en él alguna fibra sensible que lo volviese humano a mis ojos. “¿Que se ha muerto la negra? Pues que nos espere allí muchos años”, contestó con aspereza.

Esa ha sido mi vida desde que me quedé sólo, porque para mí quedarme con mi padre es estar solo. A mí el viejo nunca me ha querido; yo creo que me consideraba culpable de que mi madre hubiera muerto a causa de mi nacimiento. Y, sin embargo, para su castigo, fui yo el que se quedó en casa para que me viera todos los días. Mis tres hermanos, sus queridos hijos mayores, se marcharon hace tiempo a vivir su vida, le llaman por teléfono en Navidad y con eso ya cumplen. También ellos estaban llamados al convite de tío Roque, y oí que mi padre les pedía que vinieran: “Por Dios, no nos dejéis solos a Venancio y a mí, que los otros son muchos”. A mí me daba igual si venían o no, lo que me tenía los nervios alterados era encontrarme cara a cara con mi otra familia, sobre todo con Leonor.

El día anterior al banquete me encontré en la calle con Luis. Seguía con su aire desenfadado y jovial y hablamos de muchas cosas, como si en el pasado no se hubiese abierto un abismo a nuestros pies. Pero cuando se despidió, me dijo:

- No sé si darte un abrazo o dejarlo para el convite.


- ¿Por qué?


- Porque estoy convencido de que tío Roque intentará que tu padre y el mío hagan las paces. Y estos dos, sabiendo que el hermano se está muriendo y con lo que les gusta el dinero, no creo que vayan a contrariarle. Se abrazarían al mismísimo diablo.


- A estas alturas, a mí me da igual. La vida ya me la desgraciaron en su día.


- Mira, Venancio, lo mejor que puedes hacer es irte de aquí y olvidar, que es lo que hemos hecho mi hermana y yo. Por tu padre no te preocupes, no se lo merece; el mío vive solo, y si ahora hacen las paces no me extrañaría que volviesen a vivir juntos.

Le pregunté por Leonor. Me dijo que llegaría al día siguiente con su marido, que estaría solamente para el convite y se irían enseguida. Habían dejado a los niños con unos parientes.

- ¿Y tú también te vas con tanta prisa? – indagué.


- ¡Que remedio! El lunes, mi mujer y yo tenemos que trabajar.

- ¿Y no vais a volver?


- ¿Para qué? A esto ya no nos ata nada.

Aquel día llegaron también mis hermanos, pero yo estuve taciturno toda la tarde, porque las dos personas que más me importaban iban a volver a pasar por mi lado sin detenerse. Y empecé a idear un plan.

Al día siguiente, el gran día, nos congregamos todos ante el altar mayor, porque los tíos volvían a casarse. Yo entré el último y me subí al coro. Desde aquella posición privilegiada tenía una visión general del conjunto. Ante el altar, los novios y los padrinos, unos amigos de la pareja que nosotros no conocíamos. Seguramente los habían elegido así para evitar más conflictos. Cada bando de la familia se había sentado a un lado del pasillo central, unos a la derecha, otros a la izquierda; y así permanecieron, inmóviles todos, hasta que acabó la ceremonia. La iglesia estaba llena de curiosos, de los que dicen que están allí para oír misa, y yo les veía cuchichear y sonreír; seguramente comentaban la rigidez de mis familiares, que en ningún momento giraron el cuello hacia el otro lado; era como si no existiese la otra fila de bancos. Cuando vi que se disponían a salir, bajé el primero y me puse en la puerta porque quería saludar a Leonor, a la que solamente había visto de espaldas, pero ella salió del brazo de su marido, y me dedicó un “Hola, Venancio” y una sonrisa de compromiso. No sé si era pena o nostalgia, o era que seguía dolorosamente enamorado, pero me sentí tan lleno de amargura que seguí urdiendo mi venganza.

Después fuimos al restaurante. Allí, como en la iglesia, cada bando se dispuso a un lado de los novios; en el nuestro, a continuación de la madrina, mi padre, mis hermanos y sus esposas, y por último yo, como una isla. La comida transcurrió sin incidentes y las conversaciones se fueron animando con las viandas y el vino. Yo también había bebido, pero seguía callado, pensando. No podía dejar cabos sueltos. Al llegar los postres, tanto unos como otros, se levantaron con sus regalos para la pareja. Yo me quedé sentado, dije que no me encontraba bien y a nadie le extrañó, pensaron que había bebido demasiado. Todos los regalos fueron muy celebrados, trajeron la tarta nupcial, hubo besos y aplausos. Y llegó la hora de los discursos. Tío Roque para eso es un maestro. Se levantó, elogió a su esposa y los cincuenta años vividos con ella: “Viviría otros cincuenta a su lado, si pudiera, pero sé que no es posible, que me queda poco tiempo entre vosotros. De todas maneras, no puedo quejarme, he tenido una vida plena y feliz, una mujer maravillosa, una familia estupenda… Solamente hay un detalle que me hará marcharme de este mundo con tristeza, si no puedo solucionarlo antes; Cosme y Damián, mis queridos hermanos pequeños, os he visto nacer y crecer, he jugado con vosotros y soportado vuestras travesuras cuando erais niños inseparables, pocos hermanos se habrán querido tanto como vosotros. Y la verdad es que me produce mucha pesadumbre veros enemistados desde hace tanto tiempo. Podéis elegir entre verme morir feliz o enfadado con vosotros por toda la eternidad. Es muy fácil: levantaos ahora y abrazaos aquí, delante de vuestros hijos; sólo tenéis que andar unos diez metros, os dais un abrazo y aquí no ha pasado nada”.

Era verdad lo que había dicho Luis. Vi como se levantaban ambos hermanos, y se disponían a encontrarse y abrazarse al lado de tío Roque. A mí me resonaban sus palabras en la cabeza. ¿Cómo podía decir “aquí no ha pasado nada”? ¿Cómo borrar con un abrazo veinte años de rencor y maledicencia? ¿A mi quién me devolvía la juventud malograda, la ilusión del primer amor, el cariño de tía Rosario, lo más parecido a una madre que había conocido, mi dignidad de persona, aunque tuviera la voz atiplada? No podía dejar de pensar en lo todo lo que se había perdido en mi vida por la cerrazón de aquellos dos hermanos que ahora se disponían a abrazarse sin ningún remordimiento.

Tenía que actuar inmediatamente, llevar a cabo mi plan antes de que fuera tarde. Si me salía mal, siempre podría decir que estaba borracho, y además me daba igual si me perdonaban o no, pero si me salía bien, se acabaría para siempre tanta tontería. Me levanté como poseído de una furia incontrolable, con un cuchillo en la mano: “Sois un par de cabrones y me las vais a pagar” grité, y mi voz sonó más chillona que nunca. Después todo ocurrió muy deprisa, antes de que los invitados pudiesen reaccionar. Mi tío Cosme tenía a su lado el cuchillo largo que se usa para cortar las tartas nupciales, lo cogió y dijo: “Venancio, no sigas, no seas loco”, pero yo no le hice caso y seguí dando zancadas con paso firme hasta que noté que la hoja larga y afilada se hundía en mi estómago. Y caí al suelo, sin vida. Mi plan había sido perfecto y mi venganza estaba consumada.

Y aquí estamos otra vez en la Iglesia, los mismos que anteayer, mismo cura, mismos invitados, mismos curiosos. Solamente falta tío Cosme, porque le tienen declarando en la comisaría. Dirá que fue un accidente, que no quería matarme, que tuvo miedo, que fue en defensa propia, pero no le creerán, sobre todo porque él empuñaba un cuchillo larguísimo y yo uno de postre. Además, me da igual que le suelten o no; me tendrá de todos modos en su conciencia. Hay que reconocer que mi plan era bastante bueno, porque que te maten y parezca un suicidio es difícil, pero que te suicides y parezca que te han matado, eso es rizar el rizo. Ahora, mientras el cura recita responsos sobre mi féretro y mis hermanos se miran cariacontecidos, mi padre gimotea abrazado a su hermano Roque, preguntando qué va a ser de él ahora que yo no estoy, y el pobre hombre le contesta que no se preocupe, que no va a faltarle de nada, de eso se encarga él. Y yo no me río, porque no está bien reírse en los entierros.

Milagros González


LA FIESTA


Dos camareros, perfectamente uniformados y maestros en el arte de pasar desapercibidos, abrieron, lentamente y sin estruendo, las dos amplias puertas vidrieras que comunicaban el gran salón con el jardín.


Aunque diseñado hasta el último detalle por una costosa empresa de jardinería, era capaz de transmitir una sensación de calidez y acogimiento, como si de la casa de un amante de la naturaleza se tratase, y no del probable jardín en serie de un hotel.


Muchos de los invitados sofocados, por bailar unos y por la creciente concentración de humo de tabaco otros, agradecieron esta nueva vía de escape que ante ellos se abría. Con voracidad y la garganta seca se lanzaron al servicio de bar, que al fondo resaltaba por la blancura de la barra sobre la que dos camareros se apresuraban a servir las consumiciones, que aplacarían la sed de aquellas gargantas.


Hubo quienes no salieron, pues una vez descargado de humo del ambiente la temperatura en el salón era algo más cálida. En el jardín la que no bailaba o tomaba algo de alcohol llevaba el chal sobre los hombros. Además en cuanto a comodidad los sillones del salón no tenían comparación con las sillitas metálicas de jardín.


Uno de estos sillones está situado en una esquina, solo, alejado del centro de la sala donde todos se esfuerzan por estar para conversar unos con otros. Hacia ese sillón Lucas encaminó sus pasos. Desde allí puede ver todo lo que ocurre en la fiesta, como si del teatro se tratase. Cómo hablan, cómo bailan, cómo beben, cómo fuman...


Los trajes de las señoras desatan todo tipo de emociones en su mente. Hay algunos destellos procedentes de las telas cuando la luz de las inmensas lámparas de cristal inciden de una determinada manera sobre ellas.

Ahora brilla, ahora no, si, no...

Los adornos brillantes en el cuello, las manos, los dedos, las orejas...


No había dos vestidos repetidos. Se alaban unas a otras su elegancia, belleza y sobre todo la originalidad del atuendo. Pero hasta un niño notaría que en el fondo todas esas alharacas son una vía de escape a la tensión, generada en ellas, ante la perspectiva de ver en el mismo lugar un vestido igual o parecido al suyo, con una señora dentro más joven, más guapa o con mejor figura.


A los señores, en cambio, no parecía importarles mucho vestir de uniforme. Los cambios en ellos eran leves, como mucho, tras una observación muy atenta, algo en la textura de la tela. La presión soportada por la tela de la chaqueta en la zona abdominal era la única variante visible de unos trajes a otros.


Existían dos clases de chaquetas, con pulgas y sin pulgas. Las distinguimos unas de otras porque en las primeras su dueño no sabe si acercársela al cuello o separarla, por miedo a que le piquen tan molestos parásitos, y opta por ambas posiciones alternativamente, en mínimo espacio de tiempo.


Hay un señor que llama más su atención. Moreno, pelo pegado, perfectamente afeitado, los ojillos risueños, abundantes los gestos, y que toca mucho a su interlocutor más cercano. Es gordete, con su papada parece un Papá Noel de negro. Por supuesto, chaqueta sin pulgas. Olía muy bien.


La rubia de bote, con el vestido morado, debe ser su mujer.

Parecen bolas de billar, por sus movimientos. Se juntan brevísimamente, acercan sus cabezas, parece que hablan, para acto seguido salir despedidos cada uno a una banda opuesta. Les deseó fervientemente que no cayesen por ninguna tronera, porque eran unas buenas personas que habían tenido la amabilidad de invitarle, no le cabía duda que fueron ellos, a una fiesta tan bonita y alegre.


Hacia él se dirigía un camarero con una gran bandeja llena de vasos largos de diferentes colores. Depositó un platito con varios tipos de canapés sobre una mesita situada al lado del sillón, e inclinando la espalda le puso a la altura de la cara la bandeja, para que cogiese el que más le gustara de los vasos de colores. “Qué camarero más amable” pensó. “Con sus detalles y sus gestos me ha hecho sentirme especial toda la noche. Es bueno. Gracias a él he sido partícipe de la alegría de la fiesta, sin necesidad de verme obligado a entablar relación con nadie. Es hipócrita tratar a la gente como si la quisiéramos, es una confusión. Los sentimientos tienen que ser claros”. Tomando un vasito de color naranja sonrió tímidamente a la vez que le daba las gracias en un tono muy suave de voz.


Mientras saboreaba su refresco, pensaba que Díaz Salazar tenía razón. Lo pasaría bien. Empezaba a ver infantil la escena que había montado en casa cuando le llegó el sobre con la invitación. Pero Pablo a veces es muy entrometido, por muy psicólogo que sea.


- Salazar, al bueno de Lucas le ha llegado una carta con membrete de la Comunidad de Madrid. Le invitan a una fiesta. Debe ser una jornada de convivencia - decía Pablo, para luego acabar en un susurro audible solo para el propio Salazar.


- Vaya, vaya, Lucas, así que te vas de fiesta. Que suerte. ¿Dónde es? ¿Alguna discoteca? - preguntó Salazar.

- En la Castellana. En el Villamagna. Pero no pienso ir. ¿Si no me conocen por qué me invitan? Si yo hiciese una fiesta solo invitaría a la gente a la que quiero.


Díaz Salazar solía decirle que para querernos las personas primero nos debemos conocer. Pero su madre le quiso mucho y nunca necesitó de tanto artificio para ello. Si no fuese por lo joven que murió, ahora viviría con ella. No necesitaría hablar ni conocer a nadie.

Ha parado la música. ¿Por qué? Era muy agradable tenerla como fondo de las escenas que se desarrollaban ante sus ojos. El que seguro que es el anfitrión va a hablar. Pide atención. Ya puede decir algo interesante. ¡Qué afán de notoriedad!

Ante la atenta mirada de todos los convocados, en la sala se deshace en elogios y agradecimientos a varios señores y algunas señoras, que le responden con algún leve movimiento de cabeza y una amplia sonrisa en los labios.

“Vaya, esas luces cegadoras. ¿De dónde habrá salido tanto aficionado a la fotografía? ¿Y al vídeo? ¡Madre mía! A juzgar por el precio que deben tener todos los instrumentos de los chicos se nota que la fiesta es de nivel. De todas formas no está bien que no hayan seguido la etiqueta en el vestir. En la invitación, decía claramente, se requiere smoquin. ¡Que desobedientes!¡Ah! ahora nos habla de la Salud Mental en la Comunidad de Madrid. Quién lo hubiera dicho, con lo aplomado que parece. Bueno, si respeta su medicación, es fácil que llegue a ese equilibrio”, pensaba mirando desde su sillón.

- Esta empresa – decía el anfitrión- será pionera dentro de la Comunidad, y ustedes se beneficiarán, indudablemente, de esta apuesta que hacen por ayudar a muchos enfermos que tienen una necesidad real de nuestros servicios, ya que la Consejería de Sanidad no puede hacer frente a este gasto puntual.

Continuó hablando y hablando de los beneficios para la autonomía de muchos enfermos mentales y de las ganancias que reportaría la empresa que gestionaría los pisos tutelados que estaban demandando las familias de dichos enfermos.

- Esta noche no ha podido asistir el doctor Díez Salazar, psiquiatra. Director de un programa muy ambicioso con enfermos…

“Qué cansancio oír al al atildado esté. Parece una máquina no se calla. Corre tanto que le ha llamado a Salazar, Díez Salazar”. Mañana cuando se lo contara se iban a reír. Siempre les había hecho mucha gracia el hecho de llamarse igual, pero con una pequeña diferencia, él era Lucas Díez Salazar y el médico Lucas Díaz Salazar.

Con lo cual Díez Salazar, si ha venido, listo.

Un momento, entonces la invitación que le hizo, quien él quería que viniese...

- Me une con él una gran amistad de juventud - seguía con su discurso - es una persona integra y luchadora que...

“No puede ser posible, encima dice que es su amigo, pero si el figurín lo que quiere es usar a Salazar para sacarle dinero a las de los brazos como jamones y a los barrigudos. Qué descaro. La gente es mala. Dicen que se quieren, se han estado dando besos, abrazos y apretones de manos toda la noche unos a otros, y es por interés. Hace un elogio de la amistad y están sonando todos los cerebros como cajas registradoras. Los que no tienen dinero para invertir siguen bebiendo en el jardín. Han debido venir por hacer bulto”.

No puede seguir oyendo esas majaderías, debe hacerle callar.

“¡Un momento, Lucas, reflexiona!” se dice a sí mismo. Es lo que siempre le dice Pablo. “Es cierto, hay que hacerle callar bien. De una manera educada. Mamá siempre me decía que yo puedo hacer lo que haga cualquier persona pero mejor. Con solo concentrarme y no dejar que mis acciones avancen más que mi propio razonamiento. Sí puedo”.

Ahora solo le falta el método para hacerle callar. Tiene que ser infalible y elegante. Nada de sangre gratuitamente, que se manche todo y las señoras empiecen a chillar, además hay a su lado un piano de cola que se llenaría de salpicones, y quitarlo antes resultaría muy aparatoso.

Nada mejor en estos casos que el descabello, rápido, efectivo, limpio. Es verdad que en la suerte de estoque recurrir al descabello empaña un poco la faena, pero para este caso concreto está más que justificado. Buscó con ahínco, pero solo encontró un cuchillo de picar hielo en una cubitera. Tenía que correr, pues estaba preparado para llevárselo alguno de los camareros.

El plan estaba perfectamente trazado, a ejecutar. Se lanzó sobre el orador por la espalda. Dos hombres de gimnasio se abalanzaron a por él sin conseguir apresarle. La nuca, blanca, rolliza, se mostraba ante él por encima del cuello de la camisa. Era imposible fallar.

Se concentró y descargó con toda su fuerza el puntillazo. En ese momento notó como si los brazos se le partieran en pedazos. Con los pies no tocaba el suelo.

No podía ser, ese gordo, con la puntilla clavada en la nuca, chillaba como un gorrino, la faena había sido limpia y perfecta, pero infructuosa, pues el gordo corría por toda la habitación. Aunque le arrinconaran y le marearan, no doblaría. Muy al contrario, parecía haberse encabritado todavía más. Era más peligroso así, pues podía embestir.

El dolor de los brazos se hacía más intenso y seguía sin apoyar los pies en el suelo. Sintió un fuerte golpe en la cabeza, y mientras se desvanecía pensaba: “por lo menos se ha callado el majadero”.


Carmen Díaz García


INCIDENCIA NO REGISTRADA


Aeropuerto de Madrid-Barajas. 22:30 hora local

El embarque del vuelo XX9256 con destino a Tel Aviv estaba a punto de iniciarse. El personal de la compañía ya había llegado a la puerta y los pasajeros comenzaron a arremolinarse a su alrededor. Respiró hondo, tratado de calmarse. Aquellos dos tipos no parecían estar por allí. Tal vez había conseguido darles esquinazo al pasar el control de pasaportes. De todas formas, pensó que hasta que no estuviese dentro del avión no estaría del todo seguro. Allí no podrían subir… salvo que ellos también hubiesen comprado un billete de avión con destino a Tel Aviv.

La puerta de acceso a la pasarela que conducía al avión se abrió y los viajeros comenzaron a bajar por ella. Aún tendría que esperar. ¡Aquella maldita costumbre de las compañías aéreas de hacerles bajar en orden! Su asiento estaba en las primeras filas, así que tardaría al menos diez minutos en bajar y estar a salvo. Otra mirada de reojo, con disimulo. Nada, ni rastro de aquellos dos. Aflojó el nudo de la corbata y se pasó la mano por la nuca. Le gustaba esa sensación del pelo recién cortado en la palma de la mano.

Un cambio de imagen se le había hecho necesario. Un nuevo corte de pelo y afeitarse la barba le daría un aspecto diferente, prácticamente irreconocible. Cambiar de aires por un tiempo tampoco le vendría mal, tal y como le habían recomendado. Había consultado varios destinos en una agencia de viajes y se decidió por Tel Aviv, un sitio seguro, lleno de militares y agentes de seguridad. Allí no podría pasarle nada, todo estaba en orden. Después podría desplazarse a Jerusalén y visitar los santos lugares. Sí, eso era, un lugar santo siempre daba seguridad. Nadie se atrevería a hacer nada en un lugar sagrado. Visitaría el Santo Sepulcro y caminaría por las calles que había conducido a Jesús hasta el lugar de su condena. ¡Qué emoción sentiría al caminar por allí, él, que era tan devoto! Aquel lugar tendría un aura especial que le cubriría e impediría que nada malo pudiera ocurrirle.

Se pasó también por un par de tiendas en busca de ropa nueva. Se compró, entre otras cosas, un traje de chaqueta elegante, de esos que llevan los hombres de negocios para impresionar, y una corbata de seda de tonos discretos. Quería parecer refinado, pero sin llamar la atención.


Aeropuerto de Madrid-Barajas. 22:40 hora local

Última llamada para los pasajeros en vuelo de 9256 de la compañía XX con destino a Tel Aviv”

¡Última llamada, última llamada, tiene gracia! Quedan más de cincuenta personas por subir y dicen última llamada, pensó mientras se aflojaba de nuevo el nudo de la corbata. Volvió a mirar de nuevo a un lado y otro, ahora con nerviosismo. ¡Cuándo demonios le iba a tocar subir al avión!

Por fin llegó su turno de embarcar. Echó mano de su pasaporte y de su tarjeta de embarque que había guardado en el bolsillo interior de la tarjeta y se los dio con una sonrisa al personal de la compañía.

-Muchas gracias, señor. Buen viaje.

Bajó por la pasarela mucho más tranquilo. La temperatura allí dentro era más fresca así que volvió a colocarse el nudo de la corbata en su sitio. No quería una imagen desastrada al entrar en el avión.

El taxista había sido puntual. El portero le avisó que le estaban esperando para llevarle al aeropuerto. Podría habérselo pedido a su hermano, pero prefería ir solo. No comprometería a nadie en sus asuntos, y mucho menos a la familia. Cuando llegó al aeropuerto, le fue fácil encontrar los mostradores de facturación. El taxista estaba bastante curtido y le dejó justo en la puerta. Un detalle que agradeció porque no quería perder el tiempo mirando pantallas y dando vueltas por la terminal. Durante la espera para facturar el equipaje, le pareció ver de nuevo a aquellos dos tipos, uno alto, fornido, con cara de boxeador, y el otro más bajo, delgado, con la cara picada de viruelas y gesto de chulo. Procuró tranquilizarse. Su aspecto no era el habitual y les sería difícil reconocerle. De hecho pensó que no se habían dado cuenta de que él estaba allí.

Ya dentro del avión, mientras colocaba su maletín de mano en el compartimento, notó una mirada sospechosa. Quiso ignorarla, pero no podía. Tragó saliva y se sentó en su asiento. Una de las auxiliares se le acercó.

-¿Se encuentra bien?- preguntó.

Él asintió con una sonrisa nerviosa. Volvió la cabeza atrás, pero no vio nada. Se llevó la mano repetidas veces al nudo de la corbata y a la boca. El sudor empezó a empaparle la frente y el corazón le latía con demasiada fuerza. Se volvió de nuevo y ¡allí lo vio! Era el más alto de los dos, tratando de esconder la cara tras una revista, pero lo reconoció. Así que allí estaban esos dos tipejos, habían tomado el mismo avión que él y ahora los tenía a bordo, capaces de cualquier cosa….

El sobrecargo, a través de la megafonía, les pidió que apagaran sus teléfonos móviles. Entonces se dio cuenta de que las puertas del avión se cerrarían y quedaría atrapado. Se puso en pie de golpe, tomó su chaqueta y salió corriendo pasillo adelante hacia la puerta del avión. La auxiliar que se había dirigido a él le pidió que se sentara, pero él de un zarpazo se zafó de ella y continuó hacia primera clase. Allí el sobrecargo le increpó:

-Señor ¿tiene algún problema? Estamos a punto de marcharnos, debe permanecer en su asiento.

-¡¡¡¡La mafia rusa me persigue!!! ¡¡¡Quieren matarme!!! – gritó apartándole de un golpe.

La puerta del avión aún permanecía abierta. Saltó a la pasarela y comenzó a correr hacia la puerta de embarque. Miró hacia atrás y vio a aquellos dos tipos ignorar al piloto, que había salido a la puerta del avión, y correr tras él. El pasillo se le hizo interminable hasta llegar de nuevo a la entrada. Llegó por fin a la terminal y siguió corriendo sin rumbo cierto, sin advertir siquiera las miradas de los pocos pasajeros que a esa hora aún deambulaban esperando embarcar. Se le ocurrió que los lavabos eran un buen sitio para esconderse. En algún momento tendría que encontrarlos. Al fondo del pasillo vio unos. Se metió en los de señoras, allí probablemente sería más difícil de localizar por aquellos dos. Afortunadamente no había ninguna mujer dentro que pudiera asustarse al verle entrar. Eligió para esconderse la cabina del final. Al entrar, comprobó horrorizado que los paneles que separaban una váter de otro eran de cristal, opaco, pero cristal al fin y al cabo. Se quedó quieto, acurrucado entre la pared y la taza. Oyó unos pasos fuera. Eran zapatos de tacón. Una mujer había entrado en el baño. En la cabina de al lado. Cerró los ojos y volvió a aflojar el nudo de su corbata. El sudor le brotaba de la frente. Un ruido le hizo sobresaltarse. La puerta de la cabina se abrió poco a poco y al otro lado apareció uno de los mafiosos, el de la cara picada de viruelas. Cerró los ojos de nuevo, apretándolos mientras sollozaba tembloroso.

-¡No, por favor! ¡Por favor! ¡Se lo suplico!


Aeropuerto de Madrid-Barajas. 06:12 hora local

El responsable de seguridad del aeropuerto recibió una llamada urgente en su móvil. Al parecer habían encontrado a un pasajero muerto en uno de los lavabos de señoras de la zona de embarque internacional. El personal de limpieza que hacía la primera ronda por los servicios fue quien dio la noticia. El hombre, de unos cuarenta años, bien vestido y bien parecido, yacía medio tumbado junto a una de las tazas con varios cortes en el cuello. En el suelo, junto al cadáver, la llave de un coche con la que al parecer se habían efectuado los cortes.


Comisaría del aeropuerto de Madrid- Barajas. 11:33 hora local

El médico entró en el despacho del comisario con gesto sombrío. Saludó al comisario y tomó asiento.

-Julián era un buen hombre. Yo mismo le recomendé que se tomara unas vacaciones. A veces un cambio de aires es lo mejor.

-¿Tomaba algún tipo de medicación? – preguntó el comisario.

-Sí, sí, por supuesto. Este tipo de enfermos nunca pueden dejar de tomar sus medicinas, aunque su estado mejore. Es condición indispensable para que su cabeza siga en orden.

-Lamento decirle que en el equipaje del señor Zamora no se ha encontrado medicación alguna. Lo que sí ha encontrado su hermano en su casa ha sido un frasco de pastillas completamente vacío. Dígame, doctor ¿qué consecuencias puede tener para un enfermo de estas características suspender la medicación?

El doctor guardó silencio sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo.

-¿Doctor?

-Sí, perdone, las consecuencias. Verá, yo no sabía que Julián, el señor Zamora, había dejado de tomar sus pastillas. Es más, insistí mucho en el hecho de que debía seguir tomándolas. En su caso, suspender la medicación supondría…el caos en su cabeza y la vuelta de sus alucinaciones.

Carmen Sousa